Un número, un apodo, una leyenda

La gente lo adoptó como Tony, los niños lo hicieron su ídolo desde el 8 de su camiseta y Pacheco se encargó de inscribir su nombre en la historia del club con un quinquenio, como un ganador clásico y como el que más jugó

La incondicionalidad de la gente queda patentada en un simple hecho: cuando usted deja de ser apellido para ser apodo.

No tiene explicación. Lo vivieron todos en el club de las once estrellas. Por eso Morena nunca fue Morena en Peñarol, fue el Nando. Y Bengoechea no fue Bengoechea, fue Pablo.

La misma razón que llevó a que Pacheco, antes que Pacheco, sea Tony.

Y cuando el pueblo lo decide, así será para siempre. Es la adhesión a la camiseta, es el carisma, es la gloria, es el grado de idolatría. Lo cierto es que Antonio Pacheco podrá tener uno, dos, tres partidos malos. Podrá estar ausente durante muchos meses por alguna lesión como le ocurrió con la fractura. Se podrá retirar involuntariamente como le ocurrió cuando lo dejaron partir para Wanderers. Pero jamás perderá la incondicionalidad de la gente.

No hay receta para esto. Es un hecho natural. Los niños lo hicieron su ídolo desde el 8 de su camiseta.

Pero para llegar a este grado de adoración que solo un deporte como el fútbol puede ser capaz de generar, se debe recorrer un largo camino.

Pacheco se formó en Peñarol. Se raspó las piernas en las canchas sin pasto de Las Acacias. Guardó respeto y supo aceptar los conocimientos que le transmitieron sus mayores cuando lo ascendieron en 1994. Y tocó la gloria. Primero con juego, luego con goles, lo que se tradujo en campeonatos. Tony inscribió su nombre en la historia al ser protagonista de privilewgio del segundo quinquenio de la institución.

Pero no es todo. El ídolo debe saber guardar silencio cuando se lo toca. Pacheco fue herido en en lo más profundo de su alma cuando el club decidió dejarlo libre.

Se fue a Wanderers, pero no se fue solo, lo acompañó el sentimiento de la gente.

Muchos fueron testigos aquella tarde en la que Tony apareció en la cancha del Estadio Centenario vestido de bohemio. El aplauso y la ovación lo hicieron llevarse las manos a los ojos para secarse las lágrimas.

El veredicto y la presión del pueblo aurinegro lo devolvió al club y los mismos que lo habían corrido lo fueron a buscar.

La idolatría se gana con hechos y no con palabras. Y los hechos hablan por si solos. Pacheco fue fracturado jugando por Peñarol. Le pusieron un clavo en su pierna y, cuando por razones de edad se pensaba que no volvería nunca más a ser el de antes, Tony tuvo el regreso soñado.

La noche del 4 de junio de 2013 marcó los tres goles con que Peñarol vencía a Defensor Sporting para coronarse campeón uruguayo. Inolvidable. Ni en los mejores sueños.

Por eso Pacheco es histórico. Con el clásico de ayer alcanzó a Omar Caetano como el jugador con más partidos clásicos disputados. La humildad de Pacheco lo llevó a ponerse la 6 de su primer entrenador, camiseta que le entregó Rosita, la esposa de Caetano.

Por eso Pacheco es un número. El 8, esa eterna camiseta que lo identifica y que lo puso entre los cinco mejores goleadores de la historia del Uruguayo.

Por eso Pacheco es un apodo. Simplemente Tony. Por su gloria y dedicación. Por ser el cuarto jugador con más partidos de la historia del club con 514 por detrás de Néstor Goncálvez, Pablo Bengoechea y Omar Caetano.

Por eso Pacheco es leyenda.


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