Un clásico de la NBA desde adentro

Un periodista de Referí vivió en el corazón de la liga más poderosa del mundo un duelo histórico: New York Knicks-Boston Celtics
No se puede decir que el estatus histórico del Madison Square Garden se deba a los éxitos deportivos del equipo de básquetbol que oficia allí de local desde siempre. Lo más cerca que han estado los New York Knicks de un título de la NBA en la era reciente fue en 1999, cuando perdieron las finales ante San Antonio Spurs. Y más allá de eso y de algunas apariciones fulgurantes, no mucho ha pasado a nivel de conquistas luego de los títulos de 1970 y 1973.

Sin embargo, es imposible decir que los Knicks no son uno de los equipos "clásicos" de la NBA, con su tradición inaugurada en los propios comienzos de la liga. Los Knicks juegan en un estadio llamado Madison Square Garden (este es el tercero) desde 1946, y el nombre del estadio que los aloja tiene 130 años, además de estar en una de las ciudades más importantes y deseadas del mundo. "El centro del universo", les gusta decir a los neoyorquinos cuando se refieren a locaciones como Manhattan, Times Square o el propio MSG.

Y algo de eso hay con este estadio, y se percibe al caminar por allí. Entrar a ver un partido al MSG es como pasar por una de las viejas iglesias de Harlem a escuchar el gospel que cantan los vecinos o escuchar a un desconocido contar anécdotas sobre los New York Yankees a la entrada de un café en el mismísimo Bronx.

Hay algo esencialmente neoyorquino que reside en los Knicks y su historia: lo anuncian los cuadros de Patrick Ewing –símbolo del equipo en los años 90– que cuelgan de la sala en la que se ofrece el almuerzo a la prensa que asiste a los partidos, las remeras de Walt Frazier (ídolo de las únicas conquistas) en los hinchas que caminan por los pasillos del estadio, o la presencia casi permanente, nunca discreta, del director de cine Spike Lee, siempre al costado de la línea de cancha y ocasionalmente encarándose con la figura rival de turno. También allí fue la convención demócrata que proclamó como candidato a Bill Clinton y el recordado concierto para Bangladesh encabezado por el beatle George Harrison. Y allí también suceden las batallas de hockey de los Rangers, que juegan más tarde (la velocidad del staff del estadio para cambiar parquet por cancha de hielo es asombrosa) y son también un emblema de orgullo para los neoyorquinos. Hay recuerdos de todo eso en las paredes del lugar.

Pero el MSG es sobre todo una catedral del básquetbol y las grandes estrellas lo saben: en este estadio Kobe Bryant puso 61 puntos y dio más de un recital, aquí también Michael Jordan destrozó a varias generaciones de Knicks y por supuesto, en esta misma cancha LeBron James siempre deja alguna perla extra de su genialidad.

Hay una motivación adicional siempre que se juega en el MSG, un estadio que –turismo mediante– siempre está lleno, sin importar que hoy los Knicks no tienen siquiera chance de pasar a los playoffs. En la misma ciudad juegan los Brooklyn Nets, pero los precios de las entradas no se comparan: mientras que en el Barclays Center se pueden conseguir por US$ 8, en el MSG uno hoy puede considerarse afortunado si consigue algo por menos de US$ 40 para un partido de los Knicks, no importa ante quién sea.

El clásico es ir contra Boston

En concreto, el pasado domingo había una motivación extra para asistir: día de clásico. Los Boston Celtics pasaban por la ciudad ostentando su flamante primer puesto en la conferencia Este, puesto que en el correr de la semana perdieron tras ser barridos por los Cavaliers de LeBron a domicilio y tras caer luego contra Atlanta Hawks. En Nueva York uno aprende que cualquier evento deportivo contra un equipo de Boston se vive con una tensión especial, más allá del momento de cada equipo.

Y allí estaban los Knicks, con sus uniformes cargados de historia, llevando el peso de una temporada en la cual –como se preveía– las cosas no salieron nada bien. Las incorporaciones promocionadas Joakim Noah y Derrick Rose, no dieron resultado. A todos parece que les pasó la mejor época: Noah ha tenido problemas con la espalda y las suspensiones –el domingo no jugó por acumulación de faltas técnicas– y Rose sufrió una nueva rotura de meniscos –esas rodillas le impidieron llegar a ser lo que el mundo esperaba: el rival definitivo de LeBron. Y Carmelo Anthony –el hombre nacido en Brooklyn y desde hace algunos años destinado a sustituir a las leyendas locales– también está lesionado y mira desde el banco, vestido a la moda como manda el código obligatorio para quienes no juegan ese día. Su semblante es el de alguien que está más fuera que dentro del equipo. Le quedan unos años de grandeza a quien sigue siendo uno de los mejores tiradores de la liga, y seguramente se marche a un equipo con posibilidades de ser campeón. La realeza en Nueva York es algo complicado de pilotear, y en la cara de Anthony se percibe algo que denota cierta tristeza: quedará seguramente en la historia del equipo, pero esto ya no es suyo.

