"En el fútbol no dura nadie ni hay amigos"

Carlos Suero trabajó 50 años en la sanidad de Nacional; habló de sus vivencias, las operaciones en Italia a Fonseca y Recoba, su devoción por Espárrago y el respeto por Spencer

No es muy amigo de las entrevistas, pero habló de todo. Estuvo 50 años al frente de la sanidad de Nacional y también tuvo dos pasajes por la selección. Carlos Suero es un patrimonio del fútbol uruguayo.

¿Cuál es el primer recuerdo que le viene a la cabeza de niño por Nacional?

Yo nací con una camiseta de Nacional puesta porque mi padre era tremendo hincha. Él era presidente de Colón y ahí empecé yo y después me fui a Nacional.

La cancha de Colón tiene su nombre.

Él compró la sede de San Martín y Fomento fiada, sin plata. Después vendió la mitad del terreno y con esa plata, compró la cancha; le salió gratis. Entonces le pusieron su nombre.

De chico, ¿soñaba con ser futbolista?

Nunca fui futbolista de chico. Era nadador y fui campeón nacional de waterpolo. Empecé a estudiar Medicina y un día tuve el hobby del fútbol. Iba a ver a Nacional. Un día me pusieron en Danubio siendo practicante; también trabajé en Colón y luego llegué a Nacional. Al tiempo, se armó lío con Maslíah que era el médico por Sanfilippo. Se había fracturado, se complicó y no le dijeron. Fue a jugar al estadio, se sacó el zapato lleno de sangre. Quedó con la parte del pie paralizada y anestesiada, entonces no se dio cuenta que el zapato le estaba rozando y le agujereó los dedos. Se armó un lío de primera. Sanfilippo se fue a Buenos Aires, Barbieri lo operó en los dedos y volvió. Sanfilippo es más bravo que el ácido clorhídrico. Volvió y armó un lío bárbaro en Nacional y se fue Maslíah. Ahí fue que yo quedé. Mirá que lo puedo decir porque es público.

El año 1965 fue muy importante para usted. Se recibió de médico, con medalla de oro de la Facultad de Medicina y empezó en Nacional.

Sí. Entré con Gandós que era mi jefe y ahí empecé. Después que él se murió, en 1974 quedé yo al frente. Pero el fútbol para mí era un hobby.

De niño, ¿tuvo algún ídolo en Nacional?

De niño, no. Mi ídolo total del fútbol fue Víctor Espárrago.

¿Por qué?

Por todo. Arrancá en cero, hasta ahora, en todo. Salimos campeones de todo con él. Lo fui a ver a España. Un grande.

Puede ser que no haya sido funcionario contratado por Nacional.

¿Si te cuento lo que es el fútbol? No sé si fui contratado. Toda mi vida quedé a media agua porque nunca pedí nada. Con Nacional salí campeón de todo y tengo la suerte de poderle decir a todos estos que entraron ahora en Nacional: "Ustedes no van a llegar ni al 30% de lo mío". Yo fui tres veces campeón de América y tres veces campeón del mundo. Decime quién en el Uruguay va a ser tres veces campeón de América y del mundo de nuevo. Los que me sacaron, no van a ser nunca nada.

Fue director del Instituto de Traumatología, jefe de Traumatología en el Hospital Policial, creó el centro de prótesis de La Española y fue el encargado, fue grado 5 de la facultad. ¿Cómo tenía tiempo para Nacional?

Es que yo organicé la cosa. Había cuatro traumatólogos y dos médicos generales, y nos dividíamos el trabajo. En Nacional cada uno hacía lo que le tocaba.

¿Pudo hacer amigos en el fútbol?

Es muy difícil. Tenés compañeros. Se puede decir que Espárrago. Hubo una generación que para mí fue la de oro en la que jugaban Artime, Manga. Ganábamos todo.

¿Cuál fue el mejor jugador que vio en Nacional?

