Guapos de alma: los uruguayos del Dakar

Los uruguayos vivieron anécdotas increíbles: de un piloto que sufrió un incendio en los pies a otro que cruzó el desierto caminando y hasta uno que completó la prueba con los hombros destrozados

Mauro Almeida estuvo al borde del llanto más de una vez. Solo, en el medio de la nada a bordo de su quad y con los hombros destrozados por el dolor, pensó en largar todo. Pero su hija de 4 años lo convenció con una llamada telefónica: “Papá vos tenés que terminar, yo rezo todas las noches por vos”. Fue el empujón que necesitaba. Y así completó el Dakar por primera vez en sus tres participaciones.

“Llegué a la rampa y lo primero que hice fue mandarle un mensaje a todas las personas que me dijeron que no iba a poder llegar a la meta”, cuenta a El Observador.

Fueron seis los uruguayos que aceptaron el reto del Dakar edición 2014: 8.734 kilómetros en 13 etapas por territorios desconocidos e inhóspitos: desiertos, salares, ríos secos, montañas, cerros, dunas, fesh fesh. De la argentina Rosario a la chilena Valparaíso pasando por Uyuni en Bolivia.

“Fue el Dakar más duro de los ocho que corrí”, expresa el motociclista Laurent Lazard, francés que en 2006 desembarcó en Uruguay y se quedó a vivir.

Lazard conoce la experiencia africana. El trazado original de una prueba creada en 1979 y que en 2009 se trasladó a Sudamérica tras ser víctima de amenazas terroristas de Al Qaeda.
“África tenía el encanto del desierto y era más una aventura que una competencia. Se dormía en carpa, te bañabas cuando podías y el territorio daba mucho miedo. Ahora hay casas rodantes con mesas para comer y duchas. Es otra comodidad”, cuenta.

Lazard al igual que Almeida logró completar el recorrido total del Dakar, mientras que Sergio Lafuente en quads, y Sebastián Fernández y Alejo Maisonnave, en motos, abandonaron.
También corrió Javier Fernández en quads quien prefirió no hacer declaraciones y solo aclaró que no abandonó la prueba sino que la organización lo retiró de carrera en la tercera etapa junto a otros siete corredores por un tramo en el que no había cobertura para un eventual rescate. Fernández llevó a juicio a los organizadores.  

Sebastián Fernández se accidentó cuando transitaba la quinta etapa (Tucumán a Chilecito) a 110 k/h por un río seco y agarró una piedra. Voló y cayó. Partió pechera y casco. Se desmayó. Cuando despertó tenía la moto arriba y se le había caído nafta en las botas. Se le prendieron fuego. Enseguida las apagó con arena. Solo se hizo una ampolla. “La saqué barata”, dice entre risas.

Después de darse semejante palo solo queda pararse y seguir corriendo. Es la filosofía del Dakar. Hizo 12 kilómetros más hasta que vio una camioneta de la organización. Paró a pedir agua. Había 49 grados. Y se volvió a desmayar. Hizo convulsiones. Entonces le llamaron al helicóptero. Eso implica, automáticamente, el abandono. Una inyección de suero lo recuperó enseguida.

Maisonnave abandonó en la segunda etapa tras vivir una intensa odisea al accidentarse en las dunas de Nihuil, en San Rafael.  “Venía bajando un barranco muy rápido y me caí. Partí la cuellera y me abrí un dedo”. Además se le rompió la rueda delantera de la moto.

El reglamento del Dakar establece que en esos casos, el piloto solo puede conseguir una rueda de otro piloto que abandone.

“Pero la realidad es que en ese momento no mirás el reglamento y si te la da cualquiera la agarrás”, reconoce Maisonnave.

“Aparte, eso se lo controlan a los 20 primeros. Estuve una hora intentando arreglarla pero no pude. Cuando vi que no pude solo me quedaba quedarme y cocinarme bajo el sol o caminar atrás por la huella que había dejado”.

Al rato, 100 kilómetros después, una camioneta con espectadores le dio agua. “Un familiar de ellos, en buggy, me llevó a un pueblito. Ahí pedí a mi equipo que del campamento me mandaran una rueda nueva. Cuando me llegó hice dedo para volver al desierto. Me levantó una camioneta que me dejó en la entrada y después enganché un quad que me llevó a la moto”.

