Wanderers campeón: lo mejor está por venir

El bohemio jugó mal, sufrió ante El Tanque en Florida y apeló a las atajadas de Cristóforo, ganó y dio una histórica vuelta olímpica para conquistar el Clausura

Que se termine. Rezo, súplica, promesa. Sufrimiento. El hincha de Wanderers no puede ni pellizcarse para saber si esto es sueño o realidad. Porque El Tanque empuja, lo arrincona, lo somete. Y Federico Cristóforo tiene que sacar la cara por todos. Volando y saliendo. Atajando hasta el viento. Hasta que el martirio se termina y se convierte en felicidad. En llanto alegre y estallido en la garganta. Wanderers es campeón del Torneo Clausura. Ganándole a su propia historia.

Una hermosa paradoja dirá el hincha bohemio. Wanderers jugó el peor partido de su campaña. Pero ganó y le alcanzó para dejar a Peñarol atrás y dar la primera vuelta olímpica de su historia en Primera y en el profesionalismo.

Fue a puro sufrimiento. Primero, porque cuando apostó a su manual, a su receta de juego prolijo, ofensivo y a su actitud de protagonista, se encontró con un rival bien parado que se sintió cómodo esperando bien parado en retaguardia.

Wanderers fue incapaz de generar una sola acción de riesgo en ese período. Mientras, El Tanque tirando pelotazos como única forma de llegar al ataque supo llegar con peligro cuando Mello quedó de cara al gol y Cristóforo se dio el primer revolcón de la tarde para salvar su arco.

El primer tiempo terminó 0-0. Porque el 4-2-1-3 que plantó Arias no dio frutos. Entreverado Riolfo como enganche, inofensivos los extremos Rodríguez y Pastorini. Aislado Blanco y con laterales que no llegaron a abrir el juego con peligro.

Y fue increíble que bajo esa misma escenografía el bohemio llegara al gol. Con un tanto propio del partido que se jugaba: sucio, entreverado. Vino un córner, hubo un rebote, Olivera le pegó de zurda y la pelota, mordida, entró pidiendo permiso en el segundo palo de Nicola Pérez.

Los siguientes fueron los mejores minutos del bohemio. Porque Guzmán Pereira –una vez más- se devoró la cancha. Aplanó a sus rivales y se animó a buscar el arco rival con un bombazo que zumbó el travesaño.

Pero a partir de entonces, iban apenas 7’ del complemento, el partido cambió bruscamente. Arias renunció a su fórmula ofensiva, retrasó mucho al equipo contra su campo y modificó la estructura con cambios marcadamente defensivos.

El Tanque, casi sin proponérselo, avanzó y se encontró con un rival que nunca tuvo la capacidad para consumir tiempo con la pelota en los pies.

Entonces el partido se hizo de ida y sin vuelta hacia el arco bohemio. El Tanque demostró que también podía jugar. Sin juego atildado ni grandes gestos técnicos. Simplemente copando el área rival y llegando por afuera.

Entonces Cristóforo se hizo leyenda. Primero se lo perdió Iglesias definiendo solo una pelota que rozó el vertical derecho. Después todo intento de El Tanque murió en las manos del arquero visitante.

Un cabezazo de Felipe, un mano a mano con Arias donde Rivas la sacó de la línea porque la pelota dio en su compañero Olivera y se metía contra su propio arco. Después un tiro cruzado de Martínez que embolsó sin dar rebote. Y por último la atajada del campeonato. Del año. De la historia de Wanderers: un remate de Junior Arias desde el borde del área a 30 segundos para consumir los tres de descuento que dio Roberto Silvera.

Así fue campeón Wanderers. Sin jugar lo que puede o lo que sabe. Soportando la tensión de cargar durante 90 minutos con el peso de la historia. Para llevarse después en caravana desde Florida el bautismo de gloria. El campeonato. Lo que no pudo Obdulio. Ni el Enzo con el Chifle y el Loco Acosta. Y lo hizo un grupo de botijas. Que apuestan por el buen juego cuando la mayoría apela al pragmatismo de buscar el error ajeno. Y que más allá de que la vuelta costó perder en estilo y apelar a defender con el alma, esta alegría será inolvidable para el pueblo bohemio que sabe que con la ventaja de la Tabla Anual, para definir el Campeonato Uruguayo, lo mejor está por venir.


Fuente: Pablo Benítez, enviado a Florifa

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