Si tengo que elegir como mejor en todo, Víctor Espárrago. Vino de Cerro a Nacional. Un día yo salía del Parque y había una cancha de pelota de mano. Escuché que pateaban y me asomé. Era Espárrago y como era derecho, quería aprender a pegarle de izquierda. Estaba allí pateando con la izquierda. Los dos últimos campeonatos con Espárrago los ganamos con goles de izquierda hechos por él. Y aprendió...

¿Hubo un gol de Nacional que haya gritado más?

Sí. Uno en un clásico que hizo Mugica de penal que ganó Nacional 2-1 en la hora en la copa que fuimos campeones.

¿Y el mejor técnico con el que trabajó en Nacional?

El Pulpa (Etchamendi). Fue la mejor época de mi vida. Si me pongo a hacer cuentos del Pulpa ahora, te vas mañana.

Pero cuénteme alguno.

Estábamos en Atenas en el Partenón. Y en el hotel ya me dijo: "¡Qué hijos de puta que son estos griegos!". "Pulpa afloje", le contesté. Y siguió: "Sí, son así. Dígame: usted, ¿que hizo hoy?". "Recorrí el Partenón", le dije. "A ver, muésterme el bolsillo", me pidió. Metí la mano y le mostré una piedra. Todos los que van al Partenón agarran una piedra de recuerdo. Y me dijo: "Si no fuera por estos griegos hijos de puta que todas las noches traen camiones con piedras y las tiran acá, en vez de haber piedras, habría un pozo. Si son 5 mil por día que se llevan una piedra como usted. Es imposible que haya tantas". El Pulpa decía que los griegos llevaban camiones de noche.

Una vez estábamos en Teherán y en las prácticas, las normas del Pulpa era que tenían que ganar los titulares. Eran las 8 de la noche, no se veía la pelota y no ganaban más, y los muchachos sabían y entonces los suplentes se tiraban al suelo para que pudieran hacer goles los titulares.

Carlos Suero

Una vez entró en un clásico y le pegó a Máspoli que era el técnico de Peñarol.

Máspoli era un hombre bueno, un grandulón bueno. Y Peñarol nos dio una salsa. Y terminó el partido y el Pulpa arrancó para la mitad de la cancha. Máspoli le dio la mano y el Pulpa le pegó una piña. No era para pegarle.

De las tres copas del mundo, ¿hubo alguna que disfrutó más?

Yo disfrutaba los partidos de los domingos. Ganando Nacional, lo que fuera. En las Copas, ¿sabés cómo sufrís?

¿Alguna vez zanjó una situación entre dirigentes y jugadores?

Todos los días. Hubo peleas a piñazos. Una vez un técnico encerró a dos jugadores en una pieza y les dijo: "Bueno, ahora reviéntense". Y se reventaron. Hasta que el Peta Ubiña entró y los separó. Con el Peta no había joda. Las peleas que yo vi... Pero de eso no vamos a hablar.

¿Cómo vivió aquel episodio del antidopaje positivo de Juan Ramón Carrasco y Nito De Lima?

Fue una amargura. Toda mi vida, en el vestuario, antes del partido, probaba las cosas que le daban a los jugadores. Tomaba té, tomaba agua. Siempre. Porque lo que se daba antes, era efedrina que daba taquicardia. Entonces yo sabía que si tomaba 20 minutos antes, me iba a dar una taquicardia que se me salía el corazón por la boca. ¡Si yo no tomaba ni agua! En mis 50 años en Nacional, en el intervalo tomaba el jugo de naranja y el té de los jugadores. Y en ese partido, no me pasó nada. Y yo había tomado. Y después del partido fue que se armó el despelote.

¿Y qué pasó?

Me quería morir porque nunca nos pasó nada. Llegamos a saber lo que fue: nos metieron estricnina –que se le dan a los caballos para correr–, en la sopa del mediodía en Los Céspedes. Pero la estricnina, no sirve para nada porque actúa recién a la semana. Uno en la concentración la metió, pero no lo pudimos agarrar. Yo tenía la convicción de que no había pasado nada. Para mí es un orgullo que en los 50 años en Nacional, puedo decir que no le di ni aspirina a los jugadores, nunca hubo una droga, salvo este episodio que vino de afuera.