Maisonnave pudo reparar la rueda y seguir adelante. “Iba a llegar a la medianoche a la meta”. Pero la parte eléctrica le falló y ahí no tuvo salvación. “Dejé la moto y avisé a la organización”. Pero ya era la noche. En pleno desierto. “Si me quedaba a dormir tenía que hacer un pozo en la arena y taparme con la manta térmica. Pero volví caminando y encontré una camioneta con unos mendocinos que me llevaron al campamento”.

El abandono más triste fue el de Lafuente a quien le falló la parte eléctrica de su quad en la undécima etapa cuando venía segundo en la general y se encaminaba a un seguro e histórico podio.

“No fue mala suerte, fue un error del mecánico un tipo pedante que nunca quiso escuchar las experiencias que le transmitíamos de los Dakar anteriores. Se creyó superior”, dice Lafuente.
Así de duro fue el Dakar para los seis uruguayos.

No voy a poder correr el Dakar del año que viene porque ahora tengo que tapar todos los agujeros, le pedí plata hasta al papa Francisco”, dice Alejo Maisonnave.

Es que los costos para correr esta prueba son altísimos. La inscripción del piloto cuesta
€ 16 mil, la del mecánico € 8.500, el vehículo € 3.500 quad y el auto de auxilio otros € 3.500.

“Una buena moto para competir cuesta entre US$ 20 mil y US$ 40 mil”, cuenta Maisonnave que la compró de su bolsillo. “Después, el presupuesto de la carrera es de alrededor de US$ 45 mil y yo tuve el apoyo de 60% de ese presupuesto. Ojo, esos números son para ir, disfrutar la prueba e intentar terminarla. Los que compiten en forma profesional manejan otras cifras”, agrega.

“Pese al apoyo que tenemos siempre terminamos poniendo algo de nuestro bolsillo. Nos han prometido apoyo, pero nada”, dice Almeida que levanta temperatura: “En 2012 el Ministerio de Deportes me entregó una plaqueta que tenía mi nombre mal escrito. Yo no digo que nos den plata, pero sí algo... Por ejemplo, que cuando llegues a la aduana no tengas 10 tipos arriba que te quieran decomisar todo lo que llevás para competir y representar al país. O que no nos cobren los impuestos de los repuestos. Hay muchas formas en que se nos puede ayudar”.

Lafuente, por su parte, se reunió el viernes con representantes de Yamaha para definir el apoyo de cara al Dakar 2015. Los emisarios de Argentina le pidieron un tiempo porque por la suba del dólar, la empresa tuvo que detener la producción en la vecina orilla y deben analizar la situación.

“¡La verdad que tengo una mala suerte!”, lamenta Lafuente. “Ellos quieren seguir apoyándome pero ahora tenemos que esperar cómo sigue la cosa”, agrega El Oso.

Ninguno de los uruguayos se dedica profesionalmente al deporte sino que lo hacen por una de esas pasiones que cuesta explicar en palabras.

Sebastián Fernández (Kawasaki) es de Dolores, tiene 30 años y es empresario rural.
Maisonnave (KTM), montevideano, tiene 34 años y es empleado en una industria metalúrgica.

Almeida (Yamaha) vive en Atlántida, tiene 39 años y es empresario.

Lafuente (Yamaha) es de Maldonado y fue levantador de pesas olímpico en Barcelona 1992, tiene 47 años y trabaja junto a su hermano en una empresa de camiones de su propiedad.
Lazard (KTM) tiene 35 años, vive en Atlántida y tiene una casa de importación de ropa.

“El cuerpo llega a límites insospechados y hay que estar muy preparado”, explica Almeida que hizo más de 28 mil kilómetros en el año para llegar en forma al Dakar y terminó tercero en campeonato mundial de rally cross country en 2013. “Creo que el que llegó mejor preparado fue Sergio que entrenó seis horas diarias durante seis meses. Yo le pude dedicar tres horas en tres días a la semana”, cerró Maisonnave. 


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