Los enganches, una raza en extinción

El regreso de Nacho González al fútbol uruguayo reaviva la polémica sobre si en el fútbol actual hay lugar para los número 10; un talento que cuenta con poco espacio en los equipos

La velocidad del fútbol impuso cambios. La presión sobre la pelota es infernal. Se brinda poco espacio para pensar. Todo se debe resolver en cuestión de segundos. El lento paga un algo costo. Los nuevos tiempos impusieron normas, derribaron algunos mitos y, evidentemente generaron polémica. Una de ellas, la extinción del 10.

El talentoso, catalogado generalmente de vago, fue perdiendo su lugar en el mundo del fútbol. Pero claro, la polémica siempre estará instalada. Y el regreso de Nacho González al fútbol uruguayo vuelve a revivir un viejo tema: ¿Al fútbol actual se juega sin 10?

Muchos de los que lean esta nota se criaron con la imagen de aquel que lucía la camiseta destinada al talento. Me incluyo. No importaba que no marcara. Su misión era jugar y hacer jugar. Pero el 10 estará rodeado de polémica.

Durante un seminario de FIFA, el colombiano Francisco Maturana se atrevió a disparar: “técnico que no puede utilizar un 10, sobra en el fútbol”. Y enseguida fue contrarrestado por el español Benito Floro: “ya no se puede utilizar a ese jugador tan estático justo en la zona donde más marcas hay”.

Maturana tenía razones para defender al 10. En su selección jugaba Carlos Valderrama. El Pibe era dueño de una visión de juego como pocos. Acaso comparable con la de Ricardo Bochini. ¿Quién no recuerda al Bocha metiendo la pelota en lugares imposibles? “Era Woody Allen jugando al fútbol”, dijo Jorge Valdano.

Uruguay fue cuna de grandes números 10. Desde Schiaffino pasando por Pedro Rocha, Maneiro, Carrasco, Bengoechea, Rúben Paz y Francescoli.

¿El 10 murió? Es la gran interrogante. Un vistazo a los equipos del mundo y la liga local permite concluir que pocos lo toman en cuenta. El tema no es que murió sino que está en un proceso de evolución. Pep Guardiola definió una vez: “Si hay diez que corren y uno que no, ese sale solo”.

Este es el punto. Al 10 lo fueron convirtiendo. Pasó de ser el talento que no se sacrificaba al talento sacrificado. Al 10 tradicional no se le pedía esfuerzo por recuperar la pelota, sino que ocupara espacios.

Los tiempos actuales requieren otro tipo de sacrificios; entonces se lo disfraza muchas veces de media punta. Otra función que le asignaron es la del doble cinco, aprovechando su visión de juego para brindar asistencias.

Una prueba de ello fue lo que le dijo Tabárez a Ignacio González en mayo de 2008: “En el aeropuerto de San Pablo, luego del partido con Brasil, tuve una charla y le dije a Nacho, vos no solo tenés que preocuparte por jugar bien la pelota, sino que tenés que ser el abanderado del juego de la pelota y no pierdas el ritmo. Jugá de 5 en las prácticas, sacrificate”.

Convengamos que en Europa la figura del 10 muta ocupando otros espacios. Los europeos no son muy adeptos a jugadores de estas características. Un ejemplo: Riquelme fue y volvió de España.

El surgimiento de la táctica de jugar con dos volantes por adentro (que son de marca) y dos por afuera (muchas veces punteros convertidos a la doble función) no dejó cabida para el 10. En Uruguay es una figura que muchos aplican.

Acá quedan escasos bichos extraños con la 10. Fabián Canobbio, un exquisito, anda vestido de media punta en Danubio y lo mismo ocurre con Álvaro Recoba en Nacional tirado al doble cinco. Acaso los únicos puros son Hernán Novick (Fénix) y Nacho González (Nacional).

Pero mire como serán las cosas que la selección, desde que Nacho se fue, no pudo encontrar un hombre para la función. “Quiero que me digan que 10 tiene Uruguay jugando en el mundo para poder citarlo”, señaló alguna vez Tabárez, ante el silencio de todos.

Nacho volvió y con él la figura del 10 al fútbol uruguayo. Pero la polémica será eterna. América, por idiosincrasia y forma de sentir el juego, es el continente que los protege. En su territorio todavía se le da espacio a la impronta, al talento y al atrevido que aparece en los más remotos potreros de un continente que reserva lugar para una especie en extinción.


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