Una noche con los pesados de la barra de Boca

"A este lo picamos adentro", le dijeron al forastero que quería sumarse a la hinchada xeneize

No estuvo la barra disidente ni su mentor, Rafael Di Zeo, que tenía, como otros 115 hinchas, prohibida la entrada al país. Luis Reynoso, alias Pedro el Escamoso, quedó en el puerto, por ejemplo. No estuvieron los referentes de la barra oficial, Mauro Martín, preso por homicidio, ni Maximilano Mazzaro, prófugo por la misma causa. Tampoco 10.000 hinchas de Boca Juniors como anunciaron hace 15 días, sino unos 3.000. Pero con eso bastó para  mostrar que se trata de una de las barras bravas más emblemáticas del mundo. Trajeron su parafernalia y sus mañas. La madre de todas ellas: la transa de entradas.

Temprano, se las conseguía afuera del Hotel Radisson, donde descansaban los jugadores. Directivos de Boca Juniors las pasaban a sus escuderos. Afuera del estadio también anduvo bien la reventa.

“¿Entrada?”, preguntaban cuatro o cinco muchachos a las caras desconocidas. Más de un crédulo entregó el dinero y se quedó con la promesa.

La barra oficial salió de Buenos Aires en seis ómnibus doble piso, pasó por tres o cuatro inspecciones de la Policía y llegó al Centenario a las 17, poco más de dos horas antes del partido con Nacional por el grupo 1 de la Copa Bridgestone Libertadores.

Rostros tiesos de cocaína y vino. Rostros que preguntaban a rostros desconocidos si querían entradas. Transas y una organización de jeques. Cada capo con entradas era rodeado por seis o siete secuaces. El que tiene entrada es Riquelme: maneja los hilos del equipo. Y nada de traicionarlos. “¿Qué hablabas con este?”, le preguntaban al intruso.

“A este lo picamos adentro”, comentaba uno de los más jóvenes, en referenacia al crédulo que había pagado la entrada y había quedado con las manos vacías. “Usan códigos mafiosos”, advirtió Gustavo Grabia, autor del libro La Doce, la verdadera historia de la barrabrava de Boca. Tenía razón.

Algunos quedaron en la puerta. El control de alcoholemia, que no se aplicó a todos, les cerró el paso.

“Hoy no me quedo afuera; hoy vuelvo”, dijo uno de los capos, que trucó documento para pasar la frontera y cumplió su cometido. Los funcionarios de seguridad de Boca que señalarían a los que tenían vedado el derecho de admisión brillaron por su ausencia. En cambio, la Guardia Republicana marcó presencia con empujones y caras largas en la previa. El que les gritaba algo en el borbollón previo al ingreso: “¡Afuera!”. Y no insista.

Adentro, en la tribuna, Riquelme es el que gana el paraavalancha. Capos y secuaces se disputan un lugar para quedarse parados sobre el murito en el que termina la tribuna. No se trata de veinteañeros, sino, en su mayoría, de cuarentones. Y cuando llegan ahí, cuando se convierten en la vanguardia de La Doce, importa poco el partido. Miran hacia la tribuna para hostigar al que baje la guardia y deje de cantar.

Promediando el segundo tiempo, varias gargantas comenzaron a menguar. Uno de los capos agarró una botella de agua, tomó un trago y la sacudió mojando al resto con gesto de ogro. “¡Dale!”, gritó. Y sí, otra vez, surgió el “Dale-dale, dale-dale-dale, dale Boca”.

No todos eran barras. Pero todos, absolutamente todos, prometían la muerte de rivales en sus cantos. Es que el que no canta se gana el insulto de los demás.

Sobre los líos internos de la barra brava, sobre las puñaladas y los autos quemados la semana pasada, primó el mutismo. “Dicen que fueron los de Mazzaro en venganza a Martín porque lo vendió en la Justicia”, susurró uno.

¿Fútbol? Cuando gritó gol, el veterano de al lado lloró.


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