Rápido y eterno

Gestó el Maracanazo, vivió el lujo en Italia y la penuria en Uruguay. Corrió, siempre, prendido a aquel gol

Hace 65 años que Bigode persigue a Alcides Edgardo Ghiggia sin poder alcanzarlo. La pelota entra junto al palo en cada repetición y Bigode, el half izquierdo brasileño, se queda ahí, congelado, agarrándose la cabeza.

Ghiggia era un Ferrari. "Cuando se previeron los movimientos colectivos, hubo acuerdo en que el partido estaba por la derecha, ahí recaería el juego. (Ghiggia) se hallaba en su esplendor físico y técnico y era sabido por todos que no temía a Dios ni al diablo", cuenta el periodista Franklin Morales en su libro Maracaná, los laberintos del carácter.

El veloz puntero llegó a la final del mundo con el motor en óptimo estado. Le hizo un gol a Bolivia, España y Suecia. El delantero no falló en el cuarto partido, la final contra los locatarios. Después de que el reloj marcara las 5 de la tarde, en el minuto 79 de juego, Ghiggia desbordó por la punta y metió la pelota entre Barbosa y el palo. "¡Gol uruguayo!", gritó Solé para siempre. Bigode y Maracaná se desarmaron.

Ghiggia recordó la corrida 200.000 veces, una por cada brasileño mudo. "Solo tres personas han silenciado Maracaná: el Papa, Sinatra y yo", repetía el delantero en cada entrevista.

El hombre que parió el Maracanazo había crecido en una familia de clase media. "Yo vivía en La Blanqueada, a una cuadra y media del Parque Central. Un día fui a casa y les comenté que me habían llamado de Nacional, y mi madre me dijo: 'Si vos vas a Nacional, no pisás más la casa'. Me fui a Sud América, donde empecé en la Cuarta como marcador de punta, pasé a Tercera de volante y llegué al Primero de puntero". Sus goles lo llevaron a Peñarol con 21 años en 1948. Unos meses más tarde rechazó la primera convocatoria a la selección uruguaya por haber huelga de futbolistas.

Con la camiseta aurinegra integró la llamada Máquina del '49. Ghiggia, Hohberg, Míguez, Schaffino y Vidal lograron el campeonato en 1949 y 1951.

En el medio, Maracaná y el cielo. De Brasil regresó al país como héroe y en 1953 tomó un vuelo a Italia, para defender durante ocho temporadas a la Roma, donde a compartió vestuario con su compañero y amigo Juan Alberto Schiaffino, al que le había dado el pase para el empate transitorio contra Brasil en la final.

"En dos años hice 12 millones de liras. No sé cuánto era, pero sé que me favorecía", aseguró Ghiggia. Siguió contando liras en el Milan, con el que también fue campeón. Vistió por esos años la casaca de la selección italiana con la que marcó un gol pero no logró clasificar al mundial de 1958.

Luego regresó a Uruguay para jugar en Danubio y Sud América hasta su retiro, en 1968. Los días de liras en millones quedaron por el camino poco a poco. La crisis del 2002 lo obligó a rematar la medalla dorada de Maracaná. Un integrante de la empresa Tenfield pagó US$ 1.600 por la joya. La noticia, como ayer, recorrió el mundo. "Ghiggia è in miseria. Ha venduto tutto per poter sopravvivere", tituló el diario italiano Corriere Della Sera en su edición del 9 de junio, recuerda el periodista Leonardo Haberkorn en una nota titulada "Corre Ghiggia corre".

Al delantero le encantaba correr, no solo sobre el césped. En Europa tuvo tres autos Alfa Romeo. Se aferró al volante hasta el 13 junio de 2012, cuando chocó contra un camión y quedó internado grave durante varios días, pero zafó.

De los que jugaron aquella final de 1950, fue el último futbolista en despedirse. Bigode y Barbosa se fueron en medio del desprecio popular por no poder pararlo. Solo, corriendo, quedó Ghiggia, que recibió en los últimos años varios homenajes. En 2009 volvió a Maracaná y metió la pelota otra vez contra el palo. En 2013, se puso la celeste y pisó el césped del Centenario para ver su gol en pantalla gigante y escuchar el grito de gol de 50.000 uruguayos. Al año siguiente, volvió a Brasil para participar del sorteo del mundial. El fútbol se rindió a sus pies, a su gol.

De todas maneras, lejos estuvo de lo políticamente correcto. "No sé este muchacho qué piensa y qué tiene en la cabeza", le dijo a Reuters luego de que Luis Suárez mordiera a Giorgio Chiellini.

Este miércoles comenzó la retirada a los 88 años. Estaba mirando la semifinal de la Copa Libertadores entre Inter y Tigre por televisión junto a su hijo cuando se sintió mal. El pequeño corredor falleció en la tarde de ayer, 65 años y unos minutos después de sacar un tiro rasante que seguirá entrando justito, ahí, entre Barbosa y el palo.


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