Los violetas que brillaron entre las estrellas

Diego Laxalt (20) nació en el Cerro y Giorgian de Arrascaeta (18) en Nuevo Berlín; se conocieron en Defensor y el domingo le arruinaron la fiesta a Nacional

"Cocho, te van a matar, te van a dar vuelta, no muevas tanto la pelota”, le aconsejó Diego Laxalt a Giorgian De Arrascaeta durante el partido del domingo en el Parque Central. Su amigo de 18 años no dejaba de hacer moñas, de pisar la pelota, de invitar a los volantes guardianes de Nacional a que lo colgaran del alambrado. “Alguna patada me dieron, siempre te dan jugando en esa posición que recibís de espalda y están los zagueros atrás; pero es cuestión de acostumbrarse”, dice De Arrascaeta, con una sencillez que llama la atención. El desparpajo que mostró en el estadio repleto de hinchas tricolores, ahora es pura timidez y sonrisa cómplice con el Balde Laxalt, otro de los protagonistas del gran triunfo de Defensor por la primera fecha del Clausura.

Se conocen desde que De Arrascaeta llegó a Defensor con 15 años. Laxalt frecuenta el club desde los nueve. Jugaron juntos en Tercera y Cuarta división. Viajaron a Perú para disputar la Copa Libertadores sub 20 y este año compartieron la selección en el Sudamericano de Argentina. El domingo se presentaron frente al gran público y no defraudaron. Brillaron, mientras se apagaron las estrellas del otro cuadro: Albín, Alonso, Recoba, Abreu…

Laxalt nació en Santa Catalina, una zona del Cerro de Montevideo. Jugó al baby fútbol en el club del barrio y en Cerro Junior. A los nueve años, el vecino del fondo de su casa, que es cuñado del delegado de Defensor, lo recomendó en los violetas: “Ya nos conocíamos con la familia, pero me fue a ver jugar una vez y después me llamó y me insistió para que fuera”, dijo a El Observador.

El diario viaje desde su barrio al entrenamiento no fue obstáculo para que el niño dejara de lado el sueño de triunfar. “Me acompañaban mi madre o mi primo. Siempre fui con alguien hasta los 11 o 12 años. Después iba con algunos compañeros. Cuando el club se trasladó a Pichincha se hizo muchísimo más largo, pero viajando juntos no nos aburríamos. Cuando no iba a practicar me desorientaba un  poco, extrañaba los entrenamientos y quedarnos boludeando ahí”.

Los inicios de De Arrascaeta fueron distintos. Nació en Nuevo Berlín, una localidad que pertenece al departamento de Río Negro. Un amigo del pueblo llamó a alguien que conocía en Defensor para ver si podía ir a probarse. Viajó a Montevideo por dos días y el coordinador deportivo de entonces, Juan Ahuntchain, le pidió que se quedara dos semanas. Vivió esos días en Urquiza y Garibaldi, donde el club tenía una casa para los futbolistas del interior.

Regresó en unas vacaciones de primavera y a fin de año Defensor lo fichó. Tenía 15 años. “Cuando me vine estuve todo el año de suplente y quería irme para mi casa” recuerda De Arrascaeta. Los familiares más cercanos son un tío y un primo que viven en Las Piedras. “Venir de allá a esto (la capital) fue un cambio grande. Soy hijo único y extrañaba a mis padres, a mi primo con el que íbamos a todos lados, a mi abuela y a los amigos. Además, salir allá es más tranqui que acá. Pero entre mi contratista y mis padres me apoyaron para que siguiera adelante. Por suerte ahora se están dando las cosas”.

Hasta cuarto
Ambos dejaron los estudios en cuarto de liceo. “En la escuela anduve bien” se adelanta Laxalt. “Salí abanderado de la de Artigas y todo. Tuve la misma cantidad de votos que dos amigas para la bandera uruguaya, pero se decidía por conducta y no por aplicación, y marché”. Después, “me estanqué en cuarto de liceo”. Giorgian terminó Primaria y cursó hasta tercero de Secundaria en Nuevo Berlín. Empezó cuarto en Montevideo, pero no continuó: “Se mi hizo difícil porque vivía en la casa de Defensor y llegaba del liceo, comía y arrancaba para la práctica; después para hacer los deberes se complicaba”.

