“Me dieron un mes para ver si sobrevivía”

Uno de los arqueros de la selección uruguaya de hockey sobre patines estuvo al borde de la muerte por una mala praxis médica; pocos meses después se recuperó y volvió a jugar

"El hockey no me da un mango, me da alegría, me saca de toda la mierda que he vivido: es mi vida”, afirma Mariano Vignapiano, argentino de nacimiento y arquero de la selección uruguaya de hockey sobre patines que está disputando el Mundial B en Canelones. 

Licenciado en seguros y en administración, y arquero de San Lorenzo de Almagro, Vignapiano estuvo hace unos meses al borde de la muerte. Pero se aferró al sueño de volver a subirse a los patines para lograr quedarse.

Su infierno comenzó hace unos años cuando le detectaron una enfermedad llamada púrpura trombocitopénica idiopática. “Fui el primer caso en Argentina”, dice y agrega con una resignada sonrisa: “Me las agarré todas”.
“Me bajaban las defensas, los glóbulos blancos y los rojos, no me coagulaba la sangre, me quedaban machucones, me sentaba y me chorreaba sangre por la nariz”, recuerda.

Lo trataron con corticoides. “Me llegaron a inyectar 80 miligramos diarios, estuve cuatro meses internado y cuando salí aumenté 70 kilos”.

Después de probar todo tipo de dietas, sus médicos recomendaron que se practicara una bariátrica, una cirugía con la que se combate la obesidad.

“Me dijeron que era una pavada... Pero no lo fue”. A Mariano le quedó grabada la fecha: “El 26 de setiembre de 2009 jugué con San Lorenzo y al otro día de mañana me interné. Cuando me operaron me perforaron el pulmón izquierdo sin darse cuenta. Estuve tres meses en coma inducido”.

El deportista está en juicio con esos médicos por la mala praxis.

Fue un especialista japonés el que detectó tiempo después una fístula, un pasaje, entre el pulmón y el estómago a través del diafragma. “Yo me ahogaba, hacía neumonías crónicas”.

“Me trasladaron a cuatro hospitales, tuve nueve cirugías bastante complicadas. Me dieron un mes para ver si sobrevivía. En ese mes lo llamaron un día a mi viejo para que fuera a la clínica porque no pasaba la noche”, recuerda.

“Mis cirujanos de esófago me salvaron la vida”, cuenta. “Yo me quise tirar de cuanta ventana de hospital encontraba. Estuve con psicólogo y psiquiatra. Me separé, porque mi señora estaba con otra persona”.

“El médico principal es tenista y fue el que logró convencerme de la operación principal. Me dijo  que si no funcionaba lo que iban a hacer nos tirábamos los dos por la ventana”, rememora.

A Mariano le sacaron el esófago, el duodeno, parte del intestino y el estómago completo. “Podía quedar con intestino corto, y conectado de por vida a una máquina para alimentarme”.

Finalmente le conectaron esófago con intestino y el organismo le respondió. “Fue un milagro”.

“Lo único que soñaba en todo momento era en volver a subirme a los patines. En el hospital no podía caminar pero me agarraba de las barandas, bajaba un piso de escalera arrastrándome”.

En diciembre le dieron el alta. “Salí con anemia, sin vitaminas, me dijeron que me olvidara de jugar al hockey. Pero a los dos meses estaba desesperado y me subí solo”.  Comenzó a entrenar y después se sumó a los entrenamientos de la selección. “Me tuvieron una paciencia bárbara porque al principio no agarraba una pero fui retomando mi nivel y no estoy porque no hay otro, aunque siempre había sido titular y ahora soy suplente”.

El drama sigue: “Mis padres no apoyaron el hecho de que volviera a jugar y me fui de casa. Más de una vez tuve que dormir en un McDonald’s en Buenos Aires porque nadie me entendía”. Pero la va llevando. Vivito y rodando.


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