Estoyanoff, en el nombre del abuelo

Historia de un goleador: el "Lolo" Estoyanoff estuvo a punto de dejar el fútbol luego del fallecimiento de su familiar

El abuelo José Pedro lo marcó muchísimo en su vida. Desde que lo llevaba a la Ámsterdam a ver a Peñarol y cuando el protagonista de este relato lo vio romper alguna radio contra el piso por la bronca de que le habían hecho un gol. Ese amor intransferible que siente por él, lo lleva hoy impregnado en su piel.

Es el capítulo más importante de la historia de Fabián Estoyanoff. El mismo que se crió en Paso de la Arena y que se “hacía la rata” al liceo 24 para irse a las prácticas de Huracán, el equipo del barrio. Pero lo más increíble, es que estando en ese club, entrenaba en la preséptima de Fénix. No tenía que salir a trabajar, pero como iba dejando de lado el liceo, se hacía unos pesitos cortando el pasto de los vecinos o cargando y descargando bebidas cola en una distribuidora.

Papá Raúl era empleado de ANTEL y mamá Célica peluquera. Tuvieron tres hijos y Raúl elegía el primer nombre de cada uno de ellos, mientras su esposa, el segundo. De allí que Larry se lo haya puesto su madre. Así sucedió también con sus hermanos.

Como no puede faltar en ninguna de estas historias, sucedió la típica: el hermano es mejor que él jugando al fútbol. Javier le lleva algunos meses y cuando estaban en Panionios de Grecia, faltaba un futbolista en una práctica para una jugada especial y el Lolo le dijo al técnico que lo pusiera. Le gustó tanto que lo recomendó al presidente y éste le consiguió un equipo de Tercera. “Que se ponga bien en seis meses y después lo traemos al club”, le dijo el presidente. El tema es que Fabián decidió venirse al poco tiempo, y todo quedó en nada. “Tenía una calidad impresionante. Era un ‘10’ bárbaro”, recuerda el goleador del momento.

La abuela Norma el lunes le hizo milanesas como premio por los tres goles ante El Tanque. En julio de 2002, cuando llegó por primera vez a Peñarol, lo recibió el contador José Pedro Damiani, quien tenía los dos primeros nombres de su abuelo. Allí se abrió la camisa en plena presentación y mostró debajo una camiseta con una foto de su abuelo materno, el mismo que lo hizo fanático de estos colores.

Y el lunes recordó lo especial que era para él. Así lo sintetizó para El Observador: “Hubo un  antes y un después de su muerte. Por suerte, me vio debutar en la cancha de Salus con Fénix en 1999. Pero viajé con la selección de la B y el día de mi regreso falleció. Ese día dije que quería dejar el fútbol. No tenía más ganas de nada. (Miguel) Puppo me citó al equipo principal de Fénix y dije que no. Pero al final, mi familia me convenció”.

A partir de allí, todo fue un torbellino. “Fue como la pólvora. Subimos con Fénix a Primera, en seis meses me citaron a la selección, jugué la Copa América de Colombia en la que nos fue bastante bien, disputé la Liguilla con Fénix, me contrató Peñarol con el que fui campeón uruguayo y en poco tiempo me fui a jugar a Europa. Es como que tenía un ángel que me llevaba. En dos años pasé de no ser nadie a tener una carrera. Siento que mi abuelo está conmigo en todo momento: me siento protegido”.

Cuando el domingo llegó del estadio, lo esperaban sus hijos Santiago, de tres años, y Agustín de tres meses. El más grande “siempre se vuelve loco cuando me dan un trofeo. Mi madre le dijo que le llevaba la pelota porque había hecho tres goles y ni bien entré me dijo: ‘Papito, ¿la pelota?’ A su edad, parece que no entiende nada y sin embargo, se da cuenta de todo.Se la di y se puso a jugar un rato largo”.

El papá orgulloso dice que su hijo “se vuelve loco por el Tony (Pacheco), es algo increíble. Cuando patea la pelota, él dice que es Pacheco. Tiene adoración por Tony”.

Estoyanoff posee una gran relación con el Chino Recoba, quien le robó un poco los flashes del fin de semana con otro golazo olímpico.

“Sí, nos conocimos en la selección y fuimos compañeros en Panionios. Su hijo Jeremías es un manya a muerte y un enfermo por el Tony y por mí. Cuando lo veo siempre le pregunto: ‘No te vas a cambiar ahora, ¿no?’ Y él me responde: ‘¡No! No me cambio por nada del mundo’. Entonces siempre lo gastamos al Chino porque el hijo es un gran manya”, indicó el Lolo entre sonrisas.

Desde los cuatro años cuando lo anotaron en la categoría Grillitos de Huracán de Paso de la Arena, él le dio mucho al fútbol y éste se lo devolvió con creces. Le pudo comprar una casa a sus padres y tiene la dicha de hacer lo que le gusta y en el equipo del que “toda la familia es hincha”, según confesó a El Observador su padre Raúl. “Siento mucho orgullo en poder ayudar a mi gente”, dice. El abuelo José Pedro lo disfruta a su manera.


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