¡Esto es Aguada!

Generaciones de hinchas, que convivieron con el sufrimiento, se volvieron a poner de pie

En momentos como estos pocos son los que se detienen a mirar atrás... Repasar nombres, jugadores, entrenadores, todos con la misma ilusión, todos con el mismo objetivo. Y que ninguno de ellos pudiera terminar con esa racha maldita que era una herida cada vez más profunda en la historia de un club grande.

Cuántos de los que están llorando en las tribunas a mi alrededor, expresando el más puro sentimiento que una persona puede revelar, la emoción, vivieron las duras...

Deben haber ido más de una vez a la cancha abierta, alentaron al equipo en los ascensos, formaron parte de la caravana aquella noche del regreso desde la cancha de Larre Borges, o la caminata a la sede cuando se conquistó el retorno en el Palacio Peñarol.

Cuántos de los que lloraban vivieron las etapas de Quique Yahn, la lucha de Juan Pedro Bonino, aquellos equipos de Blanc, Nazar Rodríguez, Alles, el Negro De Pena. Los bombazos de Jorge Cabrera, la categoría de Losada, la grandeza de Tato López, la lucha de Luis Eduardo Pierri. Resulta increíble ver cuántos desfilaron para llegar a este momento único y soñado.

Ni hablar de las canchas. Aquella noche de festejo cuando se dejó afuera a Biguá de la posibilidad de alcanzar el cuatrieño. La gente trepada a los andamios de una obra que anunciaba el techo de la cancha.

La ilusión destruida cuando remontó las finales con el poderoso Welcome, que se brindaba el lujo de formar dos equipos. Aguada llenó el Cilindro como pocos aquella vez.

El llanto de la final perdida con Trouville en el Cilindro Municipal. Las fichas extranjeras, buenas y malas. El último puñal clavado por Lamonte.

Cuántas rabietas, cuántas broncas, cuántas noches de entonar La Pitada aún en la derrota.

Aguada es amor u odio, no tiene término medio. Se es de Aguada o se lo odia.

Por eso esta gente tenía tanta alegría contenida, porque durante tantos y tantos años debió soportar todo tipo de humillaciones. El mote de cuadro perdedor de finales, por la manía de meterse en ellas con equipos que no reunían suficiente poderío como para salir campeones. Pero el tiempo y el destino le tenían reservado a Aguada un lugar.

Por eso esa locura que se vivió en el Palacio Peñarol. Ligada a una historia de sufrimiento de años, que abarcó a varias generaciones.

Pero el paso de los años sin ganar no fue capaz de terminar con un sentimiento que se transmite de generación en generación. Acaso pueda provocar un sentimiento de alivio en aquellos padres que trasladaron a sus hijos una pasión que no tiene comparación con lo que se pueda vivir en ningún club.

El Palacio se conmovió. Sus cimientos temblaron. Aguada volvió a estar de pie. La historia lo requería. Su gente lo merecía.


Fuente: Jorge Señorans

Populares de la sección

Comentarios