Pinocho Vargas pasó de Peñarol a Nacional por usted.

Yo lo operé cuando jugaba en Peñarol. Lo habían desahuciado a Pinocho. Me adora. Y fue a Nacional por mí.

¿Cuál fue el mejor jugador de Peñarol que vio?

El Negro Spencer era un avión. Una vez fuimos con Peñarol a La Paz con Spencer, Joya y Máspoli de técnico. Antes del partido, Máspoli me dijo que les pidió a los jugadores: "Diez de ustedes, de mitad de cancha hacia atrás. El Negro Spencer solo adelante. Tírenle pelotas largas al Negro que una va a agarrar". Y fue así. Era un avión y buena persona.

Usted operó a muchos jugadores fuera del Uruguay. Uno de ellos fue Daniel Fonseca.

Me regaló un Patek Philippe de oro a los dos meses que lo operé. En aquel momento valía US$ 15 mil. La fábrica solo hace mil por año. Me lo trajeron a La Española y lo dejé por ahí. Vi que no andaba. Creí que era a pila. Vino mi hijo y le pedí que lo llevara a una casa para que le pusieran una pila. Lo llevó a un par de lugares y no le daban con la tecla. Cuando llegó a un lugar, se lo dio a una muchacha. Dice "Con gratitudine, Daniel". Y no se lo daban de regreso. Al rato volvió el relojero y le dijo: "Tome señor. No es a pila, es un reloj automático. Lo movió y empezó a funcionar". El relojero lo tuvo como media hora esperando porque debe haber pensado que lo había afanado.

¿Cómo es el hecho de que usted vaya a operar a Europa? ¿Le preparan el quirófano solo para usted?

Yo no tenía autorización para operar en Italia. Fui y operé porque Fonseca jugaba en Juventus y si sos el dueño de la Juve, sos el dueño del mundo. Además, ya lo habían operado y llevaba como cuatro meses sin jugar. Lo operé en un sanatorio privado de monjas. Cuando fui a operarlo aparecieron cuatro tipos que yo no sabía quiénes eran. Uno se presentó y me dijo en italiano: "Yo soy el primario de Milano. Este es mi hijo". Era el profesor de Milán y se había ido a Torino para verme operar y había llevado al hijo. Los otros dos, uno me dijo: "Yo soy el primario de Turín y este es mi ayudante". Entonces me pidieron permiso para ver la operación como si yo fuera Dios porque lo que le iba a hacer, era un invento mío, y ellos sabían, querían verlo y lo iban a contrabandear. Pero a mí no me importaba. Hice la operación con los cuatro allí. Pasaron los años y hace no mucho fui a operar a Recoba que se había lastimado un tobillo y no le daban en la tecla. Él le dijo muy claro al médico de Inter: "Mire doctor, este es el tercer tratamiento que me hace. Si me tengo que operar, me va a operar mi médico". Recoba era casi el dueño de Inter en esa época.

¿Y qué pasó?

Un domingo 29, yo estaba comprando ñoquis y me sonó el teléfono. "Soy el Chino", me contestan. "¿Qué Chino?", le contesté. "El Chino Recoba", me dijo. Yo estaba medio peleado con él porque el Chino era muy difícil. "¿Qué te pasa Chino?", le pregunté. "Te saqué dos pasajes para vos y tu esposa en la Primera de Alitalia que sale a las 8 de la noche de Buenos Aires", dijo. "¿Estás loco?", le indiqué. "Venite y chau", y cortó. Al rato apareció la hermana de Paco (Casal). Y me llevaron a Italia. Fuimos al hospital, y de repente se abre una puerta y aparece un tano y me empieza a abrazar. Y me abrazaba y me abrazaba. Yo pensé: "Son las 8 de la mañana y este tano está mamado". No entendía nada. "¡Amigo, amigo!", me gritaba. Y me dijo: "Vos no te acordás de mí. Yo soy el ayudante del profesor de Milán". El que me había ido a ver operar a Fonseca, ahora era el jefe en Milán. Y lo operamos entre los dos. En realidad, lo operé yo, pero... Y cuando terminamos me dijo el tano: "No vayas a decir que lo operaste vos, porque aquí yo soy muy importante". Entonces salimos, habló él con todos y lo había operado él para todos los medios.

