La última carrera de Samia Yusuf Omar

La atleta de Somalía, que en los Juegos de Beijing recibió un cálido aplauso luego de terminar última en la carrera de 200 metros, murió en su intento por abandonar la extrema pobreza de su país en una balsa

En Somalía viven 10 millones de personas. Apenas el 30% tiene acceso al agua potable. Si en el mundo una de cada seis personas tiene desnutrición crónica, en Somalia la proporción es mayor. Los salarios son de poco más de 400 euros mensuales. La esperanza de vida es de 50 años.

Bajo estas perspectivas los que aún permanecen en territorio somalí son los más pobres. Los que tienen la oportunidad, parten a Kenia y Etiopía en busca de un destino un poquito mejor.

La realidad diaria es cruda. Se lucha para vivir. Las madres emprenden la marcha con sus hijos. Son muchos los kilómetros que los pequeños deben caminar, las fuerzas fallan. Pero no hay salida. En Somalía es vida o muerte.

Hace cuatro años una chica llamada Samia Yusuf Omar había conmovido al mundo con su carrera en los 200 metros de los Juegos Olímpicos de Beijiín.

Ni siquiera entró entre las tres mejores. Mucho menos en el grupo principal. Fue la última en arribar a la meta. La gente la esperó para brindarle un merecido tributo: el aplauso.

Fue una de las últimas alegrías que le regaló la vida. Al igual que sus compatriotas transitaba por la lucha diaria pero terminó sucumbiendo. Intentó salir del país y llegar en una balsa a las costas italianas pero se terminó ahogando. La triste historia de Samia ocupó las primeras páginas de los medios italianos que citan las declaraciones de algunos de sus compatriotas, que aseguran que la atleta se embarcó en Libia con dirección a Italia buscando una nueva vida y murió en la travesía.

Su madre vendió un pequeño terreno para financiar su viaje y que pudiera así cumplir su sueño. El mediofondista somalí Abdi Bile, medalla de oro en los 1.500 metros en el Mundial de atletismo de Roma, en 1987, fue el encargado de contar a la prensa durante una reunión del Comité Olímpico Nacional de Somalia qué había sido de aquella chica de 17 años que conmovió al público del estadio Olímpico de Beijing, que aplaudió su llegada en solitario a la meta con 10 segundos de retraso respecto al resto de las atletas.

“Fue una experiencia bellísima, he portado la bandera de mi país, he desfilado con miles de atletas del mundo”, expresó Samia tras su experiencia olímpica al volver a Mogadiscio. Por ello había continuado pese a todas las dificultades a entrenarse duramente en el destartalado estadio olímpico de la capital somalí, castigado por la guerrilla interna, para poder volver a participar en unos Juegos Olímpicos.

El técnico de Sami, Mustafa Abdelaziz, confirmó a “Corriere della Sera” que la atleta se embarcó este verano en una balsa para intentar llegar a Italia y seguir su carrera deportiva ante la falta de fondos de su país. Su madre, explicó Abdelaziz, vendió incluso un pequeño terreno para financiar su viaje y que pudiera así cumplir su sueño y tener una vida alejada de las guerras y la precariedad.

“Los supervivientes de ese viaje comunicaron la lista de las personas que habían fallecido durante la travesía y allí estaba su nombre (...). Nos quedamos helados. Sabíamos que el viaje hacia Occidente es peligroso, pero no nos podíamos imaginar que ella sería una de sus víctimas”, agregó.

Samia nació en 1991. Era la mayor de seis hermanos, hija de una vendedora de frutas y de un padre murió en uno de las múltiples conflictos que se viven en el país. 

Una travesía sin suerte
En 2008 un polizón que dijo ser deportista de elite fue deportado luego de una travesía. Al parecer, el joven subsahariano salió de Dakar (Senegal) el 20 de junio rumbo a Alemania. Después llegó a Francia, donde el barco recaló en el puerto de El Havre, la última escala antes de amarrar en Bilbao. En ambos países europeos expresó su deseo de dejar el mercante, pero estas solicitudes fueron rechazadas.


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