Un dios en la tierra

Rafael Nadal se convirtió en el único tenista en obtener ocho trofeos de un mismo Grand Slam

Es español pero París es su lugar y Roland Garros su casa. Rafael Nadal volvió a ganar la copa de los Mosqueteros, pero el de ayer no fue un triunfo cualquiera, sino el que marcó un récord que –a no ser que Roger Federer se lo igualé el próximo mes en Wimbledon–, seguramente pasen décadas para ser superado.

El domingo Nadal se convirtió en el único tenista en la historia en cosechar ocho títulos de un mismo Grand Slam. Ya era el único en tener siete Roland Garros y ahora, tras vencer a su compatriota David Ferrer, se adueñó del octavo.

Varios son los tenistas que quedaron en siete trofeos de uno u otro Grand Slam y el único en actividad es el suizo Federer, quien el mes que viene tendrá la oportunidad de igualar a Rafa si es que alza una vez más la copa de Wimbledon.

Pero esta parte de la historia tiene al español en la gloria, porque es el mejor en polvo de ladrillo (tierra batida, como también se denomina), porque va tras otros récords en esta superficie y porque luego de ocho meses de sufrimiento con sus rodillas y alejado de las canchas, mostró que todavía queda Nadal para rato, cuando muchos ya lo pensaban acabado.

El triunfo en sets corridos (6-3, 6-2, 6-3) no es reflejo de lo que debió luchar en la cancha, porque a su frente estuvo otro gladiador.

La mayoría de los juegos fueron muy peleados y, si bien se repartieron los elogios tanto en tenis agresivo como en la defensa de cada punto, el talento de Nadal prevaleció ante su compatriota.

Alternaron algunos quiebres, pero en los momentos calves Nadal tomó decisiones correctas, exigiendo al máximo a su rival y forzándolo a jugar al límite y a errores que a la larga inclinaron la balanza.

Nadal llegó como lógico y claro favorito. Incluso, la semifinal frente al número uno del mundo, el serbio Novak Djokovic, fue una especie de final anticipada. La predicción se cumplió, pero para nada despreciable fue la actuación de Ferrer, quien llegó a la definición sin haber cedido un solo set en todo el torneo y vendió cara su derrota pese a lo que establece el marcador final.

De arranque, Nadal se adelantó quebrando el servicio de su compatriota, pero rápidamente Ferrer recuperó el quiebre, igualó las acciones y mostró que estaba decidido a dar batalla en la primera final de Grand Slam de su carrera.

Hizo todo lo que estuvo a su alcance, pero el hecho de jugar con el mejor de la historia en polvo de ladrillo no pasó desapercibido, pues esa condición quedó de manifiesto cuando llegó la hora de definir los puntos largos o de mantener la concentración para quebrar un juego decisivo de set o de partido.

Nadal, ni siquiera pareció perturbarse más de la cuenta luego de cada uno de los dos incidentes ocurridos durante el partido.

El primero en la tribuna, detrás del ahora ocho veces campeón de Roland Garros, y el segundo dentro de la cancha.

En la tribuna fueron retiradas dos personas que alteraron la tranquilidad en aparentes protestas políticas y en el terreno un activista en contra de la ley del matrimonio homosexual aprobada en Francia recientemente, burló las vallas y, con bengala en mano, se metió en la cancha cerca de donde estaba Nadal, quien corrió hacia un rincón mientras un guardia de seguridad redujo rápidamente al intruso y otro se acercó al tenista para protegerlo.

Tras el incidente, Nadal agradeció al escolta, le extendió su mano y siguió su tarea como el gran profesional que es. Ferrer se cercioró de que su rival estuviera en condiciones y la contienda siguió.

En lo estrictamente deportivo, Nadal fue superior a Ferrer, logró dominar mejor la pesada bola de la jornada –debido a la humedad y llovizna persistente– y tuvo mayor movilidad en la cancha.

El campeón mostró que regresó con todo, que volvió para no tener compasión, ni siquiera con su amigo, al que ayer debió frustrarle el sueño de su primera gran corona.

Más allá de la emoción y del desplome en la cancha tras el último punto, el festejo de Nadal fue mesurado, seguramente recordando cada día de sacrificio para vencer a su maltrecha rodilla. Volvió el dueño de Roland Garros y lo hizo para morder su octava copa sobre la tierra de París.


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