Los secretos de Leandro

Después de mucho tiempo Aguada contrató un jugador estrella y debió aprender a convivir con un hombre altamente exigente, que tiene su propia rutina, mira más videos que el técnico y es un obsesivo del básquetbol

Dice la leyenda que lidiar con una estrella no es sencillo. Generalmente van por caminos diferentes al del resto del plantel. Debido a la posición que tienen pueden asumir aires de vedetismo. Y, por sobre todas las cosas, hay que aprender a llevarlas.

Entonces muchas veces los equipos, o los entrenadores, prefieren mirarlas de lejos.

A principio de temporada Aguada fue por Emilio Taboada. Era la obsesión del presidente Flavio Perchman.

Pero en la charla con el empresario Claudio Pereira apareció el nombre de la estrella arriba de la mesa: Leandro García Morales. “Flavio, ¿lo querés? Se viene a Montevideo, es la oportunidad”, fue la frase seductora de Pereira.

Aguada no lo dudó. Fue por la  figura más representativa de los últimos años del básquetbol nacional. Un jugador exigente, que demanda un entorno profesional.

Pero claro, se iniciaba el otro camino. Aguada no es un club sencillo. Involucra a mucha gente. Y adaptarse lleva su tiempo. Sobre todo saber controlar la ansiedad de jugar con la camiseta de un club que llena las tribunas.

Y empezaron los problemas. No se daba en la tecla con los jugadores extranjeros. Hasta que vino uno que tuvo actitudes que no gustaron al grupo, Priut.

Fue el primer cruce con la estrella del equipo. Leandro  se negó a jugar si el técnico Marcelo Capalbo ponía al estadounidense. Y el presidente decidió hacer respetar la cadena de mando.

Antes del partido con Bohemios, García Morales le dijo a Capalbo que no quería compartir la cancha con un jugador que no era profesional. Cuando el partido empezó Leandro entró, jugó unos minutos, y no volvió más.

La directiva entendió que su actitud rompía la cadena de mando. Lo sancionaron. En ese momento se produce otro hecho que marcó el camino aguatero.

“Fui a hablar con Marcelo para plantearle que la situación se había desbordado, que yo no tenía apoyo en los dirigentes para respaldar su continuidad”, reveló Perchman a El Observador. Y se inició de inmediato el ciclo de Javier Espíndola.

Se venía el partido contra Hebraica. Ganar significaba mandar a los macabeos a eliminarse en playoff con Malvín. Dos favoritos. Pero ganar con Leandro en la tribuna por la sanción interna era poco menos que una utopía.

“En ese momento se va Marcelo (Capalbo) y debutaba el nuevo entrenador, Espíndola, entonces como presidente fui en contra de lo que pensaba y levanté la pena. Leandro fue un monstruo esa noche contra Hebraica, hizo 40 puntos. Le ganamos a Hebraica y fue determinante para que dos equipos favoritos se enfrentaran en playoff. Ese día, cuando terminó el partido, Leandro cruzó la cancha y lo veo venir. Pensé que me venía a recriminar. Se me paró enfrente, me dio un beso y un abrazo y se fue. Después le dije que le agradecía su gesto y me respondió: “nobleza obliga”. A partir de ahí se empezaron a cimentar cosas”, reveló Perchman.

Pero el camino fue tan empinado que Aguada debió eliminarse con Olimpia antes de ingresar en zona de playoff.

En determinado momento el equipo quedó abajo y en serio riesgo de ser eliminado por el club de Colón.

Entonces ahí apareció en escena el ayudante técnico Diego Losada, un hombre que se terminó convirtiendo en símbolo del club.

“Leandro se guarda cosas y luego de perder el segundo partido con Olimpia tuvimos una charla. Coincidió que quedamos ahí juntos en el club y le dije que tenía que ser no solo líder como jugador sino también en lo anímico. Creo que es profesional al máximo por todo lo que hizo antes”, contó Losada a El Observador para revelar otro de los momentos íntimos de la campaña.

También el presidente accionó en ese momento crítico del equipo que parecía quedar afuera.

Era 1º de mayo, y mientras todo el mundo descansaba, el presidente de Aguada llamaba a la figura más representativa del plantel. “Leandro, ¿podemos hablar?”. Poco después se juntaban en la rambla, frente a las Canteras del Parque Rodó. Flavio Perchman inició el diálogo: “Mira Leandro, me parece que tenés un exceso de responsabilidad que no debés asumir. Si pierde Aguada es por todos no por vos”, disparó el presidente.

Leandro García Morales brindó sus argumentos y se produjo uno de los tantos cambios que debieron operar a lo largo de la temporada.

Muchos coinciden en que en ese momento se produjo un break. El cambio de actitud de todos generó una corriente positiva. Y Aguada, que andaba a los tumbos trasladando sus penas por las canchas, se puso el traje para asistir al Palacio Peñarol en la etapa de playoff.

La barrida a Trouville elevó la autoestima. La estrella comenzó a brillar en toda su dimensión.

Pero siempre pensando en el equipo, jamás dando un paso para su lucimiento personal.

Para muestra otra anécdota: Cuentan que el día que estuvo a punto de batir el record de puntos en la liga, que se sitúa en 53 tantos, llevaba 51 y fue suplantado cuando quedaba suficiente tiempo para imponer la marca.

Cuando se dieron cuenta y le dijeron si quería entrar para batir el record le dijo al cuerpo técnico que no, que entrar para batir un récord personal era una falta de respeto al grupo. Y se quedó en el banco de suplentes.

Leandro es estrella porque se preparó para ello. No es producto de la casualidad. No es un tocado por la diosa fortuna para ser un predestinado. No. Es producto del trabajo.

En Aguada lo definen como un tipo superprofesional, y que fue el jugador que le brindó el salto de calidad deportiva que necesitaba el club.

“Leandro es obsesivo”, agregó  el presidente Perchman a El Observador.

Sus compañeros revelaron que Leandro tiene su propia rutina, diferente a la del resto del grupo.

Pero además dicen que entrena como pocos, que se cuida en las comidas, y que se preocupaba hasta de ir a tirar solo al Palacio con su pelotita debajo del brazo.

Pero acaso la definición más curiosa de lo que significa Leandro como profesional la brindó su entrenador Javier Espíndola a El Observador: “Es un tipo que vive para el básquetbol. Pocas veces me pasó que un jugador mire igual o más veces que yo los videos de los partidos. Ve basquet de todas partes del mundo y eso se refleja en su actitud para mejorar siempre. Y lo otro es que hace mucho esfuerzo para mejorar a todos quienes están a su alrededor. Tiene la virtud de potenciar a los que están a su costado. Brilla mucho pero sin opacar al entorno. Cuando un entrenador tiene un jugador altamente profesional y exigente es mejor porque te obliga a mejorar. Es muy exigente. Si lo llaman difícil es porque es exigente, yo creo que es todo lo contrario, es muy saludable. Yo crecí mucho como profesional por Leandro”.


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