El padre de Laxalt es mecánico automotriz y su madre maestra. El volante de Defensor se crió entre los fierros. Le gustan, pero solo para “usar y mirar”, no para meter mano. Aprendió a manejar a los 12 años y ahora tiene un BMW modelo 2002 de colección. También es amante de las motos, pero “tuve que dejarlas por el fútbol. Mis padres y todo el mundo me lo dijeron. Es un peligro bárbaro aunque yo siempre anduve con precaución y nunca me pasó nada”.

En la otra vereda camina Giorgian. “De autos ni me  preguntes porque ni idea tengo de cómo se maneja. Quiero aprender, pero de a poco. Ahora, en ese sentido, con Laxalt está robado”. Y se ríen los dos del chiste. Igualmente, acaba de comprarle una moto a su padre, que es panadero en Nuevo Berlín. “A veces iba a la panadería donde trabajaba él y salía a repartir pan y a vender bizcochos. Hacía unos pesos para salir los fines de semana con los amigos”, cuenta. Su madre es ama de casa.

Mientras Laxalt ya fue tapa de los diarios italianos por su pase a Inter de Milán, De Arrascaeta estrenó la titularidad el domingo. “Era la primera vez que jugaba con un estadio lleno. Fue una motivación, me gusta jugar con la gente así, está de más”, dice. Su única participación en Primera habían sido 30 minutos frente a Danubio en el Apertura. Frente a Nacional “fue un partido soñado. Sabíamos que iba a ser difícil porque ellos tienen muy buenos jugadores, pero nosotros confiábamos en el equipo, entrenamos para eso, para estar compactos, sólidos y creo que lo hicimos de la mejor forma. Tuvimos la pelota que es lo que nos va a caracterizar en este campeonato. Por suerte nos llevamos los tres puntos”.

Laxalt  participó en tres partidos del Apertura y su gran explosión ocurrió en el Sudamericano sub 20. De ahí, viajó a Italia, donde permaneció 12 días. “Me sorprendió todo, aunque estuve bastante ocupado con los papeles; saqué la cédula y firmé el contrato. Salí a pasear un poco y me encantó, me dieron muchísimas ganas de quedarme o de poder volver ahí. Pero estoy tranquilo, porque salió todo bien y ahora voy a poner la cabecita acá en Defensor”.

No entrenó en Inter porque el día que lo iba a hacer se resolvió que volviera estos meses a Montevideo. “Conocí las instalaciones, son de otro mundo, te dan una motivación enorme para todo, pero para eso hay que preparase”.

Los dos coinciden en que el argentino Lionel Messi no tiene parangón en el fútbol actual. “Cuando te preguntan por el mejor jugador tenés que descartarlo a Messi, dejarlo de lado y decir otro nombre, parece un jugador de  play station” dice Laxalt, que también tiene como ídolo a Cristian “Cebolla” Rodríguez, porque “me gusta como juega y siempre lo admiré”. Según De Arrascaeta, “Messi es un fenómeno, está imposible” y también le gusta como juega Riquelme y, después de pensar unos segundos, rescata a un uruguayo, “Forlán”.

Monfiglio, el pasaporte
Laxalt y De Arrascaeta no son apellidos comunes. El primero está seguro de la procedencia, ya que en Italia hizo las gestiones para el pasaparte comunitario: “El mío es vasco francés” cuenta Diego y prosigue: “Suárez, de parte de madre, es español. Pero con el que me saqué el pasaporte fue Monfiglio, que es el segundo apellido de mi papá, el de mi abuela. Era el mas cercano”.

Giorgian cree que su apellido es “vasco” con algo de “italiano”.

Parados junto a una de las mesas de hormigón de la zona de vestuarios del Franzini, charlan con El Observador y reciben las bromas de sus compañeros. Eso les pasa por jugar tan bien al fútbol. 

Las trencitas de Laxalt
Diego, ¿cómo surgió el look de las trencitas? “Víctor De Los Santos, un scouting uruguayo del Chelsea, me dijo que me lo hiciera a los 15 años, que su hija sabía hacerlas. Me gustó, lo vi cómodo y lo dejé hasta ahora. No tengo que peinarme; yo tenía el pelo largo y estaba media hora antes de salir de casa para salir presentable”. Su madre y su novia se encargan ahora de hacérselas una vez por semana: “Entre las dos para hacerlo más ágil, porque si no se demora mucho. Es más cómodo”.


Populares de la sección

Comentarios