Entrenando en el barro, con el sueño de ser Suárez

Basta comprobar las condiciones y el lugar donde entrenan los juveniles de Progreso para verificar el milagro del fútbol uruguayo

No siento los pies… los tengo congelados”. La pelota pica, no rueda. De pronto se mete en un charco y uno de los botijas que fue por ella sale embarrado. El frío pega duro, penetra la piel. Son las 10.20 de la mañana de un lunes de invierno.

En un campo que tiene dos arcos, a escasos metros de la ruta, entrena la Quinta división de Progreso. La escenografía es desoladora. Las líneas no existen, hay uno, dos, cuatro, seis charcos de agua y barro. La ropa tirada a un costado. No hay vestuarios.

El golero ataja adelantado. No puede estar en el arco porque un enorme charco de agua se lo impide. Y mirando de reojo le revela a El Observador que directamente no siente los pies.

Ahí, adentro de esa cancha, todos acunan el mismo sueño: ser Luis Suárez.

Luego del entrenamiento tendrán que cruzar el campo saltando los charcos y con los pies embarrados se meterán en el Paladino para ducharse y tomar una humilde merienda que se entrega con mucho sacrificio. Es la realidad de todos los días de miles y miles de jóvenes que la pelean en condiciones inadecuadas y que terminan transformando al fútbol uruguayo en un milagro.

Es milagroso. Ver donde entrenan. Como pelean por la pelota en el barro. El frío que se padece. No hay pelotas más allá de las que entrega Gol al futuro. No hay vestuarios ni techo para cubrirse.

Y de ahí adentro saldrá el Suárez o el Cavani del futuro. Es ahí donde se forman, donde se templan, donde aprenden a ganarle a la adversidad.

“Ustedes lo ven. Hay mucho barro, y solo una cancha de entrenamiento porque a la otra le robaron los arcos, hay muchas dificultades y se sale adelante por motivación. Es donde uno hace hincapié. Llegarle a los gurises por el lado de que son los mejores. Que si están acá, compiten y ganan, el día de mañana si tienen otras condiciones estarán al nivel para llegar a primera división”, dice el entrenador Rodrigo Travieso a El Observador.

En la práctica algunos lucen chalecos verdes con la inscripción de Gol al Futuro. Cada balón se cuida como oro. “En juveniles trabajo con Marcelo Píriz y cuidamos mucho las pelotas. Venimos con 10 pelotas para acá abajo y hasta que no están las 10 pelotas no subimos. Si se pierde una la salimos a buscar hasta que la encontramos. Si hay que meterse entre los yuyos a buscarla lo hacemos porque estamos todos en el mismo, con la ilusión de poder llegar”, revela Travieso.

“Dejalos cinco minutos más y nos vamos”, dice el entrenador a su colaborador que entró a la cancha para hacer de juez.

Luego de entrenar se van al Paladino. Allí, donde hubo mañanas de agua fría, se ducharán. “La semana pasada nos cortaron la luz porque no había para pagar. Y a veces el club se atrasa con el pago del gas. Es la pelea de todos los días”, dice uno de los colaboradores a El Observador.

En la semana no hay médico. “Dos veces por semana viene un médico de Gol al futuro. Los lunes, donde ordena el proceso de recuperación de la semana y luego el viernes para dar el visto bueno al jugador si esta para jugar”, dice Travieso. Pero si pasa algo de martes a jueves se las tendrá que arreglar el entrenador con sus colaboradores. “Mirá como está la cancha… cualquiera se puede torcer un tobillo. Si se lesiona uno acá, hay que cargar un vehículo y llevarlo a la emergencia”.

Todo es a pulmón. Nadie tiene viáticos. “Cuando algún muchacho precisa para indumentaria, championes o una ayuda especial, se hacen rifas. De repente no tiene canilleras o guantes. Acá todos somos conscientes de la situación y colaboramos”, dice el entrenador.

Aún queda un mes más para sufrir. Frío, lluvia y cancha embarrada los esperan. Pero nadie se baja del sueño de mañana llegar a ser Suárez.

“Por ahí es que les llegamos nosotros. Que tienen que estudiar, formarse como seres humanos. Progreso tiene 10 mil dificultades, pero tiene una ventaja, que no hay contratistas y que el cuerpo técnico de primera es también formado por los técnicos de juveniles entonces para los muchachos es más sencillo llegar al primero. Por ahí mantenemos la ilusión. Pero ni que hablar que el 5 quiere ser el Ruso Pérez y el 9 quiere ser Suárez y muchas familias piensan que la salvación la tienen acá”.

Para estos botijas no hay día con lluvia, no existe el frío. Correrán detrás de la pelota. Se cambiarán en medio del campo. No tendrán agua caliente. Seguirán adelante persiguiendo el sueño de ser Suárez. Un milagro sin explicación del fútbol uruguayo.


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