Un peregrino del fútbol

Aureliano Torres, el paraguayo, que será presentado el viernes, jugó en nueve equipos diferentes

Como sucede habitualmente, su hermano era mejor que él en el fútbol. Ambos jugaban como delanteros, pero el otro Torres consiguió un trabajo y dejó la pelota.

La historia de Aureliano Torres, quien será presentado el viernes en Peñarol, no es diferente a la de varios jugadores, pero tiene cosas increíbles. Entrenó en 15 clubes diferentes, esos que ni Wikipedia puede encontrar. Sus comienzos fueron en la escuelita de fútbol Sport Villa Elena y luego fue un peregrino.

De familia humilde, como muchos, nunca faltó el pan en su casa. Claro, su padre era empleado en una panadería y su madre se encargaba de un puesto de verduras. “A veces me levantaba a las 4 de la mañana a ayudar a mi viejo: yo engrasaba las asaderas”, recordó hace cuatro años en El Gráfico.

Un uruguayo lo hizo debutar en la selección paraguaya: Maño Ruiz. De allí a la olímpica que ganó la medalla de plata en Atenas 2004. Previo a ello sufrió muchos avatares. Debutó en las inferiores de Libertad, pero el club descendió y se fue. De allí estuvo tres meses a prueba en la Cuarta de Banfield viviendo en una pensión. No quedó.

Entonces hizo 1.737 km hasta Comodoro Rivadavia para probarse en la Comisión de Actividades Infantiles, un club menor que milita en el Torneo Argentino B. Pero en 15 días no lo aceptaron. Voló hasta Vasco da Gama. ¿Qué pasó? Tampoco pasó la prueba. De allí a Sportivo Luqueño y no era ni tercer suplente, por lo que también se fue.

Hasta que arribó a Nacional de Paraguay donde debutó en Primera en 2001. Al poco tiempo, lo contrató la filial de Irapuato y vivía con 20 jugadores en una casa. Cuando en la heladera no quedaba comida, le fue a pedir al presidente –quien además le adeudaba sueldos– y se fue.

Estuvo tres meses en Kyoto de Japón, pero solo llegó a entrenar porque por problemas de contrato ni siquiera debutó.

Retornó a su país, a Recoleta, una institución que recién había ascendido y estuvo seis meses. Su próximo paso fue Sol de América, pero también se fue.

Su carrera iba en picada. Se fue a probar a un equipo de la B de Paraguay, Trinidense, pero llegó fuera de hora y tampoco quedó.

Entonces estuvo un mes sin entrenar, pero su novia le dijo que estaba embarazada y empezó de nuevo, otra vez Sol de América. Fue el click en su vida. A partir de allí, lo contrató Guaraní, equipo en el que tuvo una gran campaña. Y Maño Ruiz lo llevó a la selección.

Es un volante zurdo que se transformó en marcador de punta y esa polifuncionalidad es lo que hizo que Da Silva lo pidiera.

Murcia de la Segunda española se lo llevó, pero se lesionó y jugó poco. Regresó a Guaraní para dar el salto a San Lorenzo y de allí, tras un gran pasaje y siendo campeón, a Toluca de México, último paraje antes de arribar a Montevideo.

Lee muy bien el fútbol: “Es importante que el técnico sepa manejar el plantel, porque el jugador de fútbol es muy especial. ¿A qué me refiero? No nos gusta nada, nada nos viene bien. Si te dicen 20 minutos de fútbol, te quejás porque es mucho, y si te dicen 15, porque es poco. Somos muy especiales”, dice.


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