Orgullo colombiano

Barranquilla se embanderó de amarillo y vivió una previa a puro vallenato, en una jornada en la que solo respiraron fútbol


Pocas veces se nota en Sudamérica tanta euforia como en Colombia antes de un partido de la selección. Pareciera que la gente duerme la noche previa con la camiseta puesta. Cuando a las 6 de la mañana el sol ya se colaba con fuerza a través de la ventana de la habitación del hotel, se escuchaba y se sentía una euforia especial. No era un día cualquiera para los colombianos y menos para los barranquilleros.

El murmullo de las calles, los bocinazos, la cumbia a todo volumen en los negocios. ¿Cómo hacen para aguantar todo el día la música tan alta?, le consulta el periodista, casi pegado a su oído, a un vendedor de ropa. “Es solo por el partido”, grita como respuesta.

Desde la recepción del hotel hasta los mozos de los bares y las personas que caminan las calles desde temprano a la mañana, todos visten la camiseta de la selección colombiana. Se les nota la alegría en el rostro. Sonríen, porque el costeño es alegre, pero tenían una razón súper especial. No había una persona que no supiera que jugaba el equipo de Pekerman. Algunos programaron la rumba (festejo) para después del encuentro y acomodaron la agenda de acuerdo al horario del partido.

Sucede lo mismo que en Uruguay después del Mundial de Sudáfrica. Hasta los/las menos interesados en el fútbol, siguen con interés y hasta cierta euforia a veces, el camino de la celeste y conocen a los futbolistas como nunca los conocieron. En Uruguay no hay nadie que no conozca a Diego Lugano, Diego Forlán, Luis Suárez, el Cacha, así como en Colombia no existe una persona que no sepa quién es Radamel Falcao. Ese vínculo con los uruguayos que generó el equipo de Tabárez, tiene su eco en el exterior, porque entre tanta embriaguez, los colombianos hablaban con respeto del conjunto celeste.

 Llegar al estadio Metropolitano, aún cuando faltaban tres horas para el comienzo del partido, fue toda una odisea. Primero para pelear el precio con los taxistas. Después para atravesar las calles de la ciudad, donde el embotellamiento es continuo. Bocinazos por acá, bocinazos por allá, frenadas intempestivas, calor, osadas maniobras, más calor… “Este día está más picante que nunca”, protesta un periodista colombiano. Imagínese a los futbolistas uruguayos corriendo durante 90 minutos.

Después, averiguar dónde está la entrada de los periodistas en un mar de gente que camina de un lado a otro, todos vestidos de amarillo, rojo y azul. Unos aprovechan para tomar una cervecita antes del partido, otros bailan al son del vallenato. Se contagia la alegría de vivir que tiene esta gente.

Después de atravesar dos controles policiales separados por unos 100 metros y litros de transpiración, el ingreso al estadio es una felicidad. Porque es el destino y por la música que hacen vibrar las tribunas. En el sector alto de las gradas hay sombra, pero en la parte más cercana a la cancha el sol pega con fuerza. Eso es lo de menos, porque nada es tan importante para el público como la selección. Estar ahí, sintiendo la pasión y el fútbol elegante como el del Pibe Valderrama, es lo único que importa. También el resultado, por supuesto. Por algo el viernes de noche durmieron con la tricolor puesta.


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