La violencia no para en la alegría

Con un estadio pintado de amarillo y negro y preparado para vivir una fiesta, un puñado de hinchas se enfrascó en una confrontación con la policía que respondió con gases y balas de goma: una mancha innecesaria

Entradas agotadas. Un estadio repleto pintado de amarillo y negro. Una festiva antesala para dar una vuelta olímpica atrapada 16 años en la historia. La violencia no tenía excusas para aparecer por el Centenario. Y sin embargo, pasó.

En el segundo tiempo, se dio una vuelta entre la Ámsterdam y la Olímpica. Fue un ratito no más. Pero dejó esa sensación amarga que provoca el borracho que en medio de una fiesta familiar lo arruina todo.

Un puñadito de hinchas, la minoría entre la multitud, los que llevan la violencia consigo como una forma de interpretar la realidad, se enfrentó con un grupo de policías ubicados en las escaleras que dividen las tribunas Ámsterdam y Olímpica.

Cuando se quiere armar lío siempre hay una excusa: en este caso, que la policía golpeó con sus palos a unos botijas que se pasaban de la platea Olímpica a la Ámsterdam. 

Desde la América, pocos se habían percatado de los incidentes hasta que empezaron a sentir molestias respiratorias. La policía ya había tirado gas pimienta a los agresores.

Cayó un tanque azul desde la Olímpica, varios asientos celestes desde la Ámsterdam y de esta misma tribuna, un grupo logró tirarle por la cabeza a los uniformados un tejido.

Los policías respondieron con más gases contra los hinchas.

Corrían 12 minutos del segundo tiempo cuando el ambiente en la cancha era irrespirable y el árbitro Martín Vázquez detuvo el partido.

Darío Rodríguez se acercó un poco para apaciguar a los hinchas. Minutos más tarde bajaron tres parciales de Peñarol hasta donde estaba la policía y los acompañaron escaleras arriba ordenando a los hinchas a que no lanzaran objetos. El mundo del revés, los hinchas protegiendo a la policía.

El clima de la Ámsterdam quedó espeso. Poco después, por la primera puerta de esa tribuna varios policías fueron por la revancha. A repartir. Ahí se generaron más corridas, pero como los efectivos no entraron no pasó a mayores.

Un momento innecesario que empañó una fiesta que empezó a la luz del día con 200 mascotas, con un estadio todo oro y carbón como cuando Peñarol se consagró campeón uruguayo en 1993 igualando 1-1 con Cerro.

Los fuegos artificiales y las luces encendidas en la tribuna cuando cayó la noche le dieron el toque de distinción a la celebración. Una pincelada de la final de la Libertadores ante Santos.

Después, solo fue cuestión de desatar un grito que estuvo 16 años anudado en la garganta. Ganar un apertura. Pero con la fiesta empañada por unos pocos que llevan su alegría atada con la violencia. 


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