Regreso a la pálida

Si bien todo había empezado como una fiesta, los baldes de agua fría de los ticos dejaron a la gente entre la tristeza y el insulto
 

El fútbol produce efectos extremos, en solo 45 minutos. La previa al partido Uruguay-Costa Rica en Montevideo tenía todos los condimentos de la fiesta adelantada: las caras pintadas en la calle, soles en los rostros que pestañeaban con ojos dentro, junto a franjas que iban de pómulo a pómulo. Banderas, por miles. Grandes, en las balconeras y en las espaldas de los hinchas, algunos de ellos envueltos en el pabellón; más chicas y flameando al viento con el nerviosismo de las crines de los caballos en automóviles y taxímetros.

Restaurantes y bares que ofrecían en pizarrones múltiples ofertas y promociones para ver a Uruguay.  Las calles estaban tan vacías que se podía llegar con facilidad desde la Ciudad Vieja hasta Pocitos en cinco minutos. Todo el mundo con la mirada fija en las pantallas, todos los ojos llenos de césped y camiseta celeste.

Y la verdad es que todo empezó acorde a la espera. A pesar del comienzo indeciso, el gol de penal de Edinson Cavani desató las ganas contenidas y un aire triunfal, muy similar al que sobrevolaba los partidos de Sudáfrica 2010, se instaló en la calle y en el ánimo de los hinchas. Uruguay 1 a 0 era lógico y esperable.

Los hinchas que habían hecho pencas solo esperaban más, porque muy pocos apostaron a ese exiguo resultado. Así terminó el primer tiempo. Ni se imaginaban la enorme ola invisible con la bandera de Costa Rica que se acercaría desde el televisor.  

Con el inicio del segundo tiempo llegaron los dos cachetazos de los ticos. Durísimos. La reacción de la gente fue quedar muda, con la cara roja por los dos sablazos. Algún insulto contenido y sobre todo silencio.

Lo que hasta entonces era júbilo y algarabía, aunque no se había jugado nada bien, en solo tres minutos se volvió profunda desazón. A la gran fiesta le echaron dos baldazos de agua helada. Y con los minutos cundió entre la gente el sentimiento de que la cosa era irreversible. La gran fiesta quedaba arruinada por los centros y los cabezazos de los costarricenses.

El tercer gol solo fue la confirmación de una derrota que desbordaba por todos lados.

Si hasta ahí había habido elogios propios del mundial anterior, en tres minutos llegaron miradas al  piso que parecían las de Corea/Japón de 2002, los insultos a Tabárez que recordaron sus decisiones en Italia 1990, o las de Omar Borrás en 1986. Los más jóvenes, los que vieron ganar a Uruguay en victorias increíbles y solo lo vieron perder en meritorios partidos en semifinales y por el tercer puesto, tuvieron así su bautismo de calentura. Surgieron los primeros improperios contra quienes 45 minutos antes eran ídolos. 

Para los más viejos, volvió un deja vu que hace años no se veía. Se hizo presente la pálida, la que acompañó a la selección celeste en tantas Copas del Mundo, pero que con los triunfos de Sudáfrica se había reducido hasta casi el olvido. Entre los más esperanzados apareció la calculadora mental y las posibilidades de clasificar si “empata este” y “le ganamos a este”. Los más pesimistas ya pronunciaron la sentencia: “estamos afuera”.

Algunos de los últimos hinchas, que todavía se quedaron viendo Italia-Inglaterra, volvieron a rechistar cuando los jugadores celestes aparecieron en las muchas propagandas, promocionando algún producto. Otros directamente apagaron el televisor con un insulto.


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