Por qué soy mujer y amo el fútbol

Ante la insensatez, una explicación acerca de la forma en que vivo esta pasión y por qué es tan válida como cualquier otra

Desde que soy niña compito en deportes de equipo. Sin embargo, con casi 30 años, hace un par de semanas por primera vez me pasó que, tras una jugada con varios roces, una mujer quisiera golpearme. Después de un empujón y varios insultos de parte de ella, confirmé lo que desde hace tiempo sospechaba: que ante la extrema estupidez ajena, mi instinto me lleva a reaccionar de forma racional. Por eso, al leer la columna de opinión titulada “Las mujeres entraron a la cancha de la mano de los peores hombres” decidí argumentar por qué amo el fútbol.

1. Porque puedo

Cuando era niña no podía jugar al fútbol con mis compañeros de clase. Me encantaba ese deporte que practicaba puertas adentro, en el patio de mi casa con mi primo y hermano, pero al llegar al colegio, yo debía dedicarme al manchado, handball o volleyball. No es que tuviera nada en contra de estos deportes, me siguen gustando, pero los adultos me privaron de entrenar en el más popular y, quizá, volverme buena en ello. Decían que me convertiría en machona, como si fuera una consecuencia directa de pegarle a la pelota con el pie en vez de con la mano. Una vez adulta, comencé a practicar y a competir en fútbol cinco sin preocuparme de los comentarios de los demás (ni de los moretones que me impiden usar polleras por semanas).

2. Porque me inspira a ser más

También desde pequeña practico gimnasia y lo seguiré haciendo, pero competir contra una misma frente al espejo no tiene nada que ver con hacerlo contra un oponente como parte de un equipo. Me ha pasado de sentir que no puedo hacer un abdominal más y dejarme caer rendida en la loneta, pero jamás he dejado de perseguir a una delantera cuando corre hacia mi arco siendo yo la última mujer. Nada se iguala a la euforia de festejar un gol, la adrenalina de remar un partido de atrás, el grito de aliento ante una buena jugada o los insultos catárticos tras un error, seguido de un renovado: “¡Vamo’ arriba!”.

3. Porque lo vivo

Muchos son los motivos que hacen al fútbol el deporte más popular del mundo, pero hay uno que disfruto particularmente: que cualquiera puede ganar. Eso hace que uno siempre tenga esperanza, pero también, que la amenaza y los nervios sean constantes. He gritado, llorado, insultado y hecho incontables promesas por el fútbol. He festejado en 18 de Julio y he reconocido con los labios apretados que Suárez mordió y que, por no poder controlar su carácter, quedamos afuera de un Mundial donde todo era posible (7-1, solo eso voy a decir).

4. Porque distinto no es peor

Sentir con pasión el deporte adentro y afuera de la cancha no me priva de, varias veces por partido, pensar y decir cosas como: “Están ajustadas de más esas remeras”, “No deberían ponerles publicidad en la cola, es ridículo”, “Qué divinos los rulos de David Luiz”, o “No sé qué le ven a Cristiano Ronaldo”. Mis observaciones más allá del partido en sí no me privan a detectar el momento en que las remeras ajustadas impiden a un defensa tomar al delantero por la camiseta en pleno forcejeo o elogiar la exquisitez técnica con que David Luiz pateó el tiro libre contra Colombia.

Por suerte, los hombres que me rodean no dejan de considerar con seriedad mis análisis por escuchar otros comentarios que no se vinculan con el deporte en sí, pero que también hacen al fútbol. De no ser así, ¿por qué David Beckham jugó profesionalmente hasta tan grande o Cristiano Ronaldo se quita la remera cuando, en la final de la Champions League, mete de penal el gol del 4-1 (¡de penal!)? El fútbol es un espectáculo y ellos, como los actores y cantantes, generan elogios por su capacidad técnica, pero también por su imagen y comportamiento. Reconocer esto no me hace a mí menos fanática del deporte ni menos capacitada para festejar un gol, angustiarme ante una derrota o decirle a una contrincante que no vamos a pelear por una jugada reñida. Esto es fútbol hasta que alguien me obliga a dejar las emociones y decir que esto, en verdad, es una instancia más de la vida repleta de matices, donde uno muestra sus valores.


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