En la ruta de los grandes

Inspirado en el buen paladar futbolístico, Almada construye un camino que se llena de elogios

Apenas tenía 14 años cuando por primera vez empezó a descubrir que el fútbol iba a ser mucho más que una simple distracción en su vida y que se iba a transformar en su pasión. En su debilidad. En su obsesión. Aquel lunes, en el que llegó al Franzini como uno de los integrantes de la selección de los planteles juveniles de Defensor Sporting que trabajaba especialmente con José Ricardo De León, quedó de boca abierta. “Cuando él hablaba sentía admiración, por la forma en que transmitía sus experiencias”, relató tiempo después quien en el Campeonato Uruguayo 2012-2013 fue elegido por un centenar de periodistas como el mejor entrenador de Fútbol x 100.

Entre aquel 1984 y la actualidad transcurrieron casi tres décadas, 20 años como futbolista –etapa en la que fue centrodelantero, defensa y, finalmente, volante con estilo y personalidad–, enseñanzas y experiencias que marcaron a fuego a Guillermo Almada, pero ninguno como aquella primera charla que escuchó del profe De León.

A los 21 años, cuando iba por su segundo Uruguayo con Defensor Sporting, ya vivía con cabeza de entrenador. “Me preocupaba cómo era la evolución de cada lesión, cómo se recuperaba. Me encantaba analizar los trabajos tácticos. Estaba en los detalles de la importancia de la alimentación”. Por esa razón jugó con cabeza de entrenador: “Me preocupaba que la pelota saliera bien desde mis pies, porque en esa posición en la cancha, como volante de marca, tenés un segundo más para pensar”, dice.

En Uruguay aprendió a ser ganador, a vivir el fútbol como si fuera todo. En sus pasajes por Colombia y Chile (1995 y 1996), la elegancia de la propuesta de esos países.

“Aprendí a salir jugando de atrás, tomar riesgos. Defenderse con la pelota”, relata.

Su último año como jugador fue 2006, y a los 35 empezó como asistente de Francisco Salomón. Un año después se lanzó a recorrer solo el mundo de los entrenadores.

Su trabajo en Tacuarembó se vio poco en el gran fútbol capitalino, pero cada vez que bajaba al Centenario para jugar con Nacional y Peñarol, Almada volvía al norte adornado de elogios.

Desde el primer día estableció un manual de estilo y lo defendió a cualquier precio. Las reglas son claras. Entrenan como se juega. Sin caravanas. Jamás con el torso desnudo. Disciplina. La puntualidad es innegociable. Exigencia en los entrenamientos. Se practica con la misma intensidad con la que se juega los fines de semana. Los entrenamientos son cortos, pero siempre con pelota, condición excluyente para el DT. “La pelota entra en la cancha con los jugadores y sale con ellos”, subraya. Con competencias en la semana dentro del grupo, es la forma en la que se acostumbran a ganar. Y castigos: el equipo que pierde en los trabajos internos se cuelga del travesaño y recibe como pena los pelotazos de los ganadores. Prioriza la persona al jugador. “Quiero buenos personas en mi equipo. Si son buenos jugadores, mejor”. Para Almada, el lugar en el que trabaja es el mejor del mundo, y los jugadores que tienen son los mejores. Por eso a River lo reforzó con futbolistas de Tacuarembó.

La intensidad que propone para el juego de su equipo induce a la comparación con el Barcelona de Pep Guardiola. Por eso, cuando el DT español brindó este año una charla en Buenos Aires intentó asistir, pero le faltaron contactos para llegar. No consiguió una entrada. De todas formas, se consuela: “Tengo varias charlas de él en video”.
Almada fue el mejor, y esto es solo el comienzo.


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