Los mejores del mundo, al alcance de la mano

Una fría mañana de celebración mostró lo mejor del jugador de fútbol y del hincha uruguayo

Un importante dispositivo de seguridad rodeó a la selección uruguaya de fútbol sub 20 desde que pusieron pie en territorio uruguayo. No pudieron cruzar por el pasaje de arribos del público, ni saludaron a su familia hasta que se terminó la caravana. Pero los recibió el presidente, la ministra y la intendenta.

El dispositivo, y la destacada bienvenida, fue acorde al nivel de los futbolistas que llegaron: los mejores del mundo. Que no salieron campeones pero dominaron de cabo a rabo al campeón.

En la puerta de la base de la Brigada Aérea I, en donde está la sede vieja del aeropuerto, la madre del Guante de Oro, Guillermo de Amores esperaba con frío, envuelta en una bandera de Uruguay, para ver pasar a su hijo en el comienzo de la caravana. La acompañaba toda la familia del ahora conocido guardameta. “Cuando lo vea le voy a dar un abrazo muy grande porque tengo unas ganas de abrazarlo que ni te imaginas”, dijo.

Unos diez amigos de la infancia de José María Giménez, abrigados hasta el cogote, mantenían caprichosamente estirada y elevada una pancarta que en letras grandes dictaba: “José María Giménez, Mariscal de Toledo”.

“Nos quedamos hasta la una de la mañana haciendo la bandera para venir a esperarlo acá, a hacerle la bienvenida”, dijo un excompañero de baby fútbol que contó que desde los tres años se destacaba con la pelota: “Con dos partidos se fue a jugar a Nacional”. Otro dijo que “nunca cambió, a pesar de todo, sigue siendo el mismo de siempre. Para nosotros es un orgullo, de un barrio humilde y sigue siendo el mismo de siempre”, repitió.

Otro grupo, envuelto de banderas de Cerro, estaba para recibir a su vecino, Mathías Cubero. Contaron que estaban “un poco tristes porque no pudieron llevarse la copa”, pero orgullosos de él. Dijeron que su amigo es “bien de bien, muy humilde”. Señalaron al hermano menor, y le dijeron, “contale que llorabas todos los días”, y la madre explicó, “lo extrañaba, fueron 40 días”.
Los padres y el hermano menor del guardameta, guante de oro en México con la Sub 17, dijeron “que querían besarlo, abrazarlo y estar con él”.

La caravana partió a la hora 9:15. Al pasar por el portón de la instalación militar, varios de los jugadores hicieron su primer contacto con su familia después de más de 40 días. Todos cantaron “soy celeste” y arrancó el rápido recorrido que pasó por avenida de las Américas, avenida de La Playa, Rambla, Ciudadela, 18, Avenida Italia y que llegó al estadio a la hora 10:15.

La seguridad nuevamente volvió a separar a los futbolistas de la hinchada. Un grupo de fans de varios, de los futbolistas, hacía sentir sus gritos. En una pantalla gigante podía verse la transmisión en vivo que en ese momento Tenfield llevaba adelante. Cada vez que ponchaban un primer plano, los gritos de las chicas presentes se hacían sentir. Con bastante más intensidad cuando pasaba algo relacionado con José María Jiménez.

Se siguió el protocolo al pie de la letra. Cada jugador recibió una medalla con el Escudo Nacional, y una camiseta que contiene la frase: “yo soy vicecampeón del mundo”. Hicieron uso de la palabra el presidente de la AUF, Sebastián Bauzá, el director técnico Juan Verzeri, el capitán del cuadro, Gastón Silva, la intendenta Ana Olivera y la ministra Liliám Kechichián.

En cada uno de los parlamentos, el grito de las fanáticas se hacía sentir, al punto tal que robaba la atención en medio de las disertaciones. Una voz particularmente aguda y muy fuerte, repitió una y otra vez, al igual que a la salida del aeropuerto, en el medio de la caravana y en plenos discursos: “¡José María! ¡José María!”.

Esa voz calló en un hermoso momento de unión cívica, cuando jugadores, políticos, autoridades deportivas y el público, cantaron al unísono el Himno Nacional.

El acto concluyó después. Fue hora de que los periodistas trabajaran, buscando desde distintos ángulos cubrir la llegada de los vicecampeones. Fue también oportunidad de que los jugadores se reencontraran con familiares y amigos. Y de satisfacer, finalmente, la atención de los fans, que era requerida, desde hacía ya unas cuantas horas.

