Una epopeya china

De atrás y en los descuentos, después de perder la línea y el libreto, Nacional se quedó con un clásico inolvidable, otra vez con la magia de Recoba

Canta oh diosa la colera del Chino Recoba. La impotencia de ver que sus piernas perdieron velocidad. El dolor de ya no ser aquel hombre capaz de cruzar la cancha limpiando rivales. Pero cantá también –perdón por tutear– la posta. La del héroe. El genio. El mito viviente. El zurdo que a los 38 años sigue escribiendo epopeyas. Más allá de griegos y troyanos.    

La historia del clásico que Nacional le ganó el domingo 2-1 a Peñarol, de atrás,  para dejar prácticamente sentenciado el Torneo Apertura, se escribió con tinta china. Con un mortífero tiro libre que clavó Recoba en el cuarto y último minuto de descuento.    

El Chino entró a los 68’ cuando su equipo perdía 1-0. ¿Le cambió la cara al equipo? No. ¿Dejó a algún compañero de cara al gol? Tampoco. ¿Empujó al cuadro, contagió con su juego? Para nada. Pero definió el partido con un golazo que el hincha de Nacional –y por qué no el de Peñarol– no se lo olvidará nunca más.

Junto con Recoba habían ingresado Sebastián Taborda y Sebastián Fernández.

A juzgar por el resultado –Papelito Fernández anotó el empate a los 90’– fue todo un acierto del entrenador Álvaro Gutiérrez.

Pero nada más lejos de la realidad. El equipo perdió la línea y se salió del libreto. Renunció al orden y a la estructura (pasó del 4-2-3-1 a un improvisado 3-3-4) para amontonar gente en ataque. Gente alimentada por pelotazos largos, frontales y llovidos. Sin ideas. Sin concepto.

Signos de desesperación pura. El recuerdo de la cicatriz de abril, cuando en el último clásico Peñarol le endosó a los tricolores un humillante 5-0, se retorcía como en un día de pesada humedad.

Y el objetivo clásico –por la memoria del jugador, el dolor del hincha y el desafío del entrenador– era sacarse el peso de esa cruz de encima.

¿Por qué perdió la línea el tricolor? Porque su fortaleza está en el orden. En las respuestas que exhibe en base a la propuesta de su rival de turno.

Por eso, el planteo ejecutado en el primer tiempo salió a la perfección. Arismendi –que se comió la cancha– anuló a Zalayeta y Porras controló a Pacheco.

Peñarol, cuyo juego depende de que sus veteranos creadores hagan correr a los Rodríguez y permitan el desdoble de los carrileros, fue un enorme vacío.

Tanto que recién en los descuentos del primer tiempo, remató por primera vez con peligro sobre el arco rival.

Maniatados Zalayeta y Pacheco, frenado el ímpetu del Japo Rodríguez para ser más doble 5 con Píriz que pistón generador, Nacional se animó.

Primero con Porras lanzando en largo desde el mediocampo. Ahí estuvo cerca Iván Alonso con un cabezazo en una acción similar a la que abrió aquel partido ante Sud América.

Después, cuando el bloque tricolor logró posicionarse más en campo enemigo, llegó un cabezazo de De Pena que Migliore arañó para luego estrellarse en el palo.

Con menos intención de juego –una marca registrada de este equipo–, Nacional fue más en el primer período.

Pero en el arranque del complemento, la férrea marca, el estricto control y la determinada concentración defensiva se relajó.

Lo aprovechó Jonathan Rodríguez con un remate de afuera del área que salvó Munúa. Y también Diogo
–el mejor de Peñarol– que en una buena combinación con el Japo se metió en el área y Porras lo tuvo que bajar.  Pacheco, con su única pincelada de talento en el partido, decretó la apertura.

El desconcierto que generaron los cambios masivos de Gutiérrez se palpó al instante. Un minuto después, iban 69’, se asociaron Jonathan y Zalayeta para dejar al Japo solito de cara al gol.

Munúa, gigante, salvó y Nacional se envalentonó. Sin más ideas que tirar pelotazos largos (le pegó 24 veces desde el fondo sin destino) y abandonando el concepto que lo había hecho fuerte a lo largo de todo el Apertura –el orden como dogma– acorraló a Peñarol que bajó metros con el ingreso de Novick, el destructor, por el Tony.

El aurinegro colaboró porque no se ayudó a sí mismo. Renunció a la salida prolija que intentó en el primer tiempo y cambió pelotazo por pelotazo con el rival (19 puntazos para arriba).

En un córner, y en la hora, llegó el empate de Sebastián Fernández. Con una mano que por la rapidez de la jugada el árbitro no vio. Después, en una falta inexistente, llegó el golazo del Chino. ¿Justicia? No. En las epopeyas de Homero, la justicia era el capricho de los dioses. En los clásicos, los caprichos son del Chino.


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