“Me arrepentí de irme joven”

El delantero Juan San Martín, ex Peñarol, fue transferido sin debutar a Benfica; hoy está en Central Español y sueña en aurinegro

Todos los uruguayos nacemos jugadores de fútbol y después hacemos otra cosa. Somos médicos, albañiles, periodistas o murguistas”. La frase me la dijo hace poco Raúl Castro y me quedó grabada.

Para los niños uruguayos, y también algunas niñas, la máxima odisea con la que se puede soñar es con ser profesional.

Y con ese sueño Juan San Martín llegó a Montevideo desde Rivera para jugar, primero en Defensor Sporting, y luego probar suerte en el club de sus amores: Peñarol.

“Yo estaba en Defensor Sporting y me fui a jugar a Brasil, en principio por unos meses. Pero después, en el equipo donde estaba, querían que jugara en las juveniles de forma ilegal, o sea, sin papeles. Ahí me volví y después de unas vueltas con el pase decidí irme a jugar en Peñarol”.

En las formativas mirasoles se divirtió tanto, que el llamado a las selecciones juveniles de Uruguay no tardó.

Desde ahí es historia conocida. Un buen Mundial Sub 17, donde fueron subcampeones del Mundo, lo catapultó a la gran atención europea y Francisco Casal logró transferirlo a Benfica.

“Hoy estoy seguro que me arrepentí de irme tan joven y no poder seguir en Peñarol. En su momento pensé que era lo mejor. Mi padre a veces me dice: ¿nos apuramos en irnos no?.

Pero ya está. Hoy sueño con jugar en la primera de Peñarol y tener la posibilidad de volver a Europa”, dice, maduro, a sus 20 años y evaluando en perspectiva todos los cambios que tuvo en su corta estadía como profesional.

En Benfica estuvo siete meses y se fue a préstamo a Farense de la Segunda División lusa, a donde llegó en mitad de temporada y con el equipo armado. “El club tenía un montón de problemas, yo no jugaba y decidí volver a Uruguay para tener minutos, volver a jugar, poder hacer goles y mostrar mi capacidad”.

De ahí a la Tercera de Peñarol bajo el mando de Paolo Montero y la llamada de un club de España dispuesto a contar con él.

“Estando en España se cayó la transferencia, no hubo arreglo y la única posibilidad que me quedaba era jugar en Segunda División, así que me vine a Central Español en busca de minutos”, añade.

El cambio fue brusco. De las instalaciones europeas a jugar en canchas con pozos, en desnivel, pegado al alambrado y con compañeros que deben recurrir a las ocho horas para poder vivir de forma digna.

“Al principio me deprimí, no te voy a decir que no, pero los muchachos de Central Español me recibieron bárbaro. Es un grupo humilde, con muchos compañeros que trabajan además de jugar al fútbol y eso te hace caer en la realidad dónde estás”, dice al tiempo que reconoce que no llegó en su mejor versión y por eso el entrenador, Luis “Ronco” López, no lo utiliza demasiado.

El riverense es, ante todo, un agradecido. De su idolatría infantil hacia Pablo Bengoechea hasta la experiencia que tuvo con tres uruguayos en Portugal: “En Benfica quienes me dieron terrible mano fueron Jonathan Urretavizcaya y Maximiliano Pereira. Al Cebolla (Cristian Rodríguez) lo conocía una vez que estaba con Paco (Francisco Casal) en un hotel de Lisboa y le copié el tatuaje de Peñarol que tiene en la pierna”.

Al final de la charla se permite una confesión y recuerda cuando fue a un clásico como hincha y terminó en la comisaría: “En la final de 2010, cuando el gol de Aguirregaray nos dio el campeonato, me detuvieron estando en la Ámsterdam y no pude ver el partido. Los policías se llevaron a un montón de gente y ahí marché yo. Estuve todo el partido en la Seccional 10 y me tuvo que ir a levantar mi madre a la noche. Me relajó todo pero yo estaba contento por el campeonato (risas)”.


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