Fútbol perverso

La pelota le regaló a Álvaro Recoba un 2011-2012 soñado y lo subió al pedestal; desde entonces lo desparramó de la peor forma

El fútbol tiene esa rara y perversa costumbre de llevar a algunos pocos elegidos hasta la cima para transformarlos en héroes y, a la vuelta de la página –sin que quien ocupa ese lugar privilegiado se dé cuenta, para al menos evitar salir magullado–, desparramarlo de la peor forma. Como si estar en un extremo y el otro fuera lo mismo.

El 16 de junio de 2012, Álvaro “Chino” Recoba terminó de subir esa escalera hasta el cielo de los hinchas de Nacional –en la que había estado tantas veces, y de la que tantas veces también lo habían bajado– cuando con otro de sus goles mágicos le regaló al club de sus amores el título del Campeonato Uruguayo en aquella semifinal con Defensor Sporting.

El partido de junio fue solo un collar de grandes momentos, y esos que le permitieron a uno de los mejores creativos que tuvo el fútbol uruguayo en las últimas décadas volver a sentirse como en sus mejores tiempos. Por ese gol a los violetas, por el del clásico del Apertura, el del 2-1 que ganó Nacional con un penal de Recoba, o el del Clausura, el que jugaron unos días antes de la final del Uruguayo, cuando con un tiro libre a los 55 minutos, también del Chino, Nacional venció 3-2 a Peñarol después de remontar dos veces el marcador.

El fútbol le había puesto a Recoba en el lugar más traicionero y peligroso. Estaba en el cielo y rodeado de voces que solo subrayaban los elogios que se multiplicaban a diario.

Aquella temporada la coronó con el premio como mejor jugador del Campeonato Uruguayo 2011-2012 en la encuesta que anualmente organiza El Observador, Fútbol x 100.

Curiosamente a los 35 años se sentía como a los 20, aunque en la cancha había dos realidades: su capacidad para resolver con singular calidad los problemas futbolísticos de su equipo, pero las limitaciones que su físico le imponía y que le impedían correr a tope los 90 minutos.

El fútbol, que le regaló su mejor año –así lo reconoció a El Observador una vez concluida esa temporada–, le había reservado a la vuelta de la página ese lugar al que nunca hubiera querido volver y en el que ya había transitado a lo largo de su carrera. No mucho antes de volver a Nacional en 2011, cuando jugaba en Danubio, y había pensado abandonar el fútbol.

El penal que marró en la definición que dejó a Nacional fuera de la Copa Libertadores en este año y el tricampeonato frustrado en la misma temporada, le hicieron ver a Recoba ese costado perverso impulsado por la pasión del hincha que sube y baja a los ídolos con vértigo impropio. Sin embargo, a pesar del revolcón de junio de 2012-2013, se planteó el desafío de afrontar 2013-2014 con la esperanza de que el último año en el fútbol podía volver a regalarle un premio extra. Le pidió una tregua a las lesiones, y la remó. Otra vez, aportando en cuentagotas porque así lo permite su castigado físico, quedó detrás de la pelota que lo podía volver a subir al pedestal. Domingo 15 de diciembre, Parque Central, minuto 75’, Nacional 1-Fénix 2. Nacional necesitaba ganar para conquistar el título del Apertura. Penal para Nacional. El Chino acomodó la pelota y se paró, como siempre, en la medialuna. Miró el arco, inició la carrera, agachó la cabeza mucho más tiempo del habitual, remató, y el golero rechazó el disparo. Esta vez la pelota jugó en contra. Esta vez no fue héroe y aunque el hincha se lo perdone, él no lo olvidará jamás. Eso sí, aprendió que no siempre hay un final feliz.


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