Sentimiento bolsilludo

"Pero ¿cómo podés seguir siendo de Nacional?" le preguntó un amigo a Lincoln Maiztegui Casas en 1999; recuerde aquí las razones de su pasión tricolor
"Pero ¿cómo podés seguir siendo de Nacional?" El amigo del cronista lo contemplaba con mirada burlona, desde su soberbia juvenil. Había terminado un clásico especialmente desdichado para los que somos orgullosamente hinchas del ocasional perdedor, y la aurinegra triunfaba una vez más. Muchos bolsilludos recibieron, en esos aciagos días, preguntas como esta, e incluso más provocativas. Y más de uno habrá vacilado, quinquenio y paternidad de por medio.

Quien esto escribe, no. Ni por un segundo. Al revés, y como tantos, se sintió, en horas desdichadas, más entrañablemente unido a la camiseta de sus amores. A estas avanzadas alturas de mi existencia me complace decir, un poco en broma, un poco en serio, que me quedan dos únicos fanatismos: Mozart y Nacional. Y no es una simple "boutade". La adhesión a un partido o grupo político, a una ideología, a una actividad lúdica o a un arte es parte de un proceso racional, de una concatenación de argumentos que, como tales, están perpetuamente en revisión. Y, con frecuencia, uno se cuestiona la pertenencia a cualquiera de ellos. Sostener que Mozart ha sido el músico más genial de todos los tiempos, o que Nacional es, simplemente, lo más grande que hay, son opiniones simples, afirmaciones verdaderas por sí mismas, porque uno las siente así en las entrañas, y no requieren razonamientos ni justificaciones. Por consiguiente, no va a ser un resultado adverso ni una racha negativa los que puedan mover el sólido palo a pique que ata el corazón al bolsillo, no. Ni todas las derrotas del mundo tendrían ese poder. Don Quijote no dejó de creer en su misión de desfacer entuertos porque un aspa del molino lo haya dado contra el suelo.

Por lo tanto, debí haber respondido a mi amigo: "Sigo siendo de Nacional porque quiero, porque me gusta, porque soy yo". Pero, en ese preciso momento, me formulé la pregunta a mí mismo. ¿Por qué soy de Nacional?

¿Cómo podría explicarle más o menos racionalmente a un extranjero, a alguien que desconociera totalmente este país, las razones de ese partidarismo hondo y doloroso?

Se me ocurrió, de un instante a otro, un torrente de razones. Una de ellas, por ejemplo, podría ser la historia. Es tan inmensa la ventaja histórica que Nacional lleva a todos los demás equipos uruguayos, que ese factor alcanzaría en exclusiva para justificar la adhesión. No debe haber, me atrevo a aventurar, equipo en todo el orbe con una carga histórica tan honda, tan ilustre, tan resplandeciente.

Veamos:

Nacional es el equipo más viejo de todos los que sobreviven en este país: el Decano. El equipo que tomó voluntariamente la representación del fútbol uruguayo en 1903 y derrotó 3-2 al seleccionado argentino en Buenos Aires, en setiembre de 1903. El primer equipo en ganar la Copa Uruguaya en propiedad (1915, 1916, 1917). El único equipo que ganó 5 campeonatos en el mismo año (Competencia, Uruguayo, Copa de Honor, Competencia Rioplatense y Copa de Honor Rioplatense, todos en 1916). El equipo que realizó la gira mundial más larga y exitosa de la historia del fútbol universal en 1925: 190 días, 38 partidos en Europa, 26 ganados, 7 empatados, 5 perdidos, 130 goles a favor, 30 en contra. Entre los vencidos se contaron la selección nacional de Holanda (7-0), un combinado de las selecciones de Francia y Suiza (3-0), la Selección Nacional de Bélgica (2-1 y 5-0), la Selección de Francia (5-0), la selección de Suiza (5-2 y 5-1), la Selección de Austria (2-0), la Selección de Cataluña (4-0) y la Selección de Portugal (5-0). La historia del fútbol universal no registra nada ni remotamente similar.

