Forlán, perdonanos

La salida de Forlán de Peñarol dejó al descubierto que el fútbol uruguayo está enfermo, y de esa enfermedad no se salva nadie

La salida de Forlán de Peñarol me dejó una mezcla de sorpresa, tristeza y resignación. No había podido entender por qué, hasta que ayer por la noche leí esta columna. Y ahí me cayó la ficha de lo que vio Forlán, y de por qué se quiso ir.

Es cierto: el fútbol uruguayo está enfermo. Quizás sea el fútbol mundial, pero eso no es consuelo. Hay mucha cuota parte del sistema, de las instituciones y los protagonistas, pero también de todos los que estamos afuera.

El fútbol hace rato dejó de ser divertido, y paso a ser un motivo de estrés. Como hinchas ya no disfrutamos, apenas descargamos tensión.

Ni hablo ya de alegrarse por el triunfo de un rival en el exterior -para la mayoría eso nunca ocurrió- o de un lindo gol de un rival. Hablo ya de disfrutar de los jugadores propios. De maravillarse con un gol, una asistencia, un caño o un taco. Eso pasó con Forlán: no fue ni cerca el de 2010, pero en esa crítica de todo el año no valoramos los destellos de talento que regaló en el camino.

Pero eso ni siquiera es lo más grave: tampoco somos ya capaces de disfrutar con un triunfo propio. Enseguida estamos mirando al de enfrente, enrostrándole el triunfo o el título. Hace tiempo que, imperceptiblemente, pasamos del gaste inocente y divertido al amigo a la conducta de barra brava, de –sobre todo las redes sociales- arrojarle todo el odio, la sorna y el sentimiento de superioridad al hincha rival, aunque sea nuestro amigo o familiar. Joder al otro es ya más importante que disfrutar uno.

Ya lo dije en otro momento: el hincha medio se ha vuelto un barra brava de PC. Nos hemos creído ese verso de que todo lo bueno está de un lado y todo lo malo del otro. Nos definimos a partir de ser hincha de un equipo, lo cual, si lo pensamos fríamente, es un verdadero horror.

Esa elegía futbolística nos lleva a dividir el mundo entre buenos y malos, y con ello, defender todo. Desde el decanato o la cantidad de títulos, hasta la locura de justificar barras bravas según el color de camiseta, darnos cuenta que todos son delincuentes, y también los poderosos que nos apañan.

En ese esquema, es lógico que hayan florecido los medios partidarios. Algunos de muy buena calidad, otros menos. Para nada estoy contra ellos, sino contra esa postura de dividir el mundo entre buenos y malos, y llamar al rival "Los del 13", o "Hijos". Le niegan hasta el nombre, la demostración final de una violencia que dejamos pasar como divertido "folkclore".

Nos hemos vuelto violentos, sobre todo en las redes sociales, en el relacionamiento con el otro. Somos incapaces de reconocer cuando nos equivocamos, o darle la razón a alguien en una discusión. Eso excede al fútbol, pero se encaja en él perfectamente. O la última tendencia: crear corrientes de opinión –en las que entran hasta los dirigentes-... ¡por un tuit! Ni siquiera por un título o por una nota. La gente ya no lee, y en cambio, se dejan llevar por la manija de las redes sociales. Es cómodo y funcional a este sistema enfermo.

Toda esa violencia también nos permite destratar gratuitamente a un juez por un error y acusarlo de delincuente, de recibir sobornos. Hasta algunos medios, quizás por presión de los hinchas, se sienten en la libertad de plantear hipótesis de "cosas raras" sin aportar ninguna prueba, en un verdadero insulto al periodismo. Ese mismo odio le da pie a muchos alegrarse cuando ese mismo juez, en otro torneo, comete un grave error, que seguramente le cueste su carrera internacional. La mejor demostración de que somos incapaces de ponernos en el lugar del otro.

Hablo en primera persona porque también a los medios nos cabe la autocrítica. Forlán lo mencionó específicamente. A veces, con nuestros seguimientos minuto a minuto de cuestiones triviales, también alimentamos la rosca. O porque a menudo también somos incapaces de ver lo bueno, quizás en una obsesión mal entendida por ser objetivo, lo que abona el terreno para una corriente de opinión contraria a un técnico o a un jugador. O porque solemos caer en la soberbia de pensar que no nos equivocamos. Yo lo he intentado cambiar siendo dialogante en las redes, aún recibimos acusaciones gratuitas y ofensivas de ser mandaderos a sueldo de tal o cual club. También hemos intentado eliminar los títulos e "A vida o muerte", o "se juega todo". Es fútbol, no la vida ni la muerte. Apenas un divertimento de fin de semana.

Los dirigentes también se suman a esa ceguera de odio, o peor, la consienten y se esclavizan a ella por un voto. Ya sea en la opinión de lo que pasa dentro de la cancha o en el decanato o la cantidad de títulos, que se han vuelto el principal tema cuando en realidad son secundarios. Así, jugadores y entrenadores tienen aún más presión que siempre, porque ya no vive el mediano y largo plazo sino el minuto. Solo así es entendible que Peñarol haya echado un técnico campeón -por más que jugara mal- a dos semanas de empezar la competencia, que trajera otro que no armó el equipo y que cuatro meses después ya se rumoreaba con echarlo de nuevo. O que Nacional, tras quedar a un penal de meterse entre los cuatro mejores de América, le quita la confianza a un técnico con gran futuro por dos malos partidos. Aún los dirigentes nuevos, con los que nos ilusionamos porque podían cambiar la absurda lógica del fútbol, entraron en esa rosca. Si eso hacen los dirigentes de los clubes más poderosos, ¿qué podemos pedirle a los clubes chicos que se limitan a ser un brazo operador de los poderosos?

Estamos muy enfermos. Y así, hemos vuelto al fútbol, ese deporte maravilloso, en algo feo, violento, cargado de presiones. Insoportable en el día a día, lo que se traduce en insoportable los fines de semana. Por eso se fue Forlán, por eso Lugano no quiso terminar su carrera en Uruguay y por eso Suárez ya ha tirado señales de que no lo hará. Nos estamos perdiendo lo mejor de lo mejor, por esa incapacidad de disfrutar ya no de lo bueno del de enfrente, sino de lo propio.

Quizás sea un iluso. Pero Forlán marcó un camino, y con sus palabras interpeló a todos en el fútbol uruguayo. Somos muchos los que pensamos como Diego: el fútbol es un juego, apenas lo más importante entre las cosas menos importantes. Por eso, Forlán, perdonanos. Y a los que también estamos aburridos de este fútbol, llevanos contigo.

Populares de la sección

Acerca del autor