“Un defensa me dijo que me iba a pegar un tiro”

Abandonado por su padre, repartidor de refrescos en su etapa en Racing, y con un presente rodeado de mujeres, Líber Quiñones cuenta su historia

"En el fútbol viví muchas cosas lindas y feas. Lo peor que me pasó fue cuando un defensa de un equipo chico, que no conocía personalmente, me dijo que me iba a pegar un tiro. Eso fue lo más desagradable que me tocó dentro de una cancha”. Con la piel curtida por el sol y una voz reflexiva, Líber Quiñones lanza la declaración como un cabezazo mortal en el área chica.

De infancia difícil, este delantero de 28 años tiene una historia con los más diversos matices. El goleador de Danubio, con su transferencia casi abrochada a México, comenzó a jugar al fútbol a los cuatro años en el club Mauá hasta que recaló en Defensor Sporting.

“Ese fue un momento lindo de mi vida. Cuando tenía cinco o seis años mi padre nos abandonó y nunca más lo volví a ver. Llegar a Defensor Sporting y hacer todas las juveniles ahí fue un escape muy bueno, aunque después todo terminó mal”.

Luego de realizar todas las divisiones menores en el club del Parque Rodó y ser ascendido a primera división por Juan Tejera en 2004, Quiñones se fue a préstamo a Racing durante una temporada y a mitad de año Defensor Sporting lo dejó libre.

“Cuando terminó la temporada, Racing estaba por firmar con un delantero y llegó un delegado de la AUF y le dijo al presidente ¿Qué van a hacer con Quiñones? –Devolverlo a Defensor– dijo el tipo. Entonces el delegado le dijo que era jugador libre hacía seis meses. Ellos (Defensor Sporting) se portaron muy mal conmigo, yo estaba durmiendo la siesta y me llamaron diciendo que podía quedar seis meses parado sin jugar. Desde ese momento me hice hincha de Racing”.

Siempre radicado en la zona oeste de Montevideo, el goleador danubiano completó la escuela entre el Colegio Nuestra Señora del Líbano y la Escuela 110 y llegó hasta cuarto de Liceo entre el 23 y el IBO. No completó los estudios porque “tenía la ilusión de jugar al fútbol. En ese momento en Defensor estaba muy cómodo y no nos hacían faltar nada. Yo juego al fútbol porque mi madre me dio todo. Ella ahora no trabaja, pero cuando yo era chico se mataba laburando para que yo pudiera jugar”, dice agradecido, quien tiene un presente lleno de mujeres porque “cuando se fue mi viejo de casa yo fui el único hombre. Vivía con mi madre, mis tres hermanas y ahora con mi hija, Lucila, que es mi mayor motivación para seguir jugando”.

Racing fue el equipo que más disfrutó sus goles y su casa desde los 19 años. Lejos del amor que ahora sus hinchas le profesan, los inicios fueron con más lágrimas que sonrisas, ya que “estuvimos más de 20 partidos sin ganar jugando en la B. Los hinchas se me pegaban al alambrado y me decían de todo. Después, con los mismos jugadores, estuvimos cerca de 30 partidos sin perder y obtuvimos el ascenso con un sacrificio bárbaro. En Racing ganaba cuatro mil pesos y trabajaba cargando casilleros de Coca-Cola”.

Los saltos al exterior
Lejos de la fama, los flashes y el dinero, el camino profesional de Quiñones está marcado por el esfuerzo. “Hoy tengo nueve años jugando en Primera, estuve dos veces en el exterior y todavía no pude comprar una casa propia para mi hija. A Racing iba a entrenar en bicicleta hasta que me salió el pase a Gimnasia y Esgrima”.

Justamente en el lobo platense las cosas no salieron como esperaba. Llegó para jugar en la B Nacional y fue titular hasta que un desgarro lo tuvo dos meses afuera.

“El entrenador era Pedro Troglio y me dijo que me iba a tener en cuenta. Cuando me recuperé contrataron a tres delanteros y la tenía que remar mucho para jugar muy poco. Ya tengo una edad en la que tengo que jugar para mostrarme”, afirma Quiñones, que no le tiembla el pulso para agregar que “la ciudad estaba pendiente de Estudiantes. Argentina es un disparate. No podés salir a la calle nunca. Si ellos perdían y nosotros también, nos criticaban a nosotros y si ellos perdían y nosotros ganábamos, también”.

Su otra incursión en el exterior fue aún peor. ¿El destino? Cobreloa de Chile. En el club naranja no pudo rendir nunca porque “el entrenador no me quería. Me contrataron los dirigentes por recomendación de “Nito” (José) Puente, pero no me ponían nunca. Además estaba el tema de la altura. Si sumás eso a que jugaba los últimos cinco minutos te dan ganas de venirte”.

Con ocho goles al servicio del campeón, Quiñones aprendió a convivir con aquellos que lo critican por su peso. Tiene claro que forma parte de su biotipo y que “en Racing estaba igual y nadie decía nada. Además no estoy gordo, soy así. Al principio me calentaba porque le hice goles a Nacional y un doblete a Defensor Sporting y los hinchas me seguían gritando gordo. Si estoy tan gordo como dicen, ¿cómo hago los goles que hice? Además no soy de los que más come. Yo me levanto todas las mañanas a las 11 y me salteo el desayuno. Solo madrugo un poco cuando juega Racing de mañana”.

A horas de comenzar un nuevo periplo en el exterior, Quiñones sostiene que sus amigos fueron un gran sostén en momentos difíciles. Álvaro González, Diego Ferreira, Martín Cáceres, Ernesto Goñi y Marcelo Gamarra son sus mejores amigos en el fútbol, al tiempo que suma a “Darío Larrosa porque quiero ser su ayudante técnico cuando me retire, y a Jorge Contreras que, cuando sale fútbol cinco, tiene delirios y juega de nueve”.



Fuente: Danilo Costas, @DCostas8

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