Manu y su gran legado

Con la eliminación Argentina en básquetbol, Manu Ginóbili cerró un ciclo muy exitoso que comenzó hace 18 años
Atrás quedaron las lágrimas y la despedida ante Estados Unidos de la Generación Dorada Argentina, ese equipo que logró empatía con propios y extraños en base a resultados, si, pero también haciendo gala de unos valores indelebles que se mantuvieron inalterables al paso del tiempo.

El alma, cómo se le conoce al equipo argentino de básquetbol a raíz de la definición que hizo Mike Krzyzewski antes de enfrentarlos en Beijing 2008, perdió una vez consumada la eliminación a su hijo pródigo.

¿Por qué? Porque si hubo un jugador emblemático de esta maravillosa generación fue Ginóbili, recorriendo el camino de éxitos desde el pibe que deslumbraba en Bahía Blanca hasta uno de los veteranos más respetados de la NBA.

En el camino, Manu perdió estado físico, pelo, resistencia y elasticidad para volcar la pelota en los lugares donde la física aísla a los jugadores blancos, pero ganó experiencia, recursos, fundamentos y se volvió un coleccionista de valores. El capitanato de Luis Scola nunca lo inmutó, supo delegar liderazgos cuando la situación lo ameritaba y dejar los egos a un lado en un deporte colectivo que no los necesita.

Los Juegos Olímpicos de Río fueron el último rincón donde los cuatros supervivientes de Atenas 2004, los arquitectos del mote que adoptaron los amantes del básquetbol de todo el mundo, pudieron defender su camiseta. Ginóbili junto a Andrés Nocioni –otro que cierra su ciclo en selección-, Luis Scola y Carlos Delfino se dieron el gusto de recitar de memoria el poema que mejor les sale: jugar.

No pudieron colgarse una medalla, ni siquiera accedieron a las semifinales, pero los huérfanos de equipo de todo el mundo acuñaron el sueño de estos cuatro hombres que estaban prontos para brindar una última función.

En 2004, Ginóbili dijo que jugar un Juego Olímpico era un sueño cumplido, sin saber todo lo que vendría después.

Además del oro le siguieron otras tres participaciones consecutivas donde pudo desplegar magia y respeto por el juego y por sus rivales.

Ya no fue elegido el MVP del torneo como en Atenas, ni como en el FIBA Américas de 2001 que marcó su estreno en grande con la camiseta albiceleste, pero siguió siendo un jugador con ascendencia en propios y extraños.

"Despedirme al lado de Nocioni, Scola y Delfino obviamente que tiene un valor distinto. El hecho de jugar con Luifa desde hace 20 años, con Chapu desde hace 17, con Cabeza 14, al mismo tiempo pensás... todos los que no están. Hoy Fabri (Oberto) entrevistándome, Pepe (Sánchez) comentando por ahí, los demás mirándolo en su casa, creo que fueron parte de todo esto. Y bueno, es tu vida. Mi vida adulta, prácticamente entera. Está bien, con algún que otro año sin jugar, pero con un montón de anécdotas, de historias, que no se van a olvidar por más que me retire. Y si me junto con Gaby Fernández, como pasó hace un mes, salen historias y nos cagamos de risa y recordamos... y va a pasar lo mismo con Luifa, con Paladino, Pepe, Montecchia o quien toque... Vivimos cosas muy impactantes y yo, por lo menos, estoy muy orgulloso de haber sido parte", dijo Ginóbili, en un perfecto resumen, una vez terminado el partido y nombrando a sus compañeros dorados de 2004.
Ginóbili dejó un legado inmenso dentro de la rectángulo de juego, con volcadas para el recuerdo, tapas imposibles y triples agónicos, pero quizás su mayor recompensa no esté dentro de la cancha.

Manu recorrió su carrera con el mismo perfil y nunca se le movió un pelo ante los fantasmas de la fama y el éxito. Desde la precariedad de Andino Sport Club, compartir habitación con Andrés Nocioni en la selección hasta las cenas privadas con Tony Parker y Tim Duncan donde se ingeniaban las estrategias que lo llevaron a ganar cuatro anillos de la NBA con San Antonio Spurs.

Ginóbili nunca perdió su esencia ni su cordura. Ese es, al fin y al cabo, su mayor premio.