El Diente López y Guillermo de Amores, con su Balón de Plata y su Guante de Oro, respectivamente, fueron los más buscados para entrevistas y fotos. Giménez y Avenatti, los que pedían más atención de parte del fanático grupo de hinchas femeninas.

Finalmente, el propio, el tan anunciado, José María Giménez, el defensa de Danubio que recién fue vendido a Atlético de Madrid, con su corte de pelo mezcla de cresta con mohicano, su hermosa cara y brillantes caravanas, se acercó al meollo del asunto, y saludó y firmó autógrafos y se sacó, bajo el control del ordenado dispositivo de seguridad, varias fotos.

Como el acto ya se había dado por concluido, y la gente se dispersaba, los organizadores empezaron a llevarse las vallas. No se percataron que ese movimiento estaba desenlazando la furia amorosa hacia el nuevo sex symbol uruguayo.

Así, inmediatamente, ante el primer hueco que vieron, se dio una escena digna de Justin Bieber. El malón avasalló al futbolista, y este, se quedó ahí parado sonriendo, sin respuesta.

La más osada de las hinchas, lo abrazó tiernamente, le dio un beso en el cachete y le tomó cariñosamente la cara con sus manos (vea el video en www.elobservador.com.uy). La suposición de todos los presentes es que esa muchacha, la que sacó mayor jugo del futbolista, fue precisamente la misma que desde el comienzo de la caravana gritaba una y otra vez con voz particularmente aguda y potente: “¡José María! ¡José María!”.

La confusión se hizo bastante importante después, con una centena de jóvenes rodeándolo y pidiéndole de todo. El personal de seguridad intervino, abrazando al futbolista de los dos lados y pidiendo permiso para que este regrese a la zona segura.

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Un rato después, cuando la labor periodística había terminado, cuando incluso las fans de José María Giménez decidieron vaciar el espacio que empeñosamente habían ocupado desde las siete de la mañana, todos emprendieron su camino de regreso a casa, de regreso a la vida normal.

Caminando libres de dispositivos de seguridad se los pudo ver a todos los integrantes de la selección cargando valijas, subiéndose a los autos. Los y las jóvenes, niños, familias enteras y adultos aprovecharon para intercambiar un rato con los nuevos héroes nacionales.

Conversaron, pidieron autógrafos, se sacaron fotos con total libertad. Los futbolistas, gustosos, aceptaron.

Caminando ayudado por sus dos muletas, Fabricio Formiliano cruzaba la calle con un amigo que cargaba sus valijas con ambas manos. Un adulto le gritó agradeciéndole por lo que había entregado, él dijo que intentó darle fuerzas y apoyo a todos sus compañeros lo mejor que pudo.

En otro rincón, un padre le entregó su hijo pequeño a De Amores y le sacó una foto. Cerca de él caminaba Juan Verzeri junto con sus dos hijos chicos y su esposa, le dijo a El Observador entre otras cosas (ver entrevista) que ya estaba extrañando a la familia.

A unos metros, el Diente López conversaba con un grupo de jóvenes como él, le pedían fotos y autógrafos. A su lado estaba Avenatti haciendo lo mismo.

Y así sucesivamente, todos los futbolistas de la mejor selección sub 20 del mundo se mezclaron en el celeste que predominó en las vestimentas de todos los presentes.

Acostumbrados a ver a los futbolistas retirarse de partidos y prácticas en ómnibus o en autos brillosos con vidrios negros y motores ronroneantes, acostumbrados a las constantes increpaciones del pueblo y de los periodistas, acostumbrados a las constantes presiones del rendimiento que ejercen los contratos millonarios, los patrocinios millonarios; lo que estos pibes mostraron es que de todo esto, no están nada acostumbrados.

Y la gente, acostumbrada a la queja por deporte, a la repetición de frases armadas de que “Pepito no suda la camiseta”, a romper el Estadio y la principal avenida en los festejos, mostró la cara linda del deporte. Admiró la entrega, admiró lo futbolístico y, claro que sí: veneró la simpatía y la belleza física.

En unas horas, exactamente 63 años después de la hazaña más grande del deporte mundial, en un lugar que en ese tiempo ha ganado muy malas costumbres, se tejió una mañana digna para sentirse orgulloso, de lo que hicieron los pibes en Turquía, y de que todavía nos quedan valores para sentirse así.

Que se repita. 


Fuente: Pablo Zanocchi @zanocchi

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