La increíble historia de una semifinalista de Roland Garros

La suiza Timea Bacsinszky se inició en el tenis presionada psicológicamente por su padre y hace un par de años se ganaba la vida lavando platos en un restaurante
Tras pasar casi dos años fuera del circuito por las lesiones y trabajar en restaurantes y hoteles para ganarse la vida, la suiza Timea Bacsinszky, antaño niña prodigio con padre tiránico, logró recuperarse física y mentalmente para volver al tenis y alcanzar su primera semifinal en un Grand Slam.

Bacsinszky, que celebrará su 26 cumpleaños el próximo lunes, derrotó este miércoles en cuartos de final de Roland Garros a la belga Alison Van Uytvanck por 6-4 y 7-5 y se enfrentará este jueves a la estadounidense Serena Williams, número uno del mundo, en el que será el tercer partido entre ambas, con un parcial de 2-0 a favor de la estadounidense. La otra semifinal femenina la jugarán Lucie Safarova y Ana Ivanovic.

Timea nació en Lausana, hija de una dentista húngara, Suzanne, y de un exigente entrenador de tenis rumano, Igor, que quería hacer de su hija una estrella. A los tres años la colocó por primera vez en una pista de tenis y nunca dejó de presionarla. No hubo violencia física, salvo alguna bofetada y algún tirón de pelo. El daño era psicológico.

Cuando tenía 12 y 13 años, la rubia de ojos grandes, redondos y saltones se convirtió en la segunda jugadora -tras su compatriota Martina Hingis- en conquistar dos veces el prestigioso torneo Les Petit As, llegó cuatro veces a las semifinales júnior en torneos de Grand Slam.

Pero fuera de la pista vivía un infierno psicológico y llegó a plantearse llamar a una línea especial de ayuda a niños maltratados. No lo hizo, por miedo a que su padre lo detectara en la factura telefónica, y a los 15 años le dijo a su madre que si no dejaba a su padre se iría de casa.

Años después, Igor y Suzanne se divorciaron. La ruptura ayudó, pero entonces llegaron las lesiones y Timea, que había comenzado a acariciar la fama y a ganar buen dinero cuando a los 20 años se metió en el puesto 51 del ránking de la WTA, empezó a ver a un psicólogo y a diseñar una vida fuera de la pista porque "no nadaba en oro".

Se inscribió en una escuela de hostelería y trabajó de aprendiz en un hotel, como camarera. Corría 2013, tenía 23 años y le pidió a su jefe que no le concediera ningún privilegio y que mantuviera en secreto su pasado como deportista.

"No sé si mejoró mi derecha o mi revés, pero me aportó mucha humildad. "No sé si mejoró mi derecha o mi revés, pero me aportó mucha humildad.
Cuando eres jugadora de tenis y te asisten en todo, no te das cuenta de la cantidad de gente que trabaja para ti, para que tengas la cama hecha o un buen desayuno", recuerda Bacsinszky en sala de prensa, tras deshacerse en cuartos de final de la belga Alison Van Uytvanck.

"Aprendí a estar al otro lado. Mis compañeras no sabían que jugaba al tenis, que solía jugar, porque entonces no lo hacía", prosigue Bacsinszky, una chica con voz dulce, cara sonriente y refinado sentido del humor que escucha Queen, Imagine Dragons o Massive Atack e incluso Bon Jovi, porque su novio "lo pone una y otra vez" en el coche.

Poco a poco volvió a inscribirse en los torneos y a lograr resultados interesantes. Contrató a Dimitri Zavialoff, el que fuera el primer entrenador de su compatriota Stanislas Wawrinka, al que se parece mucho en pista. Entonces, hace ahora un año, recibió un email en el que le invitaban a participar en la fase de clasificación de Roland Garros.

"Volví al tenis porque me gusta la competición. Trataba de limpiar los platos más rápido que mis compañeras y cosas así. Tengo la competición en la sangre", bromea.

Pidió unos días libres y condujo hasta París, superó la previa y cayó en segunda ronda contra la española Carla Suárez, en tres sets. Perdió ese partido, pero empezó a jugar con la espontaneidad y desparpajo que nunca le habían dejado tener.

Recuperó la chispa que la convierte en una jugadora impredecible que disfruta llevando la iniciativa en los puntos: cuando le apetece tira una dejada, o dos, o tres seguidas, y hace gala de un talento deslumbrante para llevarse puntos en la red, aunque también regala bolas fáciles y convierte sus partidos en una montaña rusa.

Bacsinszky escaló en el ránking, donde había caído hasta el puesto 285, y en 2014 se metió por primera vez entre las 50 mejores tenistas del mundo. En la presente temporada, se ha proclamado vencedora en los torneos de Acapulco y Monterrey y finalista en Shenzhen, una progresión de la que ella misma se sorprende.

"Volví al tenis porque me gusta la competición. Trataba de limpiar los platos más rápido que mis compañeras y cosas así. Tengo la competición en la sangre".

Timea Bacsinszky ya ha vivido tres vidas: la de una niña prodigio, la de una adolescente extraviada y la de una joven jugadora atenazada. Ahora está redactando su cuarta biografía, la de una exitosa jugadora de tenis que mañana espera escribir el capítulo más hermoso de su carrera y colocarse en su primera final de Grand Slam.

Y un día, cuando definitivamente abandone el tenis, la chica que siempre deja propina porque le gustaba recibirlas cuando era ella quien servía mesas, abrirá una cafetería.



Fuente: EFE