Las historias de... Abel Hernández

El delantero de la selección, que es fanático de los fierros y se compró un Dodge Challenger que se abre como el auto de Batman, cuenta la historia de cuando estuvo a punto de ser retirado del fútbol

Los jugadores de la selección nacional tienen la particularidad de recorrer el mundo y compartir vestuario con las principales estrellas del fútbol mundial. Ahí, en el recinto sagrado, surgen historias, anécdotas que muchas veces quedan escondidas. Estas son algunas de las historias que Abel Hernández reveló a El Observador.

 

La arritmia

“Si muero en una cancha, muero feliz”

En el año 2008 se le detectó una arritmia ventricular. Se le practicaron estudios y la sanidad de Peñarol, encabezada por Alfredo Rienzi, reveló que no padecía displasia, una enfermedad que causa la muerte súbita en los deportistas. De todos modos lo sacaron de la selección juvenil. Abel declaró: “Nunca tuve miedo, ya pasé por esta misma situación en marzo y fue lo mismo, si muero en una cancha muerto feliz”. El médico aurinegro dijo “Abel pasó a ser responsabilidad mía como paciente y para volver a jugar requiere de mi convicción y de la mayor certeza que la disponibilidad de la medicina hoy permite para saber si estoy tomando la decisión correcta.

Locura por los fierros

“Soy amante de los autos. Tengo un modelo nuevo del Dodge Challenger que en realidad es viejo y fue renovado. Hacía tiempo que lo quería comprar. Con mi cuñado que se encarga de los autos le cambié el tema de las puertas que se abren para arriba. El volante tiene para manejar la radio, cambiar la música, para ir viendo la computadora. Tiene seis velocidades y es automático pero manejo con prudencia”.

El físico

Abel Hernández siempre mantuvo una lucha particular con su físico para poder llegar al fútbol grande. Pocos saben que, luego de defender al club Atlanta de Pando en el baby fútbol, se fue a la capital a probar suerte en Peñarol. “Tenía 11 años y era flaco por eso no me ponían”, contó Abel. Fue entonces que decidió irse a otro equipo y Central Español fue su nueva casa. Pero claro, en Palermo vivió el mismo drama: los dirigentes no eran muy partidarios de que lo pusieran por temor a que lo lesionaran. Hasta que explotó y no paró hasta jugar en Italia.


Fuente: Jorge Señorans, enviado a Sete Lagoas, Brasil

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