¿Cómo es operar a una figura mundial que es millonario por sus piernas y usted tiene que tocar justo ahí? ¿No hay más nervios que los comunes?

Vos manejás tu auto. ¿Cómo empezaste? Te subías a los cordones. Cuando yo empecé, me subía a los cordones. Pero no te olvides que yo llegué a profesor titular. Por algo llegué. Estas manos me las dio Dios. Siempre le decía a los muchachos: "Miren que para llegar acá necesitan dos cosas: esta (se señala la cabeza) y el camino hasta la mano". Vos podés tener un coco espectacular, pero si no tenés manos, estás frito. Y podés tener unas manos maravillosas, y no tener coco. Yo tenía un amigo y alumno impresionante: tocaba la guitarra como un Dios y operaba mal y eran las mismas manos: Carlitos Paravís (Santiago Chalar). Dios te da para una cosa y no te da para otra.

¿Y usted en qué es malo?

En todo. En relaciones públicas. Nunca fui amable. Era un tipo seco. Si hubiera sido amable me habría llenado de plata que ni se sabe. Pero nací seco, hablando poco. Hay gente que es muy amable. Siempre digo que Dios cuando te saca de la barriga de tu madre, te saca ya con una sonrisa en la cara o seco. Yo no nací con la sonrisa (se ríe).

¿Cómo fue la anécdota cuando fue a operar a Fonseca y la Ferrari?

Me fueron a buscar al aeropuerto, dormí en un hotel y cuando me desperté, estaba Fonseca. Bajamos al estacionamiento y había un tanito con un fierro en la mano. "¡Llegaste!", le dijo el botija. "¡Te voy a dar con este!", le dijo, como que le iba a dar un fierrazo. "¡Toda la noche te estuve cuidando el auto por miedo a que me lo robaran!". Salimos en un auto de egoísta, como dice Juan Carrasco, porque tenía dos asientos nomás. Íbamos por la carretera y de repente, se nos pone al lado un tanito, se sonríe y nos pasa. Daniel apretó el acelerador y lo volvió a pasar. Y yo le dije: "Daniel, ¿te compraste una Ferrari Testarossa?". "¿Qué Testarossa? Hay dos de estas en Italia: la mía y la de Schumacher", como diciendo, "yo voy a tener una Testarossa...".

¿Y qué sucedió?

Al ratito, nos pasó de nuevo el Tano. Entonces ahí Daniel apretó el acelerador y empezamos a volar por la carretera. Entonces le dije: "Daniel: yo quiero llegar a Torino. A la velocidad que vamos nos van a tener que sacar con kerosene de la carretera. Así que dejate de joder". Y me pidió que la manejara yo. Las ruedas eran anchas así (y abre mucho los brazos). Yo le dije que no y él me contestó: "Si no manejás, no nos vamos". Al final, arranqué en la autopista y al rato me dijo Daniel: "Tordo, desde que saliste venís en segunda". ¡Y veníamos como a 150 kilómetros por hora!

Carlos Suero

A usted le gustan los relojes, ¿no?

Sí, es uno de mis hobbies. Colecciono relojes; tengo unos cuántos.

¿Y qué otra cosa le gusta?

Las plantas. ¿Sabés cuál es la joda de las plantas? El agua. Toda la gente les echa mucho y las mata. Yo eso lo aprendí después de ser un asesino de plantas. Vos las salvás de la sequedad, pero no las salvás de la inundación.

El paraguayo Amarilla vino a operarse con usted también.

Sí, vino. Pero el más grande de todos de la selección paraguaya que vino fue Carlitos Kiese que era el 5 de Cubilla en Olimpia. Me lo trajo, se lo acomodé para que jugara la final y ganaron. Cubilla era irracionalmente hincha mío y Carlitos me adora y es amigo del presidente de Paraguay.