Nacional empató un clásico con 9 jugadores contra 11, a puertas cerradas, en 1934, ganó el primer Quinquenio del fútbol uruguayo (1939-43), y su arquero, Eduardo García, batió el récord de estar más tiempo sin recibir goles. Tiene el récord en resultados contra Peñarol, 6-0 el 14 de diciembre de 1941. Tiene el récord impresionante de haber sido Campeón Uruguayo, ese año, ganando todos los partidos que jugó: 20 partidos, 40 puntos. Tiene el jugador que más veces salió goleador del Campeonato Uruguayo (Atilio García, ocho años consecutivos de 1938 a 1945). Tiene el único jugador que, en un clásico, anotó cuatro goles de cabeza (Atilio García, 8-12-1 940). Tiene el récord absoluto de haber ganado 10 clásicos seguidos por el campeonato uruguayo (del 17-12-1939 al 21-11-1943).
Frente a esta historia impresionante, quedan reducidos al ridículo los argumentos aurinegros de haber ganado más campeonatos uruguayos y más clásicos al día de hoy. Esas estadísticas varían; la historia, no. Nacional dominó abrumadoramente todos los resultados hasta la década de 1960, y puede volver a dominarlos algún día. Es aleatorio. Pero la gloria de haber abierto todos los senderos, de haber encendido la antorcha que tiñó los campos de fútbol de celeste en todo el mundo, no cambiará jamás, y es tricolor.

Podría haber también argüido a mi exultante amigo que soy de Nacional porque es el equipo que de forma más permanente y firme ha apoyado a la selección nacional. Mientras Peñarol regateó, o abiertamente negó muchas veces (como en el Sudamericano de 1923) sus jugadores a la selección, Nacional la respaldó siempre, ya asumiéndola (como en 1903), ya sirviéndole de base (como en 1924, 1928 y 1970), ya favoreciéndola al límite del sacrificio personal: la concurrencia a las Olimpíadas de París de 1924 fue posible porque el doctor Atilio Narancio, directivo histórico de Nacional, hipotecó su casa para pagar los gastos de traslado de la delegación.

También podría haberle espetado que soy de Nacional porque es el único equipo por el cual un jugador, Abdón Porte, dio la vida, en una noche de marzo de 1917. Desolado porque se le había excluido del equipo, el "Indio" Porte se despidió de sus amigos, caminó hasta el centro de la cancha del Parque Central y se pegó un tiro en la cabeza. ¿Una estupidez? Es posible; pero hay estupideces sublimes y de las otras; juzgue el lector a cuál de estas categorías perteneció la del inolvidable Abdón.
O que Nacional es el más popular de los equipos deportivos del Uruguay. No, no se habla aquí de contar cuántos hinchas tiene cada uno, entre otras cosas porque es imposible. Nacional es la única institución de este país que abrió sus filas a la gente del pueblo, es decir, a los hijos de los inmigrantes españoles e italianos que aprendieron a jugar descalzos en la calle o en el baldío.

Mientras el CURCC (que, según los peñarolenses, es su mismo equipo en la prehistoria; lo dicen ellos, no nosotros) y otros "teams" ingleses reservaban el fútbol para jóvenes distinguidos, de buena familia, prosapia y posibles, y vedaban el ingreso a los muchachos de barrio y conventillo, Nacional, presidido por el poeta José María Delgado (¿qué club, si no Nacional puede llevar a un poeta a la presidencia?), abrió sus puertas a Benincasa y Juan Munichelli, albañiles adolescentes, hijos de tanos recién llegados, sin otra prosapia que la de manejar muy bien el balón con los pies, que de eso se trataba. A Foglino, el Indio Porte, Manzini, Zibechi Varela y el gallego Sánchez, todos botijas de barrio y alpargata. Poco tiempo después ingresaría el inmenso Leandro Andrade, el primer atleta de raza negra que alcanzó fama y gloria en este país. Por supuesto, hubo cajetillas que protestaron; el fútbol era deporte de caballeros, y así debía ser. La chusma a otra parte. El poeta José María Delgado debe haber sentido pasar por su memoria la voz del Comendador de Fuenteovejuna, diciendo a sus campesinos que reivindicaban respeto, en versos de Lope: "¿Vosotros honor tenéis?"

