Nuestro mejor nosotros: la selección fue un espejo al que mirar para construir una sociedad mejor

Estos 11 hombres que corren vestidos de celeste me representan con orgullo

Enviado a Rusia

Me quedó grabado ese abrazo. Torreira con Cáceres. Godín con Suárez. Muslera con Laxalt. Todos con todos. Segundos antes de enfrentar a Francia. Once gladiadores a punto de saltar a una arena donde la gloria y la fatalidad son primas hermanas.

Me quedó grabada cada estrofa de Cielo de un Solo Color. En Rostov, Samara, Sochi y en Nizhniy Nóvgorod. El "sabremos cumplir" hecho rugido que me enseñó la razón de ser de los himnos nacionales en una contienda deportiva.

Me quedó grabado el salto NBA de Josema contra Egipto. El festejo de los niños en las escuelas. Cada quite de Diego Godín y cada vez que empujó al equipo como quien baja, sin bronca ni drama, a darle arranque a un auto pesado sin batería. La pausa y el pase al pie de Bentancur, Nández trancando con la cabeza contra los rusos, Torreira bloqueando mil veces a Cristiano Ronaldo, las manos elevadas al cielo de Cavani como si fuera un ángel.

Me va a quedar grabado el quinto puesto de Rusia 2018. Porque intentaron clasificarse 205 pero solo llegaron 32. Y porque otra vez Uruguay fue el mejor de América.

Porque se superó el grupo por tercera vez consecutiva (como en 1930, 1950 y 1954). Porque se ganaron cuatro partidos seguidos (como en 1930), porque se completó una racha de cuatro encuentros ganados contra europeos (como en 1950-1954). Por el récord de imbatibilidad de Fernando Muslera. Por el récord de goles de Suárez-Cavani en sus tres mundiales.

Hay para quienes estos logros son modestos. Hay para quienes solo sirve ser campeón porque así lo dice la prehistoria del fútbol moderno que nos vio nacer potencia mientras el mundo se desangraba en conflictos bélicos. Hay para quienes Tabárez es solamente la expresión de una determinada corriente política y eso ya lo descalifica no solo como entrenador sino también para la vida misma. Hay para quienes esta selección solo ganó una Copa América en 12 años y no son más que 11 tipos corriendo atrás de una pelota.

A esto le llamo derecho al libre ejercicio de la ceguera. Si hubo quienes no supieron valorar la dimensión del sexto puesto de Emiliano Lasa en el salto largo de los Juegos Olímpicos de Río 2016, andá a hacerles entender el valor de este quinto puesto.

Si hay gente que no recuerda a Uruguay debutar contra Holanda en 1974, perder la Artemio Franchi con Francia en 1985, comerse seis con Dinamarca en 1986 (¡qué tres bailes!) o intentar pegarle a los jugadores de Senegal en el entretiempo en 2002 como vía de salvación, cómo va a valorar este presente tan cambiado.

Si hay gente que discute a Tabárez, sea por sus simpatías políticas o por su paladar futbolero, ¿cómo le hacemos entender que el tipo refundó el fútbol uruguayo, que nos sacó del sótano, que nos devolvió la alegría de ver a Uruguay en familia, que resignificó la dimensión del abrazo?

Qué importa entonces si sus planteos suelen sustentarse en la defensa. Si se demora los cambios. Si no pudo encontrar variables fiables para abastecer a una de las mejores duplas atacantes del mundo. Con menguados recursos y precariedades estructurales ha logrado mucho.

Y me queda grabado que estos 11 hombres que corren vestidos de celeste me representan con orgullo. Por su actitud como equipo. Por su determinación para pelear las pelotas divididas, por la capacidad de reacción.

Ojo, no tengo memoria selectiva. Me queda también grabado que contra Francia no hubo fútbol porque no hubo resto físico. Pero tampoco hubo Cavani. Y que Muslera, después de nueve años de atajadas, solvencia y seguridad, se mandó flor de macana para recordarnos que es humano.

Pero es más fuerte la sensación que me dejó el triunfo ante Portugal. Esa metáfora de vivir al límite, de superar la barrera del sufrimiento para ganar con angustia. Que no cualquiera sabe ni puede.

Me queda grabado que este equipo pintó las escuelas de ilusión. Hicieron que el paisito temblara de emoción en un solo grito. Unieron, aunque solo fuera por 22 días, una tierra cada vez más polarizada.

¡Y qué logro unir esta gente que se lo pasa peleando desde el tránsito hasta las redes sociales!

Polarizados por el gobierno de turno y por las ideas políticas, por el aborto, por la marihuana, por la diversidad. Por Peñarol, por Nacional. Porque hay que inventar un ellos para ser un nosotros. Porque el que no piensa como uno ya está en la vereda de enfrente. Y solo por eso ya es enemigo. Hay que atacarlo. Jamás comprenderlo. Jamás ponerse en su lugar. Qué ironía que una sociedad tan gris sea de repente tan blanco o tan negro. Y ahí asoma detrás de cualquier opinión el insulto y el agravio que en realidad es la necesidad vital que tienen algunos de gritarle al mundo su existencia.

Entonces ahí de repente aparece Uruguay. Que es ejemplo de unión y de trabajo en equipo. De humildad, identidad y adhesión a la causa. Porque responde a un patrón de ideas y valores puestos en marcha hace ya 12 años con un objetivo insignia: rescatar la esencia del fútbol uruguayo, erradicar su oscuro lado violento y devolverle competitividad al más alto nivel.

Ese es nuestro mejor nosotros. Los dientes apretados, el sabremos cumplir. El grito de la escuela, el empuje del hincha. La entrega del jugador. Una causa común que nos hace olvidar esa compulsiva necesidad de destilar nuestras miserias. Un espejo al que mirar cuando se quiera construir una sociedad mejor. Sí, aunque no seamos campeones del mundo. l


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