Jonathan se recibió de grande

El delantero figura del clásico rompió su timidez y habló con El Observador; de niño trabajó en una pollería para ayudar a sus padres, a los que les amargó la tarde del domingo porque son de Nacional

Son las 2 y media de la tarde en Montevideo del día después y la lluvia anuncia que se viene. El hombre aparece en una camioneta para llevar a su novia Sindy al Instituto de Profesores Artigas (IPA). Ella estudia profesorado de Idioma Español.

Jonathan Rodríguez es de las personas más introvertidas que existen. “Siempre fui así. No me gustan las notas. No es por nada, es sobre todo, por timidez”, le dice a El Observador.

Es el quinto de seis hermanos que se criaron en Florida y esa ciudad la lleva bien adentro. Allí vivió hasta hace muy poco cuando llegó a Peñarol por US$ 7 mil y un juego de pelotas.

“Vivía adentro de la cancha. Siempre estaba ahí, me encantaba el fútbol desde chico y me hice de Peñarol porque mi hermano Jesús tenía una camiseta y me encantaron los colores. Yo nunca tuve una camiseta hasta que llegué a Montevideo”, recuerda.

El goleador del clásico tenía una reunión muy importante en la tarde del lunes y la nota había que hacerla en medio de la calle. Era la única oportunidad. Entonces, se empezaron a acercar seguidores manyas para tomarse una foto. Inclusive salió un señor que atendía un comercio con un banderín aurinegro quien tampoco quiso perderse la instantánea. Y el grado de timidez iba creciendo. “No estoy acostumbrado a estas cosas”, dice a sus 20 años.

No le gustaban los libros. Entonces, cuando terminó sexto de escuela, se plantó ante sus padres Hugo y Graciela y les dijo que no iba a estudiar más. Tenía 10 años y la noticia no cayó nada bien en la familia Rodríguez.

Pero igualmente dio una mano para ayudar a parar la olla en casa. Trabajó durante algún tiempo en una pollería. “Cortaba a los pollos y me ganaba algunos pesos para ayudar a los viejos”, recuerda.

Sergio Pardo fue el técnico que le vio condiciones en Atlético de su ciudad y, con el paso del tiempo, lo trajo a Montevideo en 2011 porque tenía conocimiento con Víctor Púa quien lo había dirigido a él.

Como estaba tanto tiempo en la cancha de los albicelestes de Florida, hacía de alcanzapelotas y a veces, si faltaba alguno, lo llamaban para que jugara.

“Sergio es muy importante en Atlético y como siempre me quedaba en la cancha, me enseñaba a entrenar.

Pero ya había estado en Peñarol en 2008. “Llegué a Montevideo sin conocer a nadie y en menos de un mes me volví para Florida porque extrañaba un montón”, explicó Jonathan a El Observador.

Al Cabecita, como lo conocen en su ciudad, le costaba el desarraigo. “Era difícil vivir acá, muy distinto que en mi ciudad y yo era bastante chico”, recuerda.

Cuando volvió a la capital, fue para el despegue total. Todo fue muy vertiginoso, como cuando corrió dejando un surco por la zurda en el clásico. Debutó en Cuarta división con Álvaro Regueira y ya la vidriera empezó a ser otra.

“Álvaro me mandó un mensaje de texto después del clásico. Es una gran persona y un gran técnico. Él me ayudó mucho”.

Y para Víctor Púa solo tiene palabras de agradecimiento. “Me ayudó abundante (sic). Inclusive, había oportunidades en que no tenía plata para pagarme el boleto para ir hacia Florida y él me daba de su bolsillo. ¿Si lo llamé después del clásico? No. Lo voy a llamar porque seguramente está muy feliz”, dijo Jonathan.

Su gran momento en Cuarta lo llevó en solo 10 partidos a la Tercera y a una preselección uruguaya sub 20 llamado por Juan Verzeri.

