Recoba, el niño suelto en el estadio

No le pidan que corra ni que marque, simplemente que entre como en la descampada canchita de su barrio, donde juega el picado con los amigos por el asado, porque con eso, simplemente con eso, alcanza y sobra

El Chino me mira y me señala una cancha allá en medio de la nada. A lo lejos, en un descampado, se ven dos arcos. “Allá, en aquella cancha (de baby fútbol), así como la ves, ¡no sabés los partidos que se arman!”, me dice Álvaro Recoba.

Y me empieza a contar con los ojos iluminados como el niño que recién empieza a construir su sueño: “Jugamos los amigos de Diego (Perrone), mi cuñado, contra mis amigos. Son terribles partidos, con juez y todo. Un año terminamos tirando fuegos artificiales”.

La narración del Chino da paso a una anécdota de unos de esos tantos partidos en la cancha cercana a su domicilio: “Una vez se armó lío con un argentino que trajo el Tony Pacheco. Uno que jugó en Udinese. Resulta que se peleó con el juez y tuvimos que meternos a separar”, me dice entre risas.

Pero no vaya a pensar que esos son partidos comunes y corrientes. No. Las condiciones de la cancha no son capaces de impedir que los que van a jugar se vistan de jugadores de fútbol. Con camisetas y todo. El juez realiza sorteo de arcos. Y al final, cuando termina, el perdedor tiene que pagar el asado. El encuentro termina con fuegos artificiales.

Después del cuento me percato del motivo por el cual el Chino Recoba no se retiró con la gloria eterna, aquella que había ganado en la temporada 2011/2012 cuando cerró el campeonato como protagonista excluyente.

Aquella vez Álvaro se podía haber ido con la paz interior del deber cumplido. Pero no lo hizo. Se volvió a vestir de jugador. El  club entró en una crisis desde el punto de vista de los resultados.

La siguiente temporada la ganó Peñarol. El Chino se tuvo que acostumbrar a convivir con las lesiones. Eran tiempos donde se escuchaba aquello de que “hay que saber la forma de llevarlo”. Una clara alusión a que Gallardo lo ponía en determinado momento de los partidos para aprovechar su talento y no mal gastarlo de arranque.

Pero el equipo fue gobernado por la oscuridad. El Chino se tuvo que “comer” el clásico del 5 a 0.

Hasta en la directiva se plantearon las dudas: “Muchas veces hasta pensábamos si renovarle o no”, admitió Ache.

Así es el fútbol. El Chino optó por no retirarse con la gloria y de pronto tenía que salir manchado por la sombra del 5 a 0 contra Peñarol.

A uno le queda la clara sensación de que el Chino está más allá de un campeonato más o un campeonato menos. Lo nota al verlo entrenar. Cuando hay tareas física se exige lo mínimo indispensable. ¡Y qué le van a pedir a esta altura! Si el tipo entra y tiene el poder del mago en el pie izquierdo. Dejalo, que haga lo que quiera.

Hoy, dos temporadas después de haber recuperado la gloria perdida, después de retirarse ovacionado de la cancha. Recién hoy, me doy cuenta de que en el fondo, y más allá de las responsabilidades, el Chino todavía disfruta como un niño.

No le pidan que corra, que marque, que se exija en los entrenamientos como el resto. No precisa. Entrá como lo hacés en la cancha de tú barrio, a jugar el picado por el asado con los amigos. Con eso, simplemente con eso, alcanza y sobra Chino.

 


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