Jonathan Rodríguez, la revelación: un asesino en clave de timidez

Peñarol lo adquirió a su club de origen por un puñado de pelotas y US$ 7.000; hoy cotiza en millones y es una apuesta hecha realidad

Tiene dos caras. Una de  niño que se hizo hombre dentro de una cancha de fútbol y muestra su desparpajo para hacerle frente a los mayores y otra retraída, tímida, que se refugia en los suyos en busca de protección cuando la prensa o el gran público lo requiere.

Convive con los dos perfiles, algo ya familiar para un chiquilín que se acostumbró desde niño a no discriminar la izquierda de la derecha, cuando de piernas para hacer goles se refiere. Es Jonathan Rodríguez, el Cabecita, la gran promesa transformada en realidad que gozan y disfrutan los hinchas de Peñarol.

Su romance con el club mirasol viene desde la cuna y estuvo a punto de cumplir su sueño en 2008, cuando Pablo Bentancur lo llevó a probarse a Los Aromos. Su nivel sorprendió a varios, pero extrañaba tanto a su familia que no aguantó quedarse en Montevideo y se volvió a Florida para continuar en Atlético Florida.

Ofertas de clubes capitalinos no le faltaron, pero apenas tres años más tarde, pudo tener revancha en el equipo de sus amores, gracias a la amistad entre Sergio Pardo y Víctor Púa.

Así como Lionel Messi firmó su primer contrato en Barcelona en la servilleta de una cafetería, el fútbol profesional está repleto de  historias en las que las negociaciones insólitas ganaron terreno en la vida de encumbradas estrellas.

“Primero estuvo un año a préstamo por un juego de pelotas y la opción de la compra se fijó en
US$ 7.000. Debe ser el jugador más barato que le ha salido a Peñarol. Son las cosas que tiene el fútbol del interior”, indicó Pardo a El Observador el 25 de noviembre del año pasado.

Ya en Tercera División, en aquel momento dirigida por Jorge Goncálvez, debutó en un clásico con dos goles sobre la Ámsterdam, para delirio de los hinchas, en un partido con victoria aurinegra 3-0. El otro lo anotó Agustín Barán, amigo de Rodríguez, quien aún entrena en la reserva de Peñarol.

En su primer clásico como jugador de Primera, repitió el ritual para volver a ganarle a Nacional, ahora por 3-2 –el otro gol lo anotó Luis Aguiar– ante un estadio que volvió a aplaudir de pie al hijo pródigo.

Cuando la nube de periodistas y reporteros gráficos lo esperaba en la puerta del vestuario, Rodríguez ensayó una de sus mejores carreras para dejar atrás a los comunicadores y refugiarse en la soledad del ómnibus para disfrutar a pleno su victoria.

No lo hizo por soberbia. Era costumbre. Repitió el mismo ritual que llevaba a cabo en Florida, cuando sus actuaciones en Atlético o en la selección departamental lo ponían en boca de todos.

“Va a cambiar algún día. Yo hablo con él dos veces a la semana y le digo que va a tener que cambiar y hablar con la prensa, dar notas, porque es para el bien de él. Acá en Florida fue figura, goleador, jugó finales en la selección, fue campeón, pero terminaba el partido y se iba corriendo porque no le gustaba hablar. Y hoy siendo figura en el clásico no le pueden hacer notas”, agregó Pardo.

Nacido en el seno de una familia humilde y con varios hermanos, hoy el presente le sonríe, pese a una frustrada transferencia millonaria a Braga de Portugal.

Mientras el club y los representantes buscaban una solución para el pase,  Jonathan le confesó a los suyos el deseo de quedarse otro semestre en Peñarol.

Por más goles clásicos y felicitaciones de los hinchas, sigue siendo el mismo pibe de barrio que cumplió el sueño de muchos: ser ídolo en un grande. Hoy vive con su novia Sandy en Pocitos, mientras se hace tiempo para despuntar el vicio de la pelota y las visitas familiares a Florida a donde siempre vuelve cuando tiene libre.   l


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