¿Por qué vemos fútbol?

El 0-0 entre Atlético y un ultradefensivo Chelsea sirve para analizar las causas que llevan a la gente a sentarse frente a la tv a ver un partido en el que no juega el equipo de sus amores

Cada vez que se da un partido como el de ayer, el debate se desata al instante. Pasó en aquella Champions de 2012, cuando Chelsea colgó once jugadores del travesaño y le sacó la clasificación a lo que muchos consideraban el mejor Barcelona de la historia.

Ayer ocurrió lo mismo: en las redes sociales y en la TV, miles acusaron a Mourinho y su Chelsea de atacar la misma base del fútbol. De traicionarlo, de jugar al anti fútbol. Otros lo defendieron, diciendo que el portugués no hizo ninguna trampa. Y otros, sencillamente, dejaron de dedicarle tiempo a un partido que no les provocaba ninguna diversión.

Diego Latorre, ese ex jugador que se ha convertido en el gurú del análisis futbolístico mostrando lo que otros no ven adentro de la cancha, se despachó a gusto en Twitter contra el planteo de Chelsea, pero también dio en el clavo de tanta polémica: “El drama es seguir mirando los partidos desde el ángulo de los entrenadores. Nosotros, los que no jugamos, los que ni ganamos ni perdemos”.

Víctor Hugo Morales dijo alguna vez que el partido perfecto en fútbol terminaría cero a cero. Basaba su aseveración en que es más fácil defender que atacar, y que si todos trabajaran perfecto, la defensa terminaría imponiéndose al ataque.

En ese sentido, Mourinho se fue henchido del Calderón. Porque su planteamiento le salió a la perfección. Plantó dos líneas de cuatro que se convertía en ocho, nueve o hasta 10 por momentos. Escalonó a cada creador de juego del equipo madrileño, al borde del área pero también hasta cuando estaban pegados al lateral. Y con eso, con apenas el 38% de posesión, se fue en cero de visitante, para cerrar la clasificación de local la semana que viene.

A Simeone no le debe haber gustado tanto, es cierto, pero también lo hizo en más de una ocasión. Porque detrás de esa apelación a la garra, a correrlas todas, al cuchillo entre los dientes que usaba el argentino como jugador, suele esconderse un planteo mezquino, como mínimo.

No espere en esta crónica comentarios sobre las llegadas de gol. Porque aunque las hubo fueron aisladas, y no consecuencia de un patrón de juego. Fueron casi una consecuencia mecánica: en el primero tiempo el local lateralizando hasta encontrar un hueco, y terminando con un pase vertical al área a dividir, o con un tiro de afuera del área.

Y en el segundo tiempo, a medida que avanzaba el reloj, el viejo centro, el mismo recurso para abrir defensas que utilizan los equipos de la Liga Punta Carretas, esos que a veces no tienen técnico y mucho menos videos para analizar a los rivales. Del otro lado, alguna jugada individual, que se basó en el error por la impotencia del Aleti de llegar al arco.

Pero como todo tiene un por qué, el 0-0 tuvo otra pata lógica. Y es que si el Atlético se basó todo el año en un planteo similar, ayer, cuando más las necesitaba, no tuvo las armas necesarias para abrir una defensa. Aunque sabía lo que el esperaba, no estaba preparado para eso.

Por eso, lo del principio: para muchos entrenadores, o para los fanáticos de la táctica –esos que se saben las alienaciones de memoria, que consultan las estadísticas al minuto, que siguen los mapas de calor de las canchas– el partido fue una batalla táctica para guardar en video. Para los principistas fue una afrenta al fútbol.

Y para la gran mayoría de la gente, para esa que se sienta a ver fútbol para divertirse, para pasar un buen rato, para olvidarse de sus problemas diarios sin que su camiseta y fanatismo estén en juego, fue un soberano aburrimiento.


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