¿Y el espíritu del rugby?

Los desbordes en los festejos de Polo deberían ser motivo de una reprimenda a los jóvenes desubicados para hacerles entender los valores del deporte; pero también de reflexión para el club

El festejo de parte de la hinchada de Carrasco Polo fue la mayor mancha de la tarde en la que el caballito le ganó 30-6 a Old Chrstians para quedarse con la final del Campeonato Uruguayo. Un grupito de adolescentes maleducados sacaron a relucir una muñeca inflable con la camiseta del rival, y una bandera que decía “Christian Namús”, durante el partido y también en la vuelta olímpica.

Pero lo más preocupante no fue el grupito que pensó hacer la broma del día. Al menos desde la otra tribuna, no se vio ningún intento consistente como para obligar a los jóvenes –la mayoría jugadores juveniles del club- a desistir de esa falta de respeto al rival y a la boxeadora. Lo mismo con los cánticos ofensivos a los rivales, algo que también se vio en las semifinales –y que se ve muy a menudo cada vez que cualquier club arma una “barra de aliento”-. Sí lo hubo en el primer partido, cuando dirigentes del club le dijeron varias veces a la hinchada que dejara de cantar, aunque no tuvieron éxito, y sí lo hubo en la final para evitar silbidos cada vez que el rival pateaba a los palos.

La respuesta oficial desde el club fue que la bandera y la muñeca no tenían relación. Seguramente eso sea lo más preocupante, porque le erraron al objetivo. Aunque fueran hechos diferentes, cualquiera de ellos, y los cánticos, deberían ser motivo de una reprimenda tal a los jóvenes desubicados, que les hiciera entender que los valores del rugby van por un camino diametralmente opuesto. Y ver fantasmas, teorizar con que es una persecución al club, argumentar que de lo único que se debe hablar es de lo que pasó en la cancha, es la peor manera de enfrentarlo.

Todo aquel que pasó un tiempo suficiente adentro o alrededor de una cancha de rugby, y entendió su esencia, está orgulloso del espíritu del rugby. Ese en el cual el tercer tiempo es sagrado para confraternizar con el rival, en el que insultar al juez tiene sanciones durísimas, porque se parte de la máxima que “el juez siempre tiene la razón, aunque se equivoque”. En el que el honor, la caballerosidad y el respeto al compañero y al rival son más importantes que una victoria. Un ejemplo: el mismo sábado, el super profesional Rugby Championship, Australia le ganó de visitante a Argentina. Los australianos, tras recibir el trofeo, esperaron 10 minutos en la cancha para hacerle un pasillo de honor al pilar de Los Pumas, Rodrigo Roncero, que ese día se retiraba del rugby y hacía una vuelta olímpica para agradecer el cariño de la gente.

Asimismo, hace bien poco yo ví como un entrenador de Polo rezongaba y llamaba al orden a un plantel juvenil, en el momento mismo que largaban el festejo de un título, por cantar insultando al rival. Ese mismo espíritu hizo que mucha gente del caballito, que en los últimos tiempos ha intentado cambiar algunos malos hábitos internos –en un esfuerzo casi sin precedentes en el medio-, haya sentido vergüenza por ese festejo en el Charrúa, y hasta ya haya iniciado una movida para pedirle perdón a la boxeadora y a Christians.

Por eso, el escándalo generado es triste. Es inevitable que los medios que están lejos del rugby aparezcan para cubrir el lío, y no el resultado deportivo ni los valores que forjan el deporte. También es inevitable que ante una noticia así enseguida surja en las redes sociales un insólito clasismo, una mofa a los “nenes bien”, una extraña sed de venganza, al que si le cambiáramos el “clase alta” por “clase baja” sería motivo de una denuncia por discriminación (se olvidan que, afortunadamente, el rugby y sus valores están llegando a los sectores más carenciados de la sociedad, y que de a poco se está metiendo en la educación pública de Primaria y Secundaria).

Pero echar culpas hacia afuera es la peor forma de solucionarlo. Mirar para otro lado, minimizar el hecho, atenta contra el verdadero espíritu de este deporte. Quizás al lector ajeno al rugby le llame la atención el hincapié que se hace en los cantos al rival, o en no silbar, algo que es moneda corriente en el fútbol. Sin embargo, allí está el listón que el deporte ovalado se pone para el respeto al adversario. Y si el listón está tan alto, lo de la bandera y la muñeca rebasa los límites tolerables. Por eso, como cuando el juez saca tarjeta amarilla por un tackle alto, lo que corresponde es agachar la cabeza, reconocer que un error lo cometemos todos, y pedir disculpas.


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