El valor de los símbolos

Un golazo de Pablo Lima, que destrabó ante Sud América un partido cerrado, coronó a Danubio como el campeón menos pensado del torneo

Pablo Lima la acomoda. El tiempo se agota. El corazón del hincha se acelera. Sabe que ese tiro libre es la chance. No habrá otra. La ilusión se mece en la carrera como un equilibrista de circo. Y el Bolita le pega como para que Quentin Tarantino se haga un festín de slow motion y ambientación musical. El golero vuela, pero la pelota se incrusta en el ángulo. Es gol. De un hijo dilecto de Maroñas. Danubio campeón.

La franja derrotó, con ese tiro libre al minuto 84, 1-0 a Sud América en San José para coronarse campeón del Torneo Apertura.

Hizo lo que tenía que hacer: ganar. Más allá de las formas y del estilo histórico del club. Minutos después, se consumaron las caídas de Nacional y River Plate para abrirle el portón a los festejos.

Antes de ese golazo de Lima, Danubio sufrió. Primero porque Sud América jugó un muy buen primer tiempo al que solo le faltó acertar en la definición.

Después, porque al hacerse del control del partido –en el segundo tiempo– se encontró con una ferrea defensa que no le permitió generar casi opciones de gol.
 
Es verdad. El hincha de Danubio no recordará a este equipo por lo bien que juega.

A los dirigidos por Leonardo Ramos les costó una enormidad generar juego. Con Míguez recostado contra la izquierda para que Leal se desempeñe como enganche, la franja perdió el peso de su doble cinco (Porras-Míguez).

Leal entró poco en juego y el poder salvaje de sus delanteros (Álvez-Quiñones) padeció una alarmante falta de abastecimiento.

Solo un par de corridas de Mayada por derecha llevaron peligro al arco rival con un par de centros donde Álvez ganó sin definir bien.

Danubio se insinuó peligroso en las pelotas quietas por la mayor talla de sus jugadores, pero el que dominó el juego fue el buzón cuando la pelota pasó por Gallego y Luna, y cuando le llegó redonda a Santiago González que fue un azote de pisadas y piques electrizantes.

Ichazo fue Salvador. Le sacó un mano a mano a Luna y desactivó una bomba de González. El pobrísimo primer tiempo de Danubio tuvo, al menos, el mérito de mantener el cero.

Pero de ahí a aspirar el título había mucho trecho.

El segundo tiempo fue, entonces, otro partido. Los de la Curva apretaron el acelerador y la usina generadora de juego de la IASA se fundió en el calor maragato.

Ramos comenzó a sumar puntas y su equipo a martillar al rival. Con más instinto que idea.

Entró Tabárez y se fue Leal. Después Horacio Sequeira por Viera para armar línea de tres e ir al frente. Con más arremetida que estrategia.

Irazún sostuvo el cero con una gran atajada ante un intento de Tabárez. Maxi Pereiro fue más veloz en el área que Quiñones y Antonio Fernández entró para solidificar una vulnerable zona izquierda donde el constante intercambio de posiciones entre Pascual y Argachá no daba resultados.

Todo iba camino al 0-0. A la resignación y al desencanto.

Pero entonces apareció Lima. Primero le puso un tiro libre a Formiliano en la cabeza. El palo salvó esa vez a la IASA. Y minutos después la clavó en el ángulo con un gol de esos que los hinchas recordarán en el tiempo como uno de los que más gritaron en su vida.  

Danubio ganó con el valor de los símbolos. Con un hijo de la cantera. Con uno de esos jugadores que puede darle un beso creíble a esa camiseta que ayer se revoleó campeona por San José.


Fuente: Pablo Benítez, @pebeca11, enviado a San José

Populares de la sección

Comentarios