Historias detrás de la tragedia

La Fórmula 1 siempre tuvo una relación cercana con la muerte; los fantasmas volvieron con Jules Bianchi

La película de terror que protagonizó el piloto francés Jules Bianchi en el Gran Premio de Suzuka, cuyo vehículo hizo aquaplanning en un circuito amenazado por las condiciones climáticas de un tifón y se estrelló contra una grúa, revivió a los fantasmas de una categoría deportiva tan riesgosa como apasionante: la Fórmula 1.

Las innovaciones tecnológicas y las condiciones de un espectáculo televisado para la mayoría de los países del mundo, lograron hacer de la Fórmula 1 una disciplina más segura, ya que no se cobra una vida desde 1994, cuando Ayrton Senna dio su último suspiro a bordo de su Williams FW16, en el circuito italiano de Imola.

Sin embargo, la historia de la categoría reina del deporte motor está manchada de episodios sangrientos que, por accidentes, fallas mecánicas o negligencia humana, se cobró la vida de 41 pilotos titulares, cinco pilotos probadores, 15 aficionados y cuatro comisarios deportivos.

Si se toma al año 1947 como la fecha de iniciación de la competencia, con la actualización de normas por parte de la Federación Internacional del Automóvil (FIA), se puede decir que las tragedias comenzaron temprano.

Ya en 1953, el incipiente público de la categoría tenía que lamentar sus primeras muertes, con la desaparición física de los estadounidenses Chet Miller y Carl Scarborough, ambos del equipo Kurtis Kraft, muertos en condiciones distintas y con 15 días de diferencia, en las 500 millas de Indianápolis.

La década de los años 1950 fue la más sangrienta, con autos que distaban muchos de proteger a los conductores, circuitos suicidas sin la más mínima noción de física y gravedad y pilotos kamikazes amantes de la velocidad sin técnica de manejo.

A los fallecidos en 1953, se le deben sumar Onofre Miramón en 1954, Manuel Ayulo, Hill Vukovich y Alberto Ascari en 1955, Keith Andrews y Eugenio Castellotti en 1957, Pat O`Connor, Peter Collins, Stuart Lewis-Evans y Luigi Musso en 1958, Jerry Unser, Bob Cortner e Ivor Bueb en 1959.

Con una industria que transgredía los límites deportivos, el show debía continuar más que nunca. Escenas dantescas con pilotos muertos, cuyos cadáveres eran tapados con una lona al borde del circuito mientras los demás monoplazas seguían girando, fueron minando la susceptibilidad de muchos espectadores que encontraron en la Fórmula 1, una disciplina salvaje.

En la década de 1960, el obituario automovilístico se amplió con las muertes de Chris Bristol, Alan Stacey, Giulio Cabianca, Wolfgang von Trips, que incluyó la muerte de 15 espectadores, Carel Godin de Beaufort, John Taylor, Lorenzo Bandini, Bob Anderson, Mike Spence, Jo Schlesser y Gerrard Mitter. Algunas de estas muertes sucedieron en sesiones clasificatorias, que no derivaron en la postergación del calendario.

Hasta 1990, los corredores seguían sin contar con las mínimas condiciones de seguridad y la cantidad de accidentes en los mismos circuitos –Italia por ejemplo cobró la vida de ocho pilotos- llevó a un replanteo. 

Desde 1970 a 1990 dejaron su vida en la pista Jochen Rindt, Roger Williamson -quien iba a ser contratado por Ferrari y a raíz de su muerte el equipo optó por Niki Lauda-, François Cevert, Peter Revson, Helmut Koinigg, Mark Donohue, Tom Pryce, Ronnie Peterson, Gilles Villeneuve, Riccardo Paletti y Elio de Angelis, al tiempo que solo dos pilotos perdieron la vida desde 1990 hasta la actualidad, Roland Ratzenberger y Ayrton Senna, lo que parece más lógico.

Cuando la competencia ganaba en tranquilidad, un accidente sacudió el ambiente 20 años después.

El karma de riesgo de la Fórmula 1 tiene en Jules Bianchi, un piloto ambicioso y prometedor, a un protagonista inesperado, que lucha por su vida en el hospital de Yokkaichi, donde fue operado de urgencia para reducir el daño axonal difuso en el cerebro, que lo tiene en estado grave.

Los fanáticos del francés, el resto de los pilotos, ingenieros y mecánicos hacen fuerza desde su lugar para que Jules se recupere, aunque se confirmó que no volverá a caminar.


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