Podría haberle dicho a mi joven interlocutor muchas cosas más; que soy de Nacional porque es el único equipo para defender al cual hubo gente que dejó una revolución en marcha y se vino a la ciudad, a jugar un partido porque es la primera institución deportiva realmente nacional que se formó en este país, para ingresar en la cual no había que tener apellido inglés; porque adoptó como distintivo los colores de la bandera federal, la de Artigas, la nuestra, la de todos, aun la de los "manyas". Porque tiene su cancha y su sede en el emplazamiento exacto –gloriosa sonrisa de la Historia– donde se alzaba la "chacra de la Paraguaya", donde una asamblea de orientales libres eligió a Artigas como portavoz y conductor. Porque aún se me encoge el alma, en esa emoción silenciosa y trémula de las memorias adoradas, cuando evoco a mi madre trayéndome a la cama, donde yacía desperezándome en la mañana de mi cuarto cumpleaños, un equipo resplandeciente –camisa alba como la primera luz del día, pantalón azul como el mar, que, a lo lejos, se insinuaba en mi ventana en una continuidad cromática con el cielo de agosto, medias con vivos rojos como la cresta de un cardenal. Ese tesoro que tomaron mis brazos temblorosos y la voz por siempre perdida de mamá que me dijo, simplemente, "Feliz cumpleaños" (las mismas palabras que un siglo más tarde me repetiría, con un amor acrecentado por las peripecias de toda una existencia en común, desde la invalidez de su lecho de muerte) marcaron para siempre mi corazón, mis entrañas, mi espíritu, con el fuego ardiente de una pasión que se confunde con la vida misma. Por todo eso soy de Nacional, que es como decir que soy yo mismo.

Pero no le dije nada de todo esto. No. Ni siquiera le dije lo más profundo que hablaba en mi alma, lo que sin duda, por su edad y sus adhesiones, no hubiera podido comprender: que soy de Nacional precisamente porque perdimos ese clásico, porque pasamos cinco años de sequía ganadora, porque sufrimos humillación y escarnio de los que solo pueden comprender el mundo o la absurda dicotomía de los "ganadores" y los "perdedores", y se creen grandes porque ganan. Mi joven amigo se hubiera sentido desorientado si yo le hubiera dicho que cuando Nacional entra en racha perdedora es cuando más lo quiero, y no porque me guste perder ni tenga resabios masoquistas. Simplemente porque uno ama más a su madre cuando está enferma, desvalida y doliente que cuando está sana y exultante. Porque la auténtica grandeza no está en ganar como sea, sino en hacerlo con la limpia magnificencia de los caballeros, o en perder con la elegancia de los escogidos, de los que saben proyectar la derrota en el panorama histórico y verla simplemente como un mojón en el sendero de la existencia. Porque no hay nada más ennoblecedor y emocionante que evocar desde el dolor presente la pasada grandeza, única forma de calibrar lo efímero, esencialmente transitorio, de este y de aquella.

Porque –ah, la dialéctica, dios de dos caras– solo se pueden gozar y disfrutar las victorias exactamente en la medida en que se ha padecido la humillación de la derrota. Porque aquellos a los que la historia ha dado el espaldarazo de la aristeia saben que de los dolores y los fracasos de hoy surgirán necesariamente, como el Fénix de los rescoldos de la hoguera en que se consumió su juventud, las hazañas y victorias del mañana. No le dije a mi amigo que soy de Nacional, y lo seguiré siendo, porque Nacional tuvo la elegancia histórica de decaer junto a la historia del fútbol uruguayo, en vez de encumbrarse sobre esas cenizas gloriosas para cantar triunfos de bata y mate amargo, de esos que solo se disfrutan en casa.

No le dije que soy bolsilludo porque aplaudo a Carrasco por hacerle aquel gol a Defensor que clasificó a Peñarol y le abrió la ruta al segundo quinquenio, porque ese es el proceder de un deportista honesto, de un jugador de Nacional.

Porque rechazo la "viveza" de un golerito insignificante que, puesto en situación similar, hizo lo que era de esperar en la tradición de la que proviene, jactándose luego de ello. Porque, como decía Wilson Ferreira Aldunate, en este país hay "nacionalófilos", pero no "peñarolófilos". No, no le dije que soy bolso, en definitiva, porque Nacional es la institución deportiva más vieja.

–Sssshhhhhhh... callate. Vos no entendés.

Quedó desorientado. Es que entendió; es muy inteligente.


Mayo de 1999

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