Una entrenadora de primer mundo

Luciana García, amante del deporte y aventurera de alma, lleva cuatro años en Nueva Zelanda donde su grupo de nado sincronizado logró la clasificación a un segundo mundial consecutivo

"Si tenía suerte y no perdía el último 468 llegaba a casa a las 11 y 30 de la noche”, recuerda Luciana García. Desde el otro lado del mundo, la memoria la lleva al año 2004. A la Facultad de Medicina, al ISEF y a la piscina del Banco República donde se inició en el nado sincronizado.

Tiempos de horarios cargados, como los que vive ahora en Invercagill, la ciudad ubicada más al sur de Nueva Zelanda donde vive hace cuatro años. Pero tiempos muy distintos.

“En Uruguay siempre tuve trabajo, pero todo era muy predecible. Acá las oportunidades laborales son mejores”, cuenta a El Observador.

A Luciana le sobran argumentos. Practicó un deporte de escaso apoyo en Uruguay, estudió medicina, trabajó en la farmacia de un hospital, fue guardavidas y entrenadora de nado y natación, y en 2004 arrancó otra carrera en forma paralela: Educación Física. 

“Al año tuve que dejar medicina porque no me veía trabajando en un hospital el resto de mi vida, precisaba estudiar algo más con mi pasión que era el deporte, y en especial el nado”, explica.

Crecer desde la formación nunca fue para ella una opción sino una necesidad vital. Por eso, cuando se recibió en el ISEF, en 2008, viajó con su novio a Barcelona para hacer un máster en Deportes y Entrenamiento.

Ahí sumó currículum con el nado porque entrenó en Kallipolis, el club más importante de sincro en España, potencia mundial en este deporte.

Un día buscó en internet ofertas de trabajo en nado sincronizado. Encontró en Nueva Zelanda y pasó sus datos. A la hora tenía respuesta y en pocas semanas una propuesta laboral.

El 15 de abril de 2010, cuando cumplía 25 años llegó al país de gente “confiada y generosa”, donde se vive sin rejas y “dejamos la puerta abierta y no pasa nada”.

La contrató como head coach el club Phoenix Synchro. “Cuando llegué en 2010 el club tenía alrededor de 20 nadadoras, y todas arriba de 10 años. Hoy tenemos más de 70, de las cuales el 50% es menor de 10”, afirma con orgullo.

“El nivel de sincro acá es bastante bajo para lo que es el nivel mundial, pero de a poco va creciendo. Es un país muy chico, con poca población, y  con muchas opciones deportivas”.

Lo dice alguien que empezó a jugar fútbol femenino en sus ratos libres y que vio los dos partidos del Mundial de rugby 2011 que se jugaron en Invercagill (Argentina-Rumania y Escocia-Georgia). 

En 2011, dos nadadoras de su club, Kirstin y Caitlin Anderson, se clasificaron al Mundial de Shanghái. Luciana fue la entrenadora de Nueva Zelanda.

La semana pasada, tras disputarse el Nacional, le confirmaron que el solo, el dueto y el combo que ella prepara se clasificaron al Mundial de Barcelona. Otro logro enorme de la entrenadora uruguaya.

“La calidad de vida en Nueva Zelanda es muy buena. Se trabajan pocas horas, la gente no anda corriendo de un trabajo al otro, y hay una gran estabilidad laboral”, cuenta.

Desde el año pasado, Luciana sumó otra actividad laboral: clases de natación en escuelas rurales. “¡Está buenísmo! Imaginate que todas tienen piscina climatizada”, revela.

Así es Nueva Zelanda. Un país que vibra con el rugby y el netball, pero donde el nado sincronizado crece de la mano del talento de una uruguaya. 

 

La clave del apoyo neocelandés

En Invercagill existe una organización que percibe todos los impuestos de bebidas alcohólicas, tabaco, casino, juego y restaurantes que reparte entre organizaciones culturales, educativas y deportivas. La ciudad tiene 50 mil habitantes y clasificó ocho deportistas a Londres, donde Nueva Zelanda ganó seis oros, dos platas y cinco bronces.


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