La pelota no dobla

Tenía que vivir la experiencia de jugar al fútbol en la altura; concluyo que los 14 futbolistas uruguayos de ayer son en realidad 14 héroes
Agustín Castillo
Especial para Referí, desde La Paz

Me recupero. Pero es mentira. Es una falsa alarma. Otra vez llevo mis manos a las rodillas. No voy ni diez minutos jugando a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar y no quiero saber más nada con el fútbol. Para qué. Siento un frío seco en la nariz. Juro que me está sangrando.

Hasta siento olor a sangre. Pero no. Me arde respirar. Las sienes me revientan. Laten. Sí, laten. Y al mismo compás que mi cabeza pero sospecho que con un poco menos de ritmo que el corazón que anda, vaya a saber uno, a cuántos latidos por segundo. Ese sí que está por explotar. Va cada vez más rápido y me preguntan, de pronto: "¿querés seguir? Claro que quiero.

En realidad no quiero. Lo confieso. No puedo respirar. Siento un sudor seco por todo el cuerpo, la cabeza me da vueltas, el aire falta a la cita. La altura no es mito. Eso lo comprobé hace rato.

Me alcanzó con bajar del avión. Parece que la bienvenida al Aeropuerto El Alto es un piña que te hunde el pecho, como apretándote los pulmones hasta reventarlos. Ah, y el mareo ya casi es normal.

Para adentro me pregunto cómo hizo el Pato Sánchez para dejar un surco por la banda. Pienso en el pique de cuarenta metros de José María Giménez.

Me acuerdo del laburo que -casi como un volante tapón- hizo Stuani para contener la presión local que quería imponer la altura. El oficio de Corujo y Tata González para raspar, pasar y ordenar. ¿Cómo diablos hicieron?

Pero yo no puedo. Basta. "Mejor pará", me dice un local cuando le cuento los síntomas. "Se te nota agitado", me agrega. Ah no, si no me había dado cuenta que estaba agitado. Vaya novedad. Eso lo pienso pero obvio que no lo digo porque para que voy a andar gastando aire en hablar cosas intrascendentes. Menos para poner de manifiesto la ironía del caso.

Muchas cosas pienso pero quedan en eso, en un pensamiento. La acción está lejos. Como ordenarle al cuerpo que corra, como avisarle al pie "ponela ahí". Todo lo que uno hace normalmente en el llano; en la altura de La Paz, entre los teleféricos, las montañas rojizas, el contraste a cada paso, las casas de ladrillo sin terminar –cual favela- y el Ilimani y su pico de nieve; no es corriente, no es normal, no se puede. Así de fácil. O por lo menos no se puede a una velocidad normal.

Dos canchas, mismo resultado
Primero fui al Club Hípico Los Sargentos. Entre árboles y montañas hay una cancha de césped natural para, cómodo, un ocho contra ocho. Ahí empecé a comprobar que Passarella tenía razón. La pelota viaja rapadísimo y en línea recta. Imposible colocarla. A no ser que seas el Diablo Etcheverry.

Entonces siempre iba a dar al mismo lado: a varios metros del arco, en el mismo punto de una pared trasera. Fracaso, parte uno. "¿Querés agua?", me preguntan. No gracias.

Pero la aventura no puede quedar ahí. Hay que fracasar de nuevo. Entonces voy a una escuela de fútbol. A espaldas de la muela del diablo. Como todo en La Paz esta cancha de once vs. once (pasto sintético) está cobijada por montañas. Marrón, rojo, gris, los colores se mezclan. Hace poco distinguieron a La Paz como una de las siete ciudades maravilla del mundo. Podrás pasarla rematadamente mal pero es un espectáculo. Es un milagro de la geografía.

"La altura es mito nunca murió nadie y ayer ganaron como si nada, viste". Así me recibe el entrenador de la escuela de fútbol a la que voy a jugar un rato. El hombre es paceño. Se presenta orgullosamente paceño. Y lógico que defiende el juego ahí. Tal cual la bandera que mostraron ayer "aquí vivimos, aquí jugamos".

Me felicitan por el triunfo (buena onda) y me invitan a jugar. El coach llama a algunos de los jugadores que entrenan gratis gracias a la Municipalidad. Arrancamos un fútbol informal...pero vuelvo al relato del principio: piernas que pesan toneladas, un frío seco en la nariz, el cerebro que manda pero el resto del cuerpo no obedece, las sienes que tiemblan y la pelota que va a cualquier lado menos al arco. El corazón a un millón. Entonces agradezco, llevo las manos a la rodilla, escupo con complicaciones, pido para sacarnos una foto, miro el reloj y excuso que se me va un vuelo al que le faltaban más de tres horas para el despegue. Claramente: fracaso, parte dos.

Le escribo al doctor Jorge Flores, quien es cruceño y hace más de cuarenta años investiga el sorojchi. Le cuento mi experiencia. Y me explica: "Son los síntomas típicos del mal de la altura por el esfuerzo aumentado. Y eso es poco más bien. En la segunda etapa aparecen síntomas de taquicardia (anduve ahí) y agotamiento extremo. La estadística empeora a medida que avanza la edad. Puede dar infarto de miocardio o insuficiencia pulmonar. Pero es muy difícil en un atleta joven. Incluso nunca pasó".

Esto puesto en un lenguaje más técnico dice Flores que "al disminuir la presión barométrica, la concentración de las moléculas de O2 es menor. El corazón acelera el ritmo para mandar oxígeno compensatorio a todo el cuerpo". A su vez, "como el aire en la altura es normalmente más seco da la sensación" que le describí al médico y que ahora hago en esta crónica que, por suerte, pude escribir.

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