¿Qué recuerdos tiene de Walter Ferreira?

Un crack. Mi hijo. Un día estábamos en Los Céspedes y el Quique Vázquez, que era masajista de Nacional de 20 años y era del Cerro y me dijo: "Doctor, tengo un vecino que quiere aprender a trabajar en el fútbol. ¿Lo puedo traer para enseñarle?". Y le dije que sí. Era un chiquilín. En Nacional aprendió hasta a cortarse las uñas. Para Walter, yo era el padre. No hacía ni "a" sin preguntarme, porque había empezado lavando patas. Pero tenía dos condiciones: la primera que era inteligente y la segunda, que era de una honestidad y caballerosidad impecables. Walter me adoraba y me defendía a muerte. Si Walter hubiera estado en Nacional, a nosotros ahora no nos sacaban. Pero coincidió con su muerte.

Y como recuperador de jugadores, era excelente.

Él no agarraba a nadie si no me lo traía. Preguntaba todo.

Usted también operó a Luis Suárez.

Lo operé de una rotura meniscal cuando tenía 16 años en una rodilla y jugó a los 15 días. Y Walter sabía cómo lo recuperé. Entonces cuando se lastimó hace poco antes del Mundial, me llamaron para ver si lo operaba, preferí que lo operara el petiso Francescoli, el hermano de Enzo.

¿Cómo era su relación con Magurno?

Me adoraba y me respetaba. Pero Magurno no era de respetar, era de apabullar. No sé por qué, pero a mí me respetaba como no respetaba a nadie. Con agarradas de primera división que tuvimos, porque él era irracional que a veces hacía cosas médicas que no eran racionales, yo se las decía y se las agarraba conmigo. Pero Magurno me creó el servicio de prótesis de La Española para mí. Hicimos la sala blanca que costó US$ 1 millón.

¿Qué hizo cuando dejó La Española?

Le pedí a mis secretarias que hicieran una cuenta de cuántas prótesis había realizado y me dijeron "por favor, doctor. No terminamos más". Es que fueron varios cientos de operaciones.

En la selección, empezó en el Mundial de Alemania 74. ¿Qué recuerda?

Sí, con un susto... Me llevaron a la cancha del Estadio Centenario. Nunca quise estar en la selección porque es horrible. Solo Alberto (Pan) porque tiene unas bolas impresionantes, puede estar bien en la selección. Yo no puedo porque siempre hay grupos y se pelean, y hacen lío. Se armó lío con Maslíah –que es muy buen traumatólogo– porque se le había fracturado Ruben Romeo Corbo y lo llevó de Australia a otro país y me nombraron a mí.

¿Qué recuerda de ese Mundial?

Yo hablé con los jugadores y les dije: "Yo soy nuevo acá y no quiero que ustedes me maten. No va a haber nada que pueda significar una alteración del control médico". Todos venían de todos lados. Uno venía de Brasil, otro de Argentina, Cubilla que le daban intravenosa de glucosa. Cuando iba caminando de la mitad de la cancha al vestuario, se me empezaron a acercar jugadores. "Doctor, mire que en mi equipo me dan esto...". "¿Escuchaste lo que dije yo? Olvidate. En tu club te darán lo que sea. Acá en la selección, ni Coca Cola".

Porta era el técnico.

Estábamos en un palacio de Florencia comiendo como dioses. Había un sol estupendo. Y Porta me dice: "Con este solazo, vamos a llegar quemados a Montevideo". Y Palese le contestó: "Roberto, como viene la cosa, no vamos a llegar quemados, vamos a llegar calcinados", porque los resultados de esa gira previa habían sido malos. Fuimos a jugar con Fiorentina, terminó el primer tiempo y Roberto no aparecía. Es que él había jugado allí y tenía 20 amigos del vino. Terminó el primer tiempo y se fue a tomar con sus amigos. Entonces la charla técnica la hicieron Rocha, Espárrago y Forlán.

