“¡Si sabré lo que es andar en la mala!”

De caminar “con el dedo afuera y arrastrando el zapato”, el delantero ganó fama y pasó a ser reconocido en Danubio donde pelea por un nuevo sueño: “comprarle la casa a mi madre”

Si habré andado con el dedo afuera arrastrando el zapato! La vida fue siempre remando. Iba a una escuela a 10 cuadras de casa y me quedaba a comer en el merendero. ¡Sabés cómo le daba a las manzanas! Para la ropa estábamos muy mal. De repente andaba un mes con la misma ropa y hasta tres meses con el mismo calzado porque había que esperar a que mi vieja juntara la platita para comprarme. Vivía con mi mamá y mis abuelos. Mi madre es empleada doméstica y mis abuelos jubilados; además tengo una hermana menor”, explica el delantero de Danubio, Jonathan Álvez (27 años).

La vida lo curtió al Negro Jonha, como lo conocen en el barrio Sur de Vichadero. “Éramos pobres, vivíamos en una casa humilde”, reconoce en diálogo con El Observador.

A la vuelta de la adolescencia decidió que no quería estudiar más. Cursaba tercero de liceo cuando le comunicó la noticia a su madre. “Y me mandó a trabajar. Trabajé en todos lados, un aserradero, panadero, ayudé a mi tío de albañil. El más duro fue en el aserradero porque tenía que levantar peso como loco con los troncos”.

Por esos tiempos Jonathan jugaba en el Ceibal del pueblo.”Cuando me pasaron al primero tenía que ir al club militar; entonces atravesaba todo el pueblo caminando”.

Al mismo tiempo que dejó de estudiar tuvo que dejar de jugar. Fue cuando decidió partir a Rivera, donde vivió un año con un tío.

Hasta que un llamado telefónico de un amigo comenzó a cambiar radicalmente su vida. De un día para el otro se transformó definitivamente en futbolista. A fuerza de goles despertó curiosidad.

En Rivera el “Negro Jonha” pasó a ser “Vicha”. Acostumbrado a jugar con los grandes en su pueblo, donde con 14 años fue goleador, lo metieron en el primero de Peñarol de Rivera. “Venía curtido. Debuté en Vichadero con 14 años. Era un guacho pero salí goleador. Es bravo allá: la patada más chica es en el pecho, así que imaginate que lo que me puedan decir los zagueros acá no me hace nada”, dice entre risas a El Observador.

“Me ficharon a poco de terminar el torneo. Recién pude jugar los últimos tres partidos y anoté seis goles. Me citaron a la preselección de Rivera. Tendría unos 16 o 17 años. Luego fui preseleccionado a la selección, éramos 40 y fui el primero en quedar. El debut era contra Paysandú, pero un día me bajo de un auto y viene un compañero en moto, me agarró y me hizo volar. Fui derecho al hospital donde estuve internado tres días. La saque regalada, tuve lesiones en la cara. Debuté contra Soriano, ganamos 3 a 1, metí un gol y brindé dos asistencias. Luego jugamos el clásico contra Tacuarembó, ganamos 2-1 y metí un gol y me empezó a conocer la gente de Rivera. Me decían Vicha. El otro partido fue contra Salto en el Dickinson donde Rivera no podía ganar y les hice dos goles”. Ahí se produjo otro cambio…

Un canario en la capital
Por aquellos tiempos Pablo Bentancur lo vio y lo trajo a la capital. “Me llevó derecho a Nacional. Llegué y me fui de pretemporada con la Tercera. En el primero estaba Pelusso. Vivía en una casita que tenía Bentancur. Estuve dos años. Pero en Nacional no llegaron a ficharme y me fui al River de Carrasco donde salí campeón Uruguayo de Tercera. Posteriormente Boston River, luego fui a probar a Danubio y como no me daban el pase me metieron en Coraceros. Casi dejo el fútbol. No tenía club y pasé seis meses parado, hasta que un compañero me invitó a Platense y luego Torque en la C donde ascendimos y perdimos la final del ascenso hasta que me llevó Danubio”, rememora.

Claro que antes de todo su periplo deportivo tuvo otro más duro: el de la vida. Adaptarse a la capital no fue tarea sencilla y lo reconoce.

“Cuando vine era recanario, ¡era un crimen! Hablaba portugués cerrado y no me entendían nada. Me costó horrores. En la casa había una cocinera y te daban unas instrucciones. Había que dejar el plato limpio, tener el cuarto ordenado o no te dejaban ir a prácticar, la computadora se apagaba a determinada hora y te daban clases de inglés”, revela.

Asistir a entrenar fue una complicación…“Siempre fui en ómnibus y me perdí millones de veces. Un día tenía que ir al complejo de River en Colón. Me tenía que bajar en la fábrica Nordel y caminar para adentro, ¡pero me fui hasta La Paz! Cuando bajé no entendía nada, estaba perdido. Me tuve que tomar un taxi”.

Salir a la calle significaba un dolor de cabeza… “Uff, si me acordaré… para mi fue todo un cambio aquello. Me enloquecía la cantidad de gente, el tránsito. No salía de la casa, me pasaba todo el día encerrado. Además salía a tomar mate y veía a la gente corriendo el ómnibus desesperada. Eso en mi pueblo era imposible. Como habrá sido la cosa que a los dos años de estar acá le dije a mi madre que no aguantaba más y que me volvía. Pero me comió la cabeza para que me quedara. Ahora es al revés, no quiero ir para afuera, ja ja. Me adapté, conozco casi todo Montevideo menos las calles”.

El pase a Danubio le abrió la puerta de grande. Y ahora tiene otros sueños. “Vivo en una casa que nos puso el club a media cuadra de la sede con dos compañeros. Ahora nos hacemos cargo nosotros, ¡pero me muero de hambre con la cocina! Soy malo. El tema es que hay otra casa del club donde está el cocinero de Danubio y me voy para ahí; entonces almuerzo y me llevo la comida para la noche. Como ven la sigo peleando. Sin sacrificio no hay nada”.

Su nombre suena en el mercado pero Álvez lo vive con la tranquilidad de siempre. “¿Ahora querés hacer la nota? Pah, me matás, estoy con los guachos en la playa y no los puedo dejar tirados”, dijo un día antes de la entrevista a El Observador para revelar la importancia que le brinda a su entorno.

“Hoy estoy tranquilo para ayudar a mi mamá y a mi hermana sacarla adelante. Mamá ahora no puede trabajar porque tuvo un accidente y se fracturó. Primero quiero comprar la casita y luego viene el resto. Ese es mi reto, comprarle la casita a mi vieja; luego podré hacer mi vida tranquilo”.

Y concluye con su único sueño: “El fútbol para mí es para sacar a mi familia adelante, darle cosas a mi vieja; recién ahí quedaré tranquilo. A todo pibe lo ilusiona el pase pero yo tengo contrato seis meses más con Danubio para seguir creciendo. Si sale viene solo, no me desespera. ¡Si sabré lo que es andar en la mala, ser pobre, para desesperarme ahora…!”.


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