Un equipo sin respuestas

Hasta el gol, Uruguay era un dominador pasivo, pero luego se descontroló hasta llenarse de dudas
Uruguay cayó sin atenuantes ante Venezuela y ofreció su peor versión en mucho tiempo, luego de un partido donde jugó muy por debajo de sus posibilidades.

Los cuatros cambios que mandó a la cancha Óscar Washington Tabárez no le dieron ningún resultado a un equipo que cayó bien en el debut y volvió a repetir una pálida producción.

Dominio pasivo y livianito

El primer tiempo encontró a Uruguay como dominador de la pelota y el terreno ante un rival que, sabiéndose inferior en poderío, aplicó la receta de cabecera celeste para medirse con equipos que en lo previo son superiores.

Ese fue el primer escollo para un equipo celeste que tuvo la pelota pero no tuvo ideas claras como para ofender a su rival. Apenas una, cuando Maximiliano Pereira se descolgó por el lateral derecho, envió un pase para Álvaro González que se la bajó muy bien a un Edinson Cavani que le erró a la pelota.

Cómodo con el trámite que ofrecía el partido, aceptando el rol de dominado territorialmente, Venezuela cerró sus líneas con un 4-4-2 claro, que por momentos sumó más músculo en la zona medular para liberar a Salomón Rondón como referencia ofensiva.

La vinotinto propuso rigidez defensiva, poca apertura entre líneas y dividió cada pelota, consciente de que este era el partido para buscar la clasificación. La llegada de Rafael Dudamel como entrenador le cambió la cara a un equipo que llegaba al certamen continental como último en la Eliminatoria y con una defensa que hacía agua por todos los costados.

Ante esa defensa monolítica, Uruguay no tuvo respuestas desde el juego para abrir el cerrojo defensivo.

Si bien la planilla intuía un 4-4-2 con Egidio Arévalo Ríos y Álvaro González en la contención, Carlos Sánchez y Gastón Ramírez a las bandas para cerrar el sistema con Christian Stuani y Edinson Cavani, el dibujo táctico evidenció otras intenciones.

Uruguay se paró durante gran parte del juego con un definido 4-2-3-1, con Cavani solo como referencia de área, Ramírez al callejón central y Sánchez junto a Stuani como extremos.

Pero la fórmula no funcionó, ya que Ramírez caía siempre en la red defensiva del rival, Sánchez fue escalonado y Stuani jugó muy lejos de su verdadera zona de influencia.

Así, Dudamel ganó la pulseada táctica y todo se vino abajo cuando Alejandro Guerra remató de larga distancia, obligó a un retroceso poco efectivo de Fernando Muslera, que le dejó la pelota servida a Salomón Rondón para estampar el definitivo 1-0.

Romper, armar y desarmar

Uruguay salió a jugar el segundo tiempo con la intención clara de lograr una igualdad como fuera.
Al margen de la novela de Luis Suárez con los cambios (ver página 6) las inclusiones de Diego Rolan, Nicolás Lodeiro y Mathías Corujo rompieron el esquema y Uruguay pasó a jugar con un definido 4-3-3 en busca de un gol que nunca llegó.

¿Por qué? Porque Rolan, Stuani y Cavani quedaron aislados de una zona media que, sin la influencia clara de Lodeiro y con un Sánchez liquidado desde el punto de vista físico, no tuvo juego por ningún lado. Incluso Corujo, mucho más voluntarioso que talentoso, se sumó a un ataque que sumó voluntades pero fue estéril.

Venezuela expuso a Uruguay, le dio la pelota y cuando se distrajo le dio un golpe al mentón.


Dos claves tácticas

4-2-3-1: El sistema original
La intención del cuerpo técnico fue sumar dos hombres de neto corte defensivo en la zona medular, liberar a tres jugadores de ataque por delante y dejar a Cavani como única referencia de área.
La fórmula fue exitosa en los primeros 10 minutos, cuando Pereira y Silva se soltaron por los carriles externos para sumar hombres en ataque. Dudamel captó la idea, agrupó a sus hombres y Uruguay se quedó sin iniciativas.

4-3-3: La receta de la desesperación
Mientras los minutos se consumían y la eliminación aparecía cada vez con más fuerza en el horizonte celeste, Tabárez apeló a tres cambios de nombres y una modificación de sistema. Pasó a jugar con tres delanteros y tres volantes, perdió marca y control en busca de una profundidad que el equipo nunca encontró. La receta del milagro, esta vez, no funcionó.