En un rincón doliente de mi alma (II)

En toda mi vida, con todos los clásicos que he podido ver, no recuerdo haber tenido una experiencia semejante; ni siquiera en el célebre gol de Celio Taveira Filho, que significó un empate, también sobre el pitido final

Las pasiones son como los cabellos; con los años se van cayendo, y cosas que otrora nos conmovieron hasta el tuétano, se van volviendo, imperceptiblemente, poco menos que indiferentes. Por ello, lo que sucedió en el último clásico, el que ganó Nacional en los descuentos con un misil imparable del Chino Recoba, no deja de causarme, cuando lo rememoro, una suerte de desconcierto.

No quise ir al Estadio, pese a que tenía entrada gratis como socio y a que mi hermano Jorge y mi sobrino Raúl fueron a la Olímpica. Se me hizo cuesta  arriba, las perspectivas no me parecían favorables (si bien mi querido equipo tricolor llevaba amplia ventaja en la tabla de posiciones, los manyas se jugaban, en ese partido, la salvación de todo el año) y me dije: “total, qué más da”.

Gane, empate o pierda Nacional, nada cambiará en mi vida, así que ¿por qué molestarme en caminar hasta el Centenario y verme rodeado de multitudes que, en todo caso, me resultan bastante desagradables?

Y me quedé en casa, mirando –eso sí- el partido por televisión. Los lectores saben cómo fue el desarrollo del mismo, por otra parte futbolísticamente malo, malísimo. Me quedé bastante caliente con el penal en contra que nos cobraron, y pese a que Nacional apuntó una reacción al final del primer tiempo, tenía la sensación de que aquello iba a terminar así, que si lográbamos empatar, sería de milagro.

Por otra parte, mi ex alumno y amigo Nacho González, lesionado, no estaba ni en el banco de suplentes, por lo que todo aquello me importaba –o eso  me pareció  entonces- superficialmente .

Y se llegó a los descuentos, con Nacional perdiendo por un gol; no voy a decir que me sentía feliz, pero sí que me importaba un ardite lo que sucediera. Cuando llegó, en una jugada confusa, el gol del empate, la circunstancia comenzó a cambiar de manera significativa: “bueno –me dije-, por lo menos, no vamos a perder otro clásico”.

Por razones etarias, creo que me quedan pocos por ver, o, por lo menos, que he visto muchos más de los que veré. Y no me agradaba la idea de que me cayera arriba otra derrota, que mis múltiples y queridos amigos manyas de toda edad se encargarían de refregarme por la jeta oportunamente.

Siguió el juego, y  el árbitro cobró el tiro libre que estaba destinado a cambiar, espectacular e inesperadamente, el resultado del juego. De pronto, mi estado de ánimo se transformó radicalmente: “lo mete” –me dije, sin saber si expresaba un anhelo o estaba teniendo una especie de previsión metafísica-. “Por Dios que lo mete”. Y lo metió nomás, y entonces ya no fui la misma persona que había sido hasta unos instantes previos: grité como un poseso,  salté por todos lados solo en mi casa, me asomé a la puerta de calle para me vieran festejar, y los ojos se me llenaron de lágrimas.

En toda mi vida, con todos los clásicos que he podido ver, no recuerdo haber tenido una experiencia semejante; ni siquiera en el del célebre gol de Celio Taveira Filho, que significó un empate, también sobre el filo del pitido final, que equivalía a una victoria. Dar vuelta la suerte en los descuentos, cuando todo parecía perdido, me parecía un sueño, la materialización de un anhelo imposible. Y entonces, como un alud, como una catarata, me cayeron encima del rinconcito que guarda las nostalgias, todas las emociones, las alegrías y los pesares de todos los partidos Nacional-Peñarol  que vi en mi vida, desde el primero de la Copa Montevideo de 1953 hasta el infinito, mejor dicho, hasta este milagro experimentado  a mis 72 años.

En un rincón doliente de mi alma (el que guarda las bellas memorias de lo que nunca volverá) fui, por un instante, el niño y adolescente al que mi padre amenazaba con no volver a llevarlo al Estadio porque se iba llorando cada vez que Nacional perdía. No tengo palabras de suficiente elocuencia como para describir lo que pasó en aquel momento por mi espíritu. Sólo puedo decir que, al menos por un instante, me alegré de seguir vivo para ser capaz de vivir una  experiencia tan conmovedora.


Fuente: Lincoln R. Maiztegui Casas

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