Tras bambalinas, quien dirige el equipo desde la oficina es Phil Jackson, el arquitecto de los éxitos de Jordan y Kobe Bryant cuando, como entrenador, fue el verdadero rey Midas de la NBA. Pero Jackson –también campeón en 1970 con los Knicks como jugador- ha tenido problemas con los entrenadores (ni Derek Fisher ni Jeff Hornacek, viejas figuras de los años 90 en cancha) han podido implementar la famosa ofensiva del triángulo que le ha dado tantos éxitos.

El público de los Knicks esta noche no es tonto: el único momento sin apatía de la noche fue durante un homenaje a esos campeones de conferencia de 1999, entre los que se destacaron Allan Houston y Latrell Sprewell, dos leyendas de aquella NBA de hace 20 años que veía la última etapa del reinado de Jordan. Aquellos Knicks fueron un equipo rústico, pendenciero, inolvidable. Y la gente lo recordó aplaudiéndolos a rabiar durante un breve acto de reconocimiento entre el primer y el segundo cuarto.

La única apuesta evidente de la oficina de Knicks es Kristaps Porzingis, un espectacular "5" con gran tiro exterior, experiencia FIBA y apenas un año de rodaje en la NBA, cuya camiseta aparece bastante en las tribunas.

Pero ni siquiera el domingo se le dio: rodeado de un reparto pobre, con muchos novatos (el base Ron Baker y el prometedor alero español Willy Hernangómez) y un veterano, Courtney Lee, los Knicks solo mostraron flashes de lo que puede venir en el futuro ante unos Celtics con una estrella real y actual en cancha: Isaiah Thomas.

Con el entrenador más joven de toda la liga, Brad Stevens, y un proyecto a largo plazo, los Celtics dieron confianza a un base de apenas un metro con setenta y pocos centrímetros que fue drafteado en el lugar número 60 (el último) en 2011. Thomas –que este mes es la figura de tapa de la icónica revista Slam- encontró su lugar como estrella floreciendo en los Celtics que hoy son uno de los equipos más competitivos de la liga y ya es parte de una campaña publicitaria en su nombre con un eslogan que evidencia su crecimiento: "Animate a elegirme último de nuevo".

En cancha, Thomas hace de todo: comparado con la anterior temporada es un pasador mucho más filoso, una amenaza permanente desde la línea de 3 y además ataca el aro con una dinámica que hace recordar a la magia de Allen Iverson. Lo secunda Al Horford, un alero dinámico que cobra sueldo de estrella, junto a un tirador experto en defender: Jae Crowder. El techo de los Celtics no aparece aún, y parecen estar destinados a seguir creciendo, aunque no tengan muchas chances reales este año ante los Cavaliers, los Spurs de Ginóbili y Kawhi Leonard o los Golden State Warriors de Stephen Curry, Klay Thompson, Draymond Green y Kevin Durant.

El vestuario de los ídolos es uno más

El partido termina 110-94 a favor de Celtics y puede resumirse en una jugada: la apática defensa de los Knicks retrocede al trote mientras el base suplente Terry Rozier driblea dos jugadores, abre la pelota a Marcus Smart y este ubica corriendo solo al aro al rookie Jaylen Brown. La pelota flota y el 7 de los Celtics ejecuta el "alley oop", al que le sigue un aplauso que baja desde todas las tribunas. Si en cancha los Celtics aparecen dominantes como pocos y cómodos en su rol, en el vestuario el perfil bajo habla por sí solo. Los jugadores atienden a la prensa allí, y todos los periodistas acreditados tienen acceso a conversar con ellos. La disposición de los jugadores es total, sea tanto para el diario de casa, el Boston Globe, como para una radio barrial neoyorquina.

"Estamos tratando de no pensar en la tabla de posiciones. Solo tengo la mente puesta en pasar a la segunda ronda y en llegar a las finales", explicó Thomas, la estrella, antes de levantar una vianda de comida del buffet que el equipo local ofrece a la salida del vestuario, e irse caminando por el túnel. Los 17 títulos de Boston Celtics (la franquicia de la NBA que más campeonatos ha ganado en la historia) se lo imponen, aunque en medio de eso esperan otros grandes equipos, y LeBron. En la NBA, la historia pesa, y eso, para los equipos con tradición, se siente desde la grada hasta la cancha, sin importar el momento.

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