Otro que lo ayudó mucho cuando llegó a Montevideo fue Facundo Guichón –actual jugador de la Tercera aurinegra y quien también es floridense- ya que lo llevó a vivir con él. “Facundo fue fundamental para mi adaptación a la capital. Vivía con él y con Diego González que es un amigo. No conocía a nadie y, de a poco, empecé a reconocer mejor la ciudad y a adaptarme a ella”, explica.

La realidad lo llevó a vivir en Villa Biarritz con su novia Sindy. “Estoy acostumbrado al barrio. Tengo a la Rambla cerca para ir a tomar algunos mates de vez en cuando y ella es un sostén para mí”.

Su padre Hugo es militar. Estuvo en el Congo y atravesó un momento complicado de salud ya que contrajo malaria. Por suerte, ya está bien.

Estos últimos meses le cambiaron la vida. Después de un buen pasaje por Tercera división, el gerente deportivo de Peñarol, Carlos Sánchez le hizo hacer la pretemporada con el plantel principal. Creyó en él de entrada.

Entonces fue el turno para que Diego Alonso lo hiciera debutar en julio contra Sporting Lisboa en la gira por Toronto y Lisboa. Aunque ya antes le había dado minutos el Polilla Da Silva en enero por las copas de verano ante Guaraní y Libertad. Pero, aunque no lo diga, tiene predilección por Tito Goncálvez quien siempre lo apoyó, sobre todo, desde que se hizo cargo de la Primera.

El día más esperado
La concentración de Los Aromos bullía antes del clásico. La ansiedad le ganaba a los jugadores. Entonces apareció un exídolo de la institución: Pablo Bengoechea.

“Nos deseó suerte a todos. Nos dijo que un clásico no es para cualquiera, que metiéramos como nunca. El hecho de verlo me puso refeliz porque de chico, lo miraba por televisión. Fue algo notable”, dice Jonathan.

Y agrega: “Yo estaba muy feliz cuando me enteré que iba a jugar el clásico. Tito (Goncálvez) me dio una responsabilidad enorme y me dijo que jugara como siempre, que dependía de mí. Entonces también vino Darío (Rodríguez) y me dio consejos: ‘Dale pa’ delante, hacé lo que venís haciendo que se te va a dar’”. La responsabilidad para el botija ya era una mochila pesada antes del partido ante Nacional. Pero supo cómo sobrellevarla. Y de qué manera.

Porque fue un debut clásico con dos goles y una asistencia. ¿Qué más podía pedir?

“En el primer gol no lo podía creer porque quedé de cara contra toda la Ámsterdam festejándolo. Es un momento indescriptible. Fue la alegría más grande de mi vida. Ya en el segundo, el Tony (Pacheco) me dejó solo y tuve que correr y tocarla. Pero me fui refeliz”, indicó el delantero a El Observador.

El ídolo de su niñez, justamente Tony Pacheco, aquel número 8 que lo veía solo por TV, le había dado el pase para el tercero. “Fue una sensación rara. Son esas cosas que si te la cuentan con el paso del tiempo, no las podés creer. Pero fue real. Yo jugando con el Tony y haciendo dos goles en mi primer clásico en Primera. Es un sueño cumplido”, explica.

Y ahonda más en la relación con el capitán aurinegro: “En las prácticas siempre me quedo con él para que me enseñe a pegarle a los tiros libres”.

De los rivales indicó que ninguno lo buscó para intentar “sacarlo” del partido. “No, no me dijeron nada. Me dejaron jugar tranquilo”.

Sus padres Hugo y Graciela tuvieron un retrogusto amargo después del clásico. “Es que son hinchas de Nacional y yo les hice dos goles”, dice sonriendo, distendiéndose por primera vez en la charla. “Me están esperando en Florida, pero obvio que por mí se quedaron muy contentos”.

El domingo lo terminó con su novia y sus amigos íntimos comiendo unas muzzarellas. Tuvo su día soñado y demostró que está creciendo. Peñarol lo disfruta, los hinchas también, pero no se olvida de Atlético de Florida y de aquella canchita en la que dio sus primeros pasos. (Producción: Sebastián Amaya)


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