Un uruguayo campeón del mundo, que comparte la mesa con Djokovic y el príncipe Alberto

Gregory Vallarino se alzó con el título mundial de jiu-jitsu en 2002. Hoy es entrenador y embajador de la ONG Paz y Deporte, junto a varias figuras del deporte mundial

Cuando era niño, Gregory miraba películas de karatekas y fantaseaba con hacer lo mismo. Pero a diferencia de lo que puede pasar con un niño futbolista, el camino era mil veces más empinado y un millón de veces menos reconocido. Hoy, a los 32 años, Gregory Vallarino sigue siendo desconocido para el 99% de los uruguayos que se lo cruce en la calle, pero puede presentarse con orgullo como un campeón mundial de jiu-jitsu. Y encima, ese reconocimiento le ha valido ser parte de la ONG Paz y Deporte, donde comparte la mesa con monstruos de la talla de Novak Djokovic, Yelena Isimbayeva o el príncipe Alberto. Hoy imparte su sapiencia en zonas de Colombia afectadas por el conflicto con las FARC, y también en un liceo público de Montevideo, donde formó a dos estudiantes surgidos de zonas de contexto crítico, que encontraron en el jiu-jitsu un arma para defenderse, aprender sobre el esfuerzo y además una oportunidad para participar en los Juegos Mundiales de Cali, Colombia.

Sus inicios
Fanático del karate, de niño sus padres lo llevaron a una academia parecida, donde empezó con judo. Era su pasión. Lo hacía dos veces por semana y, cuando había algún torneo, elevaba un poco la intensidad.

Viajó a competencias en todo el país. También a Argentina y Brasil. En esos torneos no obtenía resultados. Por eso, Gregory se frustraba.  En el Buquebús compartía sus desilusiones con otros deportistas de otras disciplinas parecidas. Les preguntaba: "Che, ¿cómo te fue?". "Y mal...", contestaban.

Hasta los 13 años practicó solo judo. Luego conoció su gran amor: el jiu-jitsu, un arte marcial milenario, creado por monjes tibetanos que tenían la necesidad de defenderse de saqueadores. Sus técnicas para el combate son golpes, rodillazos, empujones, luxaciones articulares, estrangulamientos, entre otros.  Según sus practicantes, con este deporte se pueden trabajar cuerpo, mente y espíritu.

Gregory hacía las dos disciplinas y los resultados eran los mismos: las victorias no llegaban.

El "Señor Miyagi"
Un día, cuando tenía 16 años, apareció un sensei. Un profesor que le cambió la forma de cómo concebir el deporte. Una especie de "Señor Miyagi".

Este profesor le hizo una propuesta que lo desconcertó: "Yo te voy a llevar a un mundial y vamos a tener mejor resultado". Le propuso una preparación a dos años, con una intensidad de entrenamientos muy distinta a la que llevaba a cabo. "Yo decía: 'Este tipo está loco, ¿a dos años?", pensó. Le dijo que es muy importante creer en uno.  Que con esa actitud, y un entrenamiento sólido, todo se puede lograr.

Fue un quiebre en su carrera. La mentalidad le cambió para siempre. Pasó de concebir el deporte de amateur a profesional, pasó a entrenar en doble y triple horario y llegó al mundial de Berlín, gracias al esfuerzo económico de sus padres. Llegó hasta la final, donde perdió con un francés.

Luego, en 2000 el objetivo fue el de Copenague. Ya era más grande y no quería pedirle dinero a sus padres, por lo que golpeó muchas puertas, hasta que un par de empresas le dijeron que sí. No le pidieron resultados, sino que admiraron la tenacidad y persistencia que tenía. En su momento el Estado no le dio dinero, pero sí el Club Nacional de Football. Y llegó otra vez al podio: terminó tercero.

En el 2002 decir "Gregory Vallarino" en los mundiales de jiu-jitsu implicaba que era un rival de peso para cualquiera. Eso le generó una mentalidad "superpositiva". Lo hacían casi imbatible. Se golpeaba el pecho y le transmitía a su rival que lo iba a pasar por arriba. "Levantaba la frente y lo miraba de pesado al que estaba enfrente. Y todavía tenía en los hombros que decía Uruguay...", narra. Muchas veces "se la dieron", pero otras tantas le dio resultado. Ese año pasó lo segundo: Gregory Vallarino se consagró campeón del mundo, en un torneo que se desarrolló en Punta del Este.

"No es recursos igual a resultados; es cabeza igual a resultados. A veces, con pocos recursos y poniéndole cabeza, se logran", cuenta Vallarino a El Observador.

De esfuerzo aprendido a esfuerzo enseñado
Gregory logró trascender en su deporte. Gracias a un convenio entre la Federación Internacional de Jiu-Jitsu y la ONG Paz y Deporte, el deportista fue distinguido como "campeón por la paz" en 2011.

Bajo este rótulo, se lo encomendó liderar un proyecto en la localidad de Bolívar, a las afueras de Bogotá, Colombia, en donde enseña jiu-jitsu a niños que viven en contexto crítico.

La organización fue creada por el príncipe Alberto de Mónaco en 2007 y forman parte, además del uruguayo, Novak Djokovic, Yelena Isinbáyeva, Jonah Lomu, Christian Karembeu, entre otros.

Enseña en un liceo
Luego de unos años, Gregory puso su academia en Pocitos. Allí enseñó a niños, jóvenes y adultos. Uno de ellos era Gastón Bentos, un profesor de Geografía del liceo 55, quien, le propuso llevar el jiu-jitsu al centro educativo donde trabajaba.

Gregory quedó entusiasmado con la idea y desde 2009 enseña allí.

"Quiero devolver lo mismo que recibí cuando era chico: estos profesores desinteresados que me ayudaron a amar y a involucrarme en el deporte, de mostrarme los valores que tienen estas artes marciales. Hoy quiero devolver lo mismo", finalizó.


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