La noche más amarga

El 16 de noviembre de 2005 el estadio Telstra de Sídney fue testigo de la eliminación celeste; el periodista de El Observador vio como nunca el rostro de la desilusión en un equipo

La desorganización de la Asociación Uruguaya de Fútbol –una mochila de la que se despojó la selección y que aún mantiene la actividad local–, un año calendario sin partidos amistosos para la celeste, los viajes siempre en vuelo de línea, desde Europa a Montevideo y desde Montevideo a cualquier ciudad de Sudamérica que marcara el calendario de las Eliminatorias. Con suerte, los que podían, desembolsaban los dólares que necesitaban para pagar la diferencia y que el pasaje abandonara la incomodidad de la clase turista para disfrutar los privilegios de Primera o Ejecutiva. El espíritu de grupo y el corazón como puentes para conseguir los objetivos, por encima del profesionalismo que exigía el fútbol del siglo XXI. La lesión de Forlán en el partido de ida del repechaje en Montevideo, el interminable viaje a Sídney en vuelo de línea después del partido, mientras los australianos retornaron a su país con todas las comodidades del chárter. El entusiasmo del hincha, ese que no se cae ni en las situaciones extremas.

La revancha del repechaje de 2005 en Australia tuvo muchas particularidades y desnudó las diferencias que existían entre el profesionalismo de los oceánicos y el casi amateurismo de los celestes en materia de selección.

“Es el día de la Copa del Mundo”, recuerdo como si fuera hoy, que publicó uno de los suplementos deportivos y uno de los presentadores del informativo de la mañana australiana con la camiseta de los socceroos, mientras miraba la televisión en el hotel. Sídney, la ciudad más importante de Oceanía, que concentra a la cuarta parte de la población, amaneció diferente ese día. Casi solo se hablaba de fútbol. Las calles de la ciudad, en los alrededores del hotel de Uruguay en Darling Harbour, en el Hyde Park o por George Street. Allí se chocaban los jóvenes ataviados con la camiseta de Australia, el cabello pintado y la bandera o una bufanda para subrayar que no hay más fanático de la selección que cada uno de ellos. Todos eran más hinchas que nunca. Siempre desde el respeto, porque cuando el lunes, dos días antes del partido un grupo de futbolistas de Uruguay salió a caminar en los alrededores del hotel con la ropa de la AUF, se encontraron con una manifestación. Los jugadores siguieron su camino y los australianos el suyo, cada uno en su mundo. Nunca supe si fue porque no los reconocieron o porque las normas de respeto en ese país imponen eso.

El viaje en tren hasta el impresionante estadio Telstra, que había recibido los Juegos Olímpicos de 2000 y que está enclavado en el Parque Olímpico. El orden, la disciplina. El alcohol, la música. Eran miles los que, igual que el periodista, iban rumbo al estadio. Cada uno estaba en la suya, o en la de su grupo. La violencia estaba ajena. No había revendedores, ni desprolijidades. En los alrededores solo vendían la revista oficial del partido y en los puestos del estadio camisetas oficiales. No había revendedores, ni imitaciones. Cultura anglosajona.

Con la experiencia que habían recogido en materia de seguridad en los Juegos Olímpicos cinco años antes y en medio de la psicosis que se había extendido en todo el mundo por los atentados en Estados Unidos, España e Inglaterra, nadie pasaba sin cruzar por un arco detector de metales y sin abrir bolsos, carteras y mochilas a los ojos del personal de seguridad y del escáner.

Enfrentar el escáner que habilitaba la puerta para ingresar cuando la AUF. Ya dentro del estadio, las dos pantallas gigantes que impresionaban en tiempos en los que el Centenario se había quedado sin su viejo tablero de la Colombes.

El equipo que llegaba con historia y un presente armado con retazos contra la selección sin pasado exitoso pero con una organización en serio. Era un choque de realidades.

Uruguay iba por su sueño de volver al Mundial después de cuatro años, para seguir alimentando una historia bañada en oro; Australia iba por su segundo Mundial, el único hasta ese momento lo había disfrutado en 1974.

Después el fútbol y la historia conocida, el triunfo de Australia y los penales errados por Darío Rodríguez y Zalayeta que dejaron a Uruguay sin Alemania 2006.

Ese día lloraron todos los uruguayos. Los que corrieron en la cancha y los miles que acompañaron en la tribuna. Por esa razón no me olvido que ese día vi como nunca el rostro de la desilusión dibujado en ese grupo de guerreros que fueron los futbolistas de Uruguay. Las lágrimas del Chino Recoba, de Paolo Montero y de Pablo García. Fue la más pura expresión del dolor y la noche más amarga para un equipo uruguayo.


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