¿Y del debut con Holanda qué se acuerda?

Estábamos en Suiza y Holanda jugaba un amistoso con Argentina en Ámsterdam. Entonces le dijimos a Roberto que fuera. Fue y luego empezó a dar la charla técnica. Armó el partido contra Holanda defendiendo del lado de Forlán, de la derecha. Puso a Montero Castillo por ese lado. Iban 15 minutos y se acercó Pavoni. Yo estaba al lado de Roberto y Pavoni le dijo: "Roberto, hijo de puta, armaste el equipo para el otro lado. ¡Miraste el partido en un espejo!". Avanzaban como aviones por la punta de Pavoni y él estaba demasiado solo. Cruyff era un avión.

Y en la selección de Cubilla, ¿cómo le fue?

Cubilla era como mi hermano, uno de los más lúcidos que yo he conocido en el fútbol. Cubilla me hizo ir a prepo a la selección porque teníamos mucha confianza. Le dije: "Negro, no me metas, ya con la selección anterior quedé mal porque era un desbole. Yo no quiero ir a la selección". Hasta que al final, tanto vino acá a casa a pedirme, me llevó. Pero Luis estaba peleado con toda una patota que le hizo la vida imposible. Chau.

¿Quedó dolido con la gente actual de Nacional?

¿Qué querés que te diga? Sé que en la directiva actual está una familiar de Fernando Muxi que era el jefe de la parte médica cuando empezamos en el club. Si después de 50 años en Nacional viene un señor que nunca estuvo en el fútbol, que no sabe nada de fútbol y te llama y sin saber quién sos vos, sin hablar contigo, te dice: "Doctor, lo vamos a sacar de jefe de la sanidad y lo vamos a poner de consultante jefe. Cuando lo necesitemos, lo llamamos". Entonces el gerente general dijo que el sueldo iba a seguir cobrándolo. Nunca me llamaron, nunca me pagaron un peso, nunca más hablé con ellos. Nunca más fui.

Pero quedó su hijo en la sanidad.

No me mezcles con mi hijo porque él está, pero no está por mí. Desde que me fui de Nacional a hoy, nunca hablé una palabra de Nacional con mi hijo. Él es muy reservado y además no tiene por qué depender de mí en nada.

¿Qué significaron estos 50 años en la sanidad de Nacional?

Mi hobby que tuve la suerte de cumplirlo sin problemas. Porque en el fútbol no dura nadie ni hay amigos. Tuve la suerte de esquivar las balas en la calle en estos 50 años.

¿Cómo le gustaría que lo recordaran?

Como un médico que trabajó en Nacional y que duró 50 años. Mirá que durar 50 años en el fútbol es impresionante.

¿Cómo está de salud?

Desde los 20 años sé que tengo una válvula cardíaca estrecha y que a medida que fuera pasando el tiempo, se iba a ir estrechando más. Hasta que hace cinco años empecé con tos. Pensé que era un resfrío. Me hice estudios y era la válvula que me estaba complicando. Me dijeron: "Tenés tres cosas para hacer: operarte abriéndote el tórax, operarte abriendo un tajito en el corazón u operarte a través de las arterias de la pierna. Eso lo hacen en Francia". El francés era un crack. Fui a Rouen, a 70 kilómetros de París y me operó despierto, sin anestesia, me hizo dos tajitos, se metió por las arterias y me puso la válvula en el nacimiento de la aorta. Me iba mostrando lo que me hacía en los tres monitores que tenía. Y tenía miedo, pero me dijo que hiciera vida normal y me está yendo muy bien.

¿Pero no había estado en Estados Unidos también por otro problema de salud?

Fui a operarme de la cabeza a Estados Unidos porque acá me encontraron un tumor en la cabeza. Y en Texas me estudiaron y me dijeron: "Ese tumor lo tenés hace más de 17 años. Es benigno y no hay que operarlo. Lo único que tenés que hacer es tomar una aspirina por día de ahora en adelante". No podía creerlo.


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