Ubriaco, el árbitro que defendió a Montero a las piñas

Jugó al fútbol en Central Español, Italia, Escocia y llegó a Sudáfrica, y el lunes dirige el clásico; un día tuvo que sacar la cara por Paolo cuando jugaba en Atalanta

Allá por La Teja comenzó la historia de Darío Ubriaco, muy emparentada también con Pueblo Victoria en donde concurrió a la escuela.

Más allá de que en la actualidad es –casi por unanimidad periodística– el mejor árbitro uruguayo, tiene un pasado futbolístico del que no solo no reniega, sino que es agradecido.

Justamente hoy lunes tiene la responsabilidad de dirigir el primer clásico del año.

Comenzó en el baby fútbol en Nuevo Juventud de La Teja para pasar luego a Stockolmo y de allí a la Séptima de Central Español con el que llegó y debutó en Primera cuando lo subió el técnico de ese momento, el Tola Antúnez. Luego lo dirigieron Carlos Linaris y también Raúl Möller con el profe Marcelo Giarruso quien estuvo en Nacional hasta hace muy poco.

“Soy un agradecido a Central porque me formó como persona”, dijo Ubriaco a El Observador. Allí estuvo desde 1986 hasta 1992.

En los palermitanos fue compañero de Gustavo Machaín, Diego Dorta, Andrés Silva, Luis Chabat, Enzo Azambuja, Próspero Silva y el arquero Eduardo Pereira, entre otros y al técnico que más recuerda es a Luis Romero de juveniles. “Allí, en las divisiones menores, jugábamos sin presión, era muy distinto a lo que es ahora”, explica. “Fui campeón en Sexta, Quinta y Cuarta”, agrega con orgullo.

Era un zaguero recio y llegó a ser preseleccionado sub 20 con Juan José Duarte como DT, pero finalmente no quedó. Estaba difícil en su puesto ya que entre otros jugaba un tal Paolo Montero. También estaban en esa selección Darío Silva, Líber Vespa, Osvaldo Canobbio, Marcelo Tejera, Washington Tais y el Bola Lima.

“Viniendo de un equipo chico, para mí era un orgullo ya estar preseleccionado. Era espectacular. Cuando jugaba, yo era de un estilo más guerrero, tenía técnica, pero era guerrero”, añade.

Cuando Central se fue a la B, decidió irse a Italia ya que contaba con pasaporte italiano. Sin embargo, no todo fueron rosas. Fue a jugar a Adria en la ciudad de Rovigo, cercana a Venecia, pero “tuve inconvenientes con la persona que me llevó. Era Mauro Paglioni quien se portó muy mal conmigo y con otros a quienes dejó tirados”.

Estuvo un año y debió recurrir a ayuda para poder quedarse en Europa.

“Conocí un montón de lugares. Tenía amistad con Paolo (Montero) –quien por entonces, jugaba en Atalanta– y me llevó a vivir a su casa. Su padre (Julio Montero Castillo) y todos me ayudaron mucho, me tiraron una soga en un momento complicado”, admite.

Fue justamente un día que fue a ver a su amigo en un Atalanta-Piacenza y la barra del club de Paolo estaba molesta con él. “Estábamos con el Mudo (el padre de Paolo) y se empezó a venir la gente para insultarlo. En esa época éramos los ‘sudacas’ y entonces había gran discriminación. Se la tomaron con Paolo como podía haber pasado con cualquier otro. Éramos dos para defenderlo y nos trenzamos. No nos fue tan mal, aunque terminamos en cana”, recuerda con una sonrisa. Y agrega enseguida: “Eran otros tiempos de mi vida, era mucho más joven”.

“Lo que pasó es que lo esperábamos en el estacionamiento y se vinieron varios. Paolo estaba en el vestuario todavía. Éramos dos contra 20. A veces nos vemos con Paolo y recordamos esas anécdotas. Él zafó porque se estaba bañando después del partido”, dice entre risas.

Tiempo después se fue a Inglaterra a probar suerte en Coventry City. “Estuve viviendo en la casa de Adrián Paz –ex Bella Vista y Peñarol, entre otros– quien jugaba en Ipswich Town en ese momento. Pero al final no quedé y me fui a Escocia a Dundee United junto al Pato (Juan) Ferreri, aquel volante de ida y vuelta de Defensor. Había mucha diferencia entre esa época y lo que es ahora. Estuve unos meses”, indicó.

En 1995 decidió irse a Sudáfrica –luego de jugar seis partidos en la C con Alto Perú– pero no pudo  debutar en Orlando Pirates porque nunca le llegó el tránsfer que lo habilitaba aunque estuvo seis meses.

“Un día estaba comiendo espeto corrido y el arquero me dijo: ‘¿Sabés lo que comiste? Mono y cocodrilo’. Me quería matar”, dice sonriendo.

También recuerda que ese compañero “me llevó a su casa en un barrio de negros cuando ahí todavía no podían ni pisar los blancos”.

Fue cuando volvió de allí que decidió hacer el curso de árbitro. “Me gustaba mucho Julio Matto. Él también jugó al fútbol”, añade.

En su carrera de futbolista, “me echaron muchas veces. No me daba cuenta, pero jugando, arbitraba sin saberlo, llevaba adentro al árbitro. Cuando era chico, jugaba y arbitraba en la calle con mis amigos. Me había hecho tarjetitas para mostrarles cuando no se portaran bien en la cancha”.

Hoy es un reputado árbitro y agradece a sus padres porque “me dieron una formación de vida”. Colgó los botines, pero como juez sigue lo más campante.


Populares de la sección

Comentarios