La vida después de los dibujitos

La semana pasada, Antonio Pacheco se terminó de convertir en un ídolo como no lo hay desde hace años en la historia de Peñarol y del fútbol uruguayo

Ni la dignidad, ni la nobleza, ni la tolerancia, ni la fidelidad, ni la entereza se ejercen en abstracto. Y si el amor por un club de fútbol nos permite plasmar esos valores y edificar esas virtudes, bienvenido sea. Me parece que los símbolos no valen tanto por lo que son, sino por lo que nos permiten ser”. La frase es del argentino Eduardo Sacheri, quien hace un par de meses escribió este texto sobre Independiente, su club. Es la frase que busco desde hace años para explicar el valor decisivo que el fútbol tiene en esta parte del mundo. Los equipos de fútbol comunican valores que hacen mejor o peor a una sociedad, algo de lo que la mayoría de las veces no suelen hacerse cargo. A veces porque la ambición pide otra cosa, otras por simple falta de equipamiento cultural.

Hace más de un año y medio escribí mi único texto vinculado al fútbol para este diario. Hablaba de cómo, en el marco de esa transmisión de valores, un club como Peñarol despreciaba a Gregorio Pérez, un hombre que representaba demasiados valores deportivos y sociales en la historia reciente de un club con tanta trascendencia masiva. En ese momento, un colega de la redacción me preguntó de qué valores estaba hablando. Le respondí que, entre otros, estaban la deportividad, la mesura, la educación, la capacidad de hilvanar un pensamiento a la hora de hacer una declaración, el cariño a los jóvenes, el respeto a una estructura seria de trabajo, la historia. Y también la nobleza, la tolerancia, la fidelidad y la entereza a la que Sacheri hace referencia en ese texto. Despreciar a Gregorio Pérez de la forma en que se hizo era comunicar que nada importa, que no hay decisiones sostenibles ni importan los procesos de trabajo. Que el fin justifica los medios. Que tanto da echar uno o dos referentes de un pueblo futbolero como dejar a un grupo de trabajo, seguido por miles, por dólares árabes, balconear proyectos que desvíen la atención de lo que el hincha realmente quiere o permitir deserciones de jerarquías en mitad de un proceso. En definitiva, navegar por las aguas de la posmodernidad.

Por eso, para un hincha de Peñarol tiene especial significación lo que pasó esta semana. El broche del Peñarol 2012/2013 es de oro porque fue ejecutado por un jugador que históricamente ha estado vinculado a ese tipo de valores y que el hincha reconoce en muchos casos inconscientemente porque el club, para muchos, es su único proveedor de ellos.

Cuando uno es un niño nunca piensa en la adultez salvo en esas pocas ocasiones en que la maestra o algún amigo de la familia le pregunta a uno qué quiere ser de grande. De la misma forma en que yo no me imaginaba en una redacción de un diario tecleando estas palabras para que usted las leyera, no proyectaba a Antonio Pacheco como un jugador veterano. Después de todo, Pacheco era “el jugador de dibujitos animados”, según aquellos relatos de Roberto Moar. Quiero decir: Pacheco es de alguna manera la niñez para los hinchas de Peñarol de mi generación; el sueño del pibe que puede jugar al lado de Pablo Bengoechea. Ese petiso rápido, de moña efectiva y pie clínico que a aquel equipo de hombres vino como anillo al dedo, se fue recién al final del quinquenio carbonero tras superar largamente a otros más estimados de su generación que corrieron a Europa ante la mínima oportunidad de capitalizar su poco desarrollado talento. Aun así, después de un periplo europeo con pocas luces (el axioma dice que los verdaderos ídolos de Peñarol descollan solo en el club), Pacheco volvió y bancó los años de ostracismo con calidad. Fue la figura de la máquina de 2010 y, a pesar de ser “perchado” en la Copa Libertadores, ofreció, en sus breves minutos de la final contra el estirado Neymar, los únicos chispazos que hicieron pensar que algo podía cambiar. El martes pasado, tras un destierro y una fractura –desgracias que al gran capitán no le sucedieron– el aura de Bengoechea, ídolo máximo de los últimos 20 años del club, pareció corporizarse definitivamente en la camiseta número 8 de Peñarol. En los pases, en el tranco, ¡en el penal! Antonio Pacheco se terminó de recibir de ídolo de una generación de hinchas. Ojalá, De Arrascaeta, la joven y promocionada figura de Defensor, haya aprendido cuánto más lindo es dejar una huella así en la gente que el pase a Europa.

El jueves pasado, Antonio Pacheco estaba jugando al fútbol con los hijos de sus compañeros en el asado del plantel, como si nunca hubiera dejado de ser ese jugador de dibujitos animados. l

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Fuente: Sebastián Auyanet @Sebauyanet

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