Un viaje a la nostalgia y la ilusión

Gregorio Pérez llegó a Ecuador para ver a Uruguay 35 años después de haber jugado en Quito

La ciudad era realmente muy chica. ¡Mirá que ha cambiado todo esto! Estoy sorprendido con la seguridad que hay, con la limpieza que existe, con el orden, con la modernidad, con el desarrollo, con el avance que tuvo Quito… parece de primer mundo”, dice Gregorio Pérez, mientras gira la cabeza como para contemplar el inmenso shopping que le rodea, la amplia avenida Amazonas y, al mismo tiempo, el indisimulable paso de los años del estadio Atahualpa, construido en 1951. La presencia del entrenador en Quito no es casual. Se trata de un viaje que programó con su señora para volver a recorrer la ciudad en la que vivió durante seis meses en 1978, cuando defendió a Universidad Católica de Quito, y para ver a Uruguay en un partido decisivo por las Eliminatorias.

Es por eso que el viaje transcurre por las páginas de la memoria y por las de la ilusión que le genera la participación de Uruguay, al que le tiene mucha confianza, por la “mixtura del equipo, la experiencia y la calidad del plantel y el cuerpo técnico”, se adelantó a decir cuando empezó a hablar de la selección.

Quito marcó un mojón en la familia de Gregorio, porque fue en esa ciudad en la que transcurrió su luna de miel al mismo tiempo que jugaba al fútbol. “Nos casamos antes de venir y aquí fue nuestra luna de miel”, confiesa. “Y también porque aquí se engendró Martín, mi hijo, que nació en Montevideo”, puntualiza.

Solo seis meses
Cuando era futbolista llegó a Quito con 30 años y procedía de Defensor, club con el que había conquistado el histórico Campeonato Uruguayo de 1976.

Jugó seis meses en Universidad Católica de Quito, equipo que por estos días lidera el torneo ecuatoriano, y regresó a Montevideo para defender a Bella Vista, Central Español y terminar su carrera en Ituzaingó de Maldonado.
 
Luego, en 1981, inició su recorrido como entrenador junto a Ildo Maneiro en Progreso.

Otra ciudad
“Estoy sorprendido por la forma en que creció Quito. Cuando llegamos en 1978 era muy pequeña. Recuerdo que vivíamos en La Floresta, en un edificio que está frente al hospital Militar y que ahora se transformó en un hotel y en un barrio que cambió totalmente”, explica y mira a su señora René, que asiente con un movimiento de cabeza.

“Mire, ayer estuvimos en la parte histórica, y también se ve que está mucho más cuidada y mejor desarrollada”, explica.

Recuerda los partidos que cuando se jugaba al mediodía “el sol castigaba duro”.

“Me acuerdo que en aquellos años se jugaban dos partidos en el Atahualpa y te podía tocar a las 9.30 o a las 11.30. Si te daban el segundo turno, sabías que ibas a sufrir, porque el sol pega muy fuerte”.

Sobre la altura –Quito se encuentra a 2.800 metros sobre el nivel del mar–, dijo que no la sufrió y que se adaptó.

De la mano de Spencer
Gregorio llegó a Quito de la mano de Alberto Spencer, el histórico goleador ecuatoriano, que por ese entonces era entrenador de Universidad Católica.

“A Spencer lo conocí en Montevideo e hicimos una gran amistad, que incluso se transformó en una buena relación de amistad de familia. Me lo presentaron Omar Míguez y Julio Pérez. Entonces, resultó que un día necesitaba un jugador para su equipo y me planteó venir, y fuimos”, agrega.

“Estuve solo seis meses porque en ese momento la reglamentación no permitía tener más de dos extranjeros por equipo, y en Universidad Católica ya estaba Ramón Silva, con quien compartimos equipo. Pero al final del campeonato llegó un segundo extranjero. En ese momento me pude quedar, porque tuve ofertas de otros equipos, pero como estaba por nacer Martín decidimos con mi señora retornar a Montevideo”.

“Fueron seis meses muy buenos, terminamos cuartos y realicé un buen campeonato. Además, significó la posibilidad de jugar en el exterior, que en aquella época era un paso importante para el futbolista, además de lo que marcaba como experiencia de vida, que me dejó recuerdos inolvidables”, precisa el exvolante, que el miércoles de tarde, 35 años después, volvió a las instalaciones en la que desarrolló su carrera deportiva en Ecuador.

“Igual que Quito, el complejo de la Universidad Católica está cambiado, crecido, desarrollado. Estuve en la cancha en la que entrenábamos, pero el club ya no la utiliza más, tiene su propio estadio. ¿Si me encontré con alguien conocido de hace 35 años? No, no, con nadie”, expresa.

Gregorio ya había estado en Quito en anteriores oportunidades pero siempre con clubes y en otros compromisos, por esa razón no tuvo tiempo para recorrer viejas calles, viejos lugares, recuerdos y anécdotas.

“Estuve en 2002 con Peñarol por la Libertadores, pero fue muy poco lo que pude apreciar”, explicó. Ahora lo trajo la selección uruguaya. La ilusión de que el equipo de Tabárez –de quien fue ayudante técnico en el proceso de 1990– saque un buen resultado. l


Fuente: Luis Eduardo Inzaurralde